No se le podrá reprochar al gobierno falta de actividad durante los últimos dos meses, es decir, mientras transcurrió la crisis que hizo pensar en que el país entraría en cesación de pagos. En cambio, sí cabe observar cierta falta de iniciativa, aunque parezca contradictorio con la afirmación anterior. La paradoja radica en lo siguiente: pocas veces se vio a una administración actuar con tanta energía y tan pocos argumentos para explicar su conducta. La sinceridad y, si se quiere, la valentía de Fernando de la Rúa, llegaron a un extremo: no hizo el menor intento por ocultar que casi todo lo que emprendió en los últimos meses fue en obediencia a exigencias ajenas. Como si el motor de la gestión estuviera fuera del gobierno, convertido en un sistema nervioso con cerebro en otra parte. El compromiso fiscal con los gobernadores, la reforma previsional, el diseño presupuestario, la desregulación de las obras sociales y cualquier otro emprendimiento actual de la administración es presentado como la cruda respuesta a un imperativo del Fondo Monetario Internacional o «del mercado». Es una verdad evidente pero que, a la vez, sorprende. Porque es inusual que un grupo político se vea tan inclinado a hacer ostensible que obra por necesidad, nunca por virtud (como, se supone, le debe suceder a los gobiernos).
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¿A qué obedece esta aridez? En principio, se puede pensar en que De la Rúa y su equipo carecen de convicción sobre lo que están haciendo. Que actúan con movimientos casi automáticos, reflejos aplicados a alejarse del precipicio. Pero también cabe imaginar que la exhibición casi exagerada de que «gobierna el Fondo» ayudó a resolver un problema grave: la falta de autoridad del Presidente. Después de que su impotencia, quedó al desnudo con la renuncia de Fernando de Santibañes, Alberto Flamarique y José Genoud, ¿qué capacidad tenía De la Rúa de llevar adelante recortes en el presupuesto, ajustes en las provincias, reformas en el sistema jubilatorio sin ser desobedecido o boicoteado? La existencia de una instancia inapelable -los organismos de crédito, la posibilidad del colapso-le dieron al Presidente ese vigor que tanto se había menguado en la crisis de gabinete de la segunda mitad del año.
El trance que se describió hasta aquí, donde el país parece administrado por un conjunto de gerentes asépticos, gente sin programa propio ni voluntad de ganar elecciones, parece estar a punto de concluir. El término de todo el proceso se llama «blindaje». Obtenido el crédito externo, despejada la incógnita sobre la solvencia de la Argentina, en definitiva, con el país blindado, parecen abrirse otras lógicas.
El primero en advertirlo fue Carlos Chacho Alvarez, quien ahora reaparece con propuestas para gastar la plata que consiguió otro con medidas desagradables, que el ni respaldó ni boicoteó por la sencilla razón de que estaba «exiliado» (detrás de cámara) mientras se adoptaban. En esto consiste la carpeta que le envió a De la Rúa con un programa de gobierno: una manera de regresar a casa cuando la heladera volvió a estar llena, es decir, con más de 20.000 millones de dólares en la caja del Estado.
A De la Rúa puede irritarlo pero, si mira bien lo sucedido, acaso advierta que la «carpetita» de Alvarez fue providencial. Si hasta ahora gobernaba por el motor del Fondo, en los últimos días el impulso lo pone Chacho. Claro, por la negativa. Para evitar que se hable de un ministerio de la producción, como propone el jefe del Frepaso, se lanzó precipitadamente el plan de un ministerio de la inversión. Antes de que Alvarez siguiera hablando de un Banco Social, se aceleraron las definiciones sobre un acuerdo asistencial con los gobernadores sobre la base de dos programas, uno alimentario y otro laboral. Quien fue vicepresidente se convirtió, involuntariamente, en una especie de acicate para que la administración dejara de lado cualquier pereza y avanzara con algunos proyectos. Otro a quien le gustaría tener algún papel protagónico en el país blindado es Domingo Cavallo. Aunque sea como estrella invitada.
En los últimos días, como se pudo ver en este diario ayer, confesó una obviedad: su desapego por los cargos legislativos, su pasión por gestionar. Esa insinuación, complementaria de los pronósticos que prometen un crecimiento de 7 por ciento para el país (milagros de Machinea, las profecías opositoras son más alentadoras que las del oficialismo), es una de las maneras que tiene Cavallo de llamar a la puerta de De la Rúa, como Chacho con su carpeta. Cuál será el lugar para su próxima «Acción por la República» es lo de menos: hasta comenzó a hablarse de aquel ministerio de la inversión, que convertiría al diputado en un desafío para Machinea, pero también para Adalberto Rodríguez Giavarini.
El Presidente, en cambio, es más discreto con sus sueños sobre «el país blindado» que estos otros dirigentes. Se lo supone meditando un cambio de gabinete que evitará, por todos los medios, incluir a Cavallo: «Sería el estallido de la Alianza y, después, el cáncer del gobierno». No lo dice De la Rúa, lo sostiene uno de sus mejores amigos del peronismo, que se entusiasma con la idea. Pero el Presidente piensa parecido, al menos en uno de los arcos de su péndulo mental. ¿Machinea dejará el cargo aduciendo cansancio, convencido de que nada será mejor que el presente para él? ¿Federico Storani será candidato a senador antes de que lo echen? ¿Héctor Lombardo dejará el gabinete? ¿Habrá una reforma amplia del sistema de ministerios, que permitirá una purga más profunda?
Nadie puede hoy develar estos arcanos, ni Chrystian Colombo, quien acumula poder gracias a que no se hace preguntas que su jefe pueda considerar impertinentes. Sólo se sabe que el Presidente cayó rendido ante el prejuicio -que, como tantos otros, puede ser verdadero-de que resulta ya imposible seguir gobernando sin siquiera un discurso que explique la acción y, sobre todo, haga creer que existe un horizonte más allá de lo inmediato.
Carlos Becerra, Enrique Nosiglia y el propio Colombo decidieron formar un equipo de comunicación oficial -por ahora en las sombras-, que permita configurar consensos mínimos en torno a De la Rúa y, sobre todo, contestar alguna agresión durante el año electoral. Casi un tenue retorno a la política para que los dólares del blindaje no los disfruten los otros.
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