Comentarios políticos de este fin de semana

Política

BLANK, JULIO.
«Clarín».


Como otros colegas en el oficio dominguero (Fernando Laborda de «La Nación») este periodista que reemplaza al titular Eduardo Van der Kooy agota la entrega en un merodeo por el área presidencial. El resultado es el esperable: atribuirle al Presidente la responsabilidad de la persecución de Isabelita Perón, como también haber promovido la nulidad de leyes de punto final y de indultos.

A Isabelita la mandó a detener un juez de Mendoza que seguramente no recibe indicaciones de la Casa de Gobierno, como tampoco el otro magistrado que la espera, Norberto Oyarbide, un emblemático de los años 90. Tampoco Kirchner mandó a anular leyes ni indultos; el proyecto que volteó Punto Final y Obediencia Debida lo propuso la comunista Patricia Walsh; luego lo votó casi todo el Congreso.

Es cierto que Kirchner debe festejar estas noticias. Lo indica su pasado; no fue un insurgente en los 70 pero quiere bailar esa música 30 años después. Aquella insurgencia se enfrentó con Isabel y López Rega; ¿por qué no habría de celebrar Kirchner estos pedidos de detención? ¿Por qué no debería hacer lo mismo el amplio arco político y de opinión que hace 30 años apoyó el golpe del 30 de marzo de 1976? Algunos conspirando y golpeando cuarteles; otros, los insurgentes, actuando bajo la consigna de «cuanto peor, mejor», es decir acentuar el caos porque la implantación de una dictadura profundizaría las contradicciones y aceleraría el proceso revolucionario.

Lo raro sería que Kirchner y otros dirigentes supérstites de aquella época defendieran a Isabel, a López Rega; aun a Juan Perón, de quien constan actos y frases que lo responsabilizan de la organización de una fuerza parapolicial que compraba armas con los fondos del entonces Ministerio de Bienestar Social, como ha recordado el suplemento sobre la Historia de la Triple A publicado con gran éxito de público por este diario en las ediciones de jueves y viernes de la semana pasada.

Lo que sí es responsabilidad del Presidente es crear desde el gobierno el contexto para que los jueces avancen sin presiones por el túnel del tiempo; es el mismo gobierno que tiene un cadalso para ejecutar a todo magistrado que avance sobre temas que considera inconvenientes; para eso se ajustó la integración del nuevo Consejo de la Magistratura. Un juez que lee los labios del Presidente sabe que puede avanzar sobre esas zonas erróneas del peronismo sin miedo de que vaya a citarlo Carlos Kunkel o María Laura Leguizamón a rendir cuentas.

En lo político, claro, hay un buen aprovechamiento por parte del gobierno de estas noticias. Kirchner siempre ha querido usar lo rentable del aparato peronista en su beneficio (el duhaldismo, la red de intendentes del conurbano, los caciques provinciales del partido); pero también ha querido escaparle al peronismo « impresentable» que podrían representar esos demonios del pasado (Isabel, «Lopecito») porque conoce el rechazo que tuvo hace 30 años y tiene hoy de los sectores medios de las grandes ciudades que, cuando pueden, votan en contra de sus candidatos. Por eso su fuga hacia el frepasismo -que también se creía distinto del peronismo impresentable-, por eso su obsesión por capturar al radicalismo que puede ponerlo en una fotografía distante de esos demonios peronistas.

NEILSON, JAMES.
« Noticias».


La columna del viernes vale por el retrato duro aunque ajustado que hace de Roberto Lavagna pero, como en otras entregas, cuando llega al round de la síntesis y la perspectiva a futuro, pierde interés. El ex ministro es en su óptica un hombre normal a quien eligieron los «impresentables» Eduardo Duhalde y Raúl Alfonsín para prolongar la existencia del modelo actual, acuñado en la presidencia del estadista de Lomas de Zamora y continuado por Néstor Kirchner.

Ese modelo expresa los intereses de un club de empresarios del Gran Buenos Aires que buscan proteger su actividad con el dólar recontraalto,es profundamente antipopular porque pauperiza el salario y lo pone en los niveles de los países con mano de obra barata. Tiene sin embargo un aroma nacionalista que lo hace atractivo para un arco ideológico que va del radicalismo a la izquierda, pasando por el peronismo.

Lavagna vendría a ser una versión «blanda» de Kirchner que buscaría proteger a ese modelo de las inclemencias de algún cambio en el contexto internacional que lo hace rentable y ante el cual Kirchner no tiene plan de emergencia.

El detalle principal es que Lavagna no tiene los votos que podrían sustentar su opción. Tan confiado está Nielsen en esa percepción que vaticina lisa y llanamente que la candidatura de Lavagna se va a evaporar porque sólo tiene atractivo en el minoritario club de los políticos; aun así, no ha logrado con pomposos relanzamientos desanimar a ninguno de sus competidores que, de Macri al «Pocho» Romero Feris, pasando por Carrió, López Murphy, Sobisch y Menem, se sienten en condiciones de disputar la Presidencia como si él no existiera.

El final de la columna se desangra en la misma propuesta que hace todos los domingos en sus columnas de «La Nación» el profesor Grondona: ¿acaso tal multitud de candidatos no prepara el escenario para una primera vuelta exitosa para la reelección de Kirchner? Simple razonamiento para la complejidad del asunto. Nielsen dispara por una propuesta que no disipa el dilema: una primaria a la americana entre todos los postulantes del «centro» de forma de sindicar en un candidato único a toda la oposición.

Cree el columnista que la dirigencia no tiene madurez para tamaña empresa. No recuerda que en la década pasada esas internas de la oposición se hicieron cuando aún los partidos políticos tenían alguna existencia -hoy están pulverizados-. En 1995 compitieron Bordón vs. Chacho Alvarez; en 1998 De la Rúa vs. Fernández Meijide. Se limitaron a un arbitraje de encuestas disfrazado de primarias cuyos escrutinios fueron dibujados por los protagonistas. Ni qué decir del resultado nefasto que produjeron después.

LABORDA, FERNANDO.
«La Nación».


Este columnista ahonda en los pasillos de la Rosada y recoge los reproches esperables de un joven «maravilloso» de los 70 sobre «Chabela» y «El Brujo», como llamaban los tendenciosos del peronismo a quienes entornaban en aquellos años al «Viejo». La anacrónica queja va dirigida, según registra Laborda de boca del propio Néstor Kirchner, a Juan Perón por haber instalado en el poder a aquellos personajes. ¿Que el Presidente hizo algo por la orden de detención sobre Isabelita? No es así, como quiere trasmitir el gobierno en las entrelíneas de las noticias que promueve desde las agencias y diarios amigos. ¿Que lo celebra? Sin duda; como que también se beneficia de la distracción que aquellos polvos ejercen sobre los lodos de la actualidad, que son los que preocupan al gobierno.

Primero de todo, el caso Gerez, que está ya anotado en la lista de los bochornos oficiales; segundo, la crisis con el Uruguay por las papeleras contaminantes que será esta semana de nuevo una mala noticia para el país, cuando se conozca el fallo del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya en el expediente iniciado por ese país por el nuevo corte de puentes internacionales.

¿Celebraría el gobierno que algún juez declarase imprescriptibles, y por eso enjuiciables, los delitos cometidos por insurgentes de aquellos años? Seguro que no, y se ampararía en fallos como el que dice que el terrorismo imprescriptible es el extranjero sobre el país y no el que se comete fronteras adentro del país. El brazo de la ley iría sobre algunos funcionarios y legisladores del oficialismo que tiene indultos firmados por Carlos Menem que les evitaron el procesamiento que había ordenado Raúl Alfonsín. Pero para ese juez hipotético está el Consejo de la Magistratura.

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