5 de septiembre 2005 - 00:00

Comentarios políticos de este fin de semana

(Categorización: Imprescindible, Bueno, Regular, Prescindible)

Rafael Bielsa y George W. Bush
Rafael Bielsa y George W. Bush
VAN DER KOOY, EDUARDO.
 «Clarín».

Prescindible. Mejoró el columnista de «Clarín», ayer, la performance de sus últimos domingos. Dedicó toda la nota a un análisis electoral que por momentos tuvo chispazos de buena información y, en otros, quedó extraviado en un laberinto de conjeturas sin remate final. Veamos lo que apuntó Van der Kooy ayer en las páginas del monopolio: 1. Kirchner y Duhalde no podrán reconciliarse más. El último «casus belli» fue el conato de interpelación a Alberto Fernández, de la pasada sesión de Diputados. Una muestra de lo que podría ocurrir si a Chiche Duhalde no le va del todo mal en octubre y su esposo conserva algún poder de fuego. Néstor Kirchner puso bajo la lupa a Eduardo Camaño como el inspirador de estas agresiones.

Es el presidente de la Cámara. 2. Kirchner dividió al peronismo no solamente en Buenos Aires sino en otras 10 provincias. Sobre la base de esa división pretende operar Duhalde después de las elecciones. 3. La clave para el bonaerense es que Mauricio Macri gane en Capital. Si ganara Rafael Bielsa, sostiene Van der Kooy, Duhalde quedaría condenado al aislamiento. ¿Por qué? No lo explica. 4. Ricardo López Murphy debe estar indignado por la posibilidad de salir cuarto, detrás del radical Luis Brandoni (homenaje del columnista a la sospechosa encuesta que publicó su diario la semana pasada). 5. La nota sigue consignando lo que se le escuchó a Duhalde pero que Joaquín Morales Solá publicó el domingo pasado: el ex presidente dice que si no le va bien con Macri intentará candidatear a Roberto Lavagna. Por las dudas, Lavagna manda a decir en la nota que estuvo a solas con Kirchner hablando de esto. 6. Finalmente, como el columnista de «La Nación» ayer, Van der Kooy cumple con el obligado elogio a Kirchner por haber logrado liberar el Puente Pueyrredón de los piqueteros a los que hasta hace meses daba amparo.

 MORALES SOLA, JOAQUIN.
«La Nación».

Prescindible. Esta vez el columnista prefirió hacer una nota sobre un tema que lo fascina, los deseos de los Estados Unidos en la Argentina, y olvidó por un momento referirse a lo sucedido durante la semana en la escena política. Salvo para decir que el gobierno tuvo éxito en la tarea de disuadir a los piqueteros. Salida fácil y tardía, dice la nota.

También consigna la agresión a los directivos de Aerolíneas Argentinas. Al final del párrafo, dice algo que no le merece siquiera un juicio de valor: el gobierno ha decidido iniciar una negociación más con los piqueteros. Es decir, darles más subsidios. Morales Solá no lo dice. Tal vez cuando el programa fracase de nuevo lo evalúe. Eso sí: el Presidente dice que negociará con las organizaciones piqueteras, pero no con una pistola en la nuca.

Menos mal. El resto de la nota, previsible. Comenta el documento que se está negociando para la Cumbre de las Américas. También reparte retos y elogios según se esté o no en sintonía con el gobierno norteamericano (hasta el intendente de Mar del Plata, un radical moderado como Daniel Katz, se lleva un mamporro de pasada). Lo que importa: el embajador de los Estados Unidos pretende introducir una mención al ALCA en el texto y el gobierno no. Por ahora. Le imputan la negativa al pintoresco Hugo Chávez (que tiene un ALCA propio con exportaciones a los Estados Unidos que, con el petróleo a u$s 70, ningún país de la región puede igualar). ¿Brasil no tiene nada que ver en este juego? El periodista no se lo pregunta. Washington no quiere escuchar una condena a las políticas de los '90, que el gobierno ya incluyó en el primer borrador. Buen concepto que pasa casi inadvertido. Como sucede habitualmente, Roberto Lavagna sale ileso, a pesar de ser un detractor sistemático de esas políticas que el gobierno de Bush quiere defender. Más: Morales Solá lo presenta como la voz de la serenidad y el amigo de los Estados Unidos en el gobierno, aconsejando a Kirchner que, de nuevo, interpreta el papel de la irracionalidad. Como si la única política internacional expresa del Presidente no fuera la subordinación, tan automática como silenciosa, a las escasas expectativas que la Casa Blanca se ha hecho sobre él.

GRONDONA, MARIANO.
 «La Nación».

Regular.
En el ensayo de ayer, Grondona extiende una mirada sobre la política argentina a la luz de las clasificaciones y teorías del psiquiatra Jerrold Post, quien publicó en 2003 «La evaluación psicológica de los líderes políticos». En ese trabajo se descubre el inmenso subsuelo psíquico que sostiene a la política, una dimensión irracional que explica a veces lo que no dejan ver las tácticas y discursos de los dirigentes. Le viene como anillo al dedo el trabajo de Post a Grondona: en las últimas semanas, a propósito de las exaltaciones de Néstor Kirchner, sus adversarios comenzaron a hablar de «neuropsiquiátricos

Rafael Bielsa George W. Bush » (Menem) y «enfermedad del poder» (Carrió). El ensayista rescata dos tipologías del libro que comenta. Y las ilustra con ejemplos locales. La primera agrupa a los políticos como «integradores» (se proponen como objetivo dar cohesión a sus seguidores, como lo hacía Balbín en los '50), «conciliadores» (como el Balbín o el Perón de los '70) o «personalistas» (como el Perón de los '50, el Menem de los '90 o el Kirchner actual). Cada uno de estos modelos se corresponde, aproximadamente, con un sistema político. Está claro en el conciliador, que hace juego con la democracia o en el personalista, que tiende siempre a una acumulación de poder dictatorial. La otra clasificación expone tres tipos psicológicos -más o menos desequilibradosen su relación con el poder. El «narcisista», que sólo ve en los demás un reflejo de sí mismo, es decir, movimientos de adulación y confirmación. El «cuasi paranoico», que no sólo precisa de la adhesión de los cortesanos sino que interpreta la falta de ella como el indicio de una conspiración. Y el «obsesivo compulsivo», que se enamora de su obra de tal manera que termina paralizado ante cualquier necesidad de revisarla que imponga el contexto. Casi inocentemente, Grondona se pregunta si Carrió y Menem habrán visto algún rasgo de los mencionados en el libro de Post cuando hablaron de «enfermedad». ¿La conspiración denunciada desde el poder los llevó a eso? ¿El reto a Scioli por haber hablado en favor de una campaña sin agresiones fue un gesto político o un síntoma? Por suerte, tranquiliza Grondona con otra evidencia: todo líder político cobija, de un modo u otro, un exceso psicológico que es el que lo impulsa a ascender en el control del poder. El problema -sugiereaparece cuando esa propensión es tan fuerte que encierra al líder en el laberinto de su propia subjetividad.

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