Comentarios políticos de este fin de semana
(Categorización: Imprescindible, Bueno, Regular, Prescindible)
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Despidos en el Servicio Meteorológico: crecen dudas (y sospechas) por plan de "modernización"
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Reforma laboral: a pedido de un gremio minero, la Justicia volvió a frenar parte de la ley
Rafael Bielsa y George W. Bush
«Clarín».
«La Nación».
Menos mal. El resto de la nota, previsible. Comenta el documento que se está negociando para la Cumbre de las Américas. También reparte retos y elogios según se esté o no en sintonía con el gobierno norteamericano (hasta el intendente de Mar del Plata, un radical moderado como Daniel Katz, se lleva un mamporro de pasada). Lo que importa: el embajador de los Estados Unidos pretende introducir una mención al ALCA en el texto y el gobierno no. Por ahora. Le imputan la negativa al pintoresco Hugo Chávez (que tiene un ALCA propio con exportaciones a los Estados Unidos que, con el petróleo a u$s 70, ningún país de la región puede igualar). ¿Brasil no tiene nada que ver en este juego? El periodista no se lo pregunta. Washington no quiere escuchar una condena a las políticas de los '90, que el gobierno ya incluyó en el primer borrador. Buen concepto que pasa casi inadvertido. Como sucede habitualmente, Roberto Lavagna sale ileso, a pesar de ser un detractor sistemático de esas políticas que el gobierno de Bush quiere defender. Más: Morales Solá lo presenta como la voz de la serenidad y el amigo de los Estados Unidos en el gobierno, aconsejando a Kirchner que, de nuevo, interpreta el papel de la irracionalidad. Como si la única política internacional expresa del Presidente no fuera la subordinación, tan automática como silenciosa, a las escasas expectativas que la Casa Blanca se ha hecho sobre él.
GRONDONA, MARIANO.
«La Nación».
Regular. En el ensayo de ayer, Grondona extiende una mirada sobre la política argentina a la luz de las clasificaciones y teorías del psiquiatra Jerrold Post, quien publicó en 2003 «La evaluación psicológica de los líderes políticos». En ese trabajo se descubre el inmenso subsuelo psíquico que sostiene a la política, una dimensión irracional que explica a veces lo que no dejan ver las tácticas y discursos de los dirigentes. Le viene como anillo al dedo el trabajo de Post a Grondona: en las últimas semanas, a propósito de las exaltaciones de Néstor Kirchner, sus adversarios comenzaron a hablar de «neuropsiquiátricos
Rafael Bielsa George W. Bush » (Menem) y «enfermedad del poder» (Carrió). El ensayista rescata dos tipologías del libro que comenta. Y las ilustra con ejemplos locales. La primera agrupa a los políticos como «integradores» (se proponen como objetivo dar cohesión a sus seguidores, como lo hacía Balbín en los '50), «conciliadores» (como el Balbín o el Perón de los '70) o «personalistas» (como el Perón de los '50, el Menem de los '90 o el Kirchner actual). Cada uno de estos modelos se corresponde, aproximadamente, con un sistema político. Está claro en el conciliador, que hace juego con la democracia o en el personalista, que tiende siempre a una acumulación de poder dictatorial. La otra clasificación expone tres tipos psicológicos -más o menos desequilibradosen su relación con el poder. El «narcisista», que sólo ve en los demás un reflejo de sí mismo, es decir, movimientos de adulación y confirmación. El «cuasi paranoico», que no sólo precisa de la adhesión de los cortesanos sino que interpreta la falta de ella como el indicio de una conspiración. Y el «obsesivo compulsivo», que se enamora de su obra de tal manera que termina paralizado ante cualquier necesidad de revisarla que imponga el contexto. Casi inocentemente, Grondona se pregunta si Carrió y Menem habrán visto algún rasgo de los mencionados en el libro de Post cuando hablaron de «enfermedad». ¿La conspiración denunciada desde el poder los llevó a eso? ¿El reto a Scioli por haber hablado en favor de una campaña sin agresiones fue un gesto político o un síntoma? Por suerte, tranquiliza Grondona con otra evidencia: todo líder político cobija, de un modo u otro, un exceso psicológico que es el que lo impulsa a ascender en el control del poder. El problema -sugiereaparece cuando esa propensión es tan fuerte que encierra al líder en el laberinto de su propia subjetividad.




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