10 de noviembre 2006 - 00:00

Coincide con el gambito de Kirchner para lanzar a su esposa como heredera

Con la expectativa de que los anuncios disipen el recuerdo del derrumbe de Misiones -y la posterior fuga obligada de los gobernadores de la reelección-, Néstor Kirchner en las últimas 48 horas desató la campaña (¿distractiva?) de que su esposa podría sucederlo en la Presidencia. Ya había insinuado esa posibilidad hace meses; ahora lo potenció con un aluvión de obedientes amigos y funcionarios: de Carlos Kunkel al intendente Alberto Descalzo (al mismo que trataron de «ladrón» en la Legislatura bonaerense), Felipe Solá, Rubén Pereyra, Alberto Balestrini (ahora que lo habilitaron para competir en Buenos Aires), Emilio Pérsico y otros que no tuvieron tiempo de alcanzar los micrófonos (Edgardo Depetris, por ejemplo). Lo mejor de todo fue, sin duda, el ministro del Interior: Aníbal Fernández, quien sin mosquear ni procurar imaginación copió la misma declaración que hace unos años hizo cuando Hilda Chiche Duhalde también se postulaba a un cargo electoral.

Notable consecuencia con el poder y el género femenino, comportamiento imprescindible para acompañar ciertas gestiones.

Nadie sabe cuánto humo habrá en estos anuncios, tampoco su duración; sí se sabe que la señora ya se olvidó de que hace poco se burló de esa posibilidad y que renegaba con un rotundo: «Yo no acepto». De la oposición, nadie se expresó: habrá que esperar un poco para escuchar a un cura, a un rabino, a ignotos ciudadanos quejosos contra el nepotismo. Entonces se sabrá si la jugada del Presidente fue exitosa.

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