20 de abril 2007 - 00:00

Cristina capitana: autos y libros en la campaña

Junto al marido en Citroën (abrazándose con alborozados obreros que ganan 2.500 pesos de mínimo y estrenando un nuevo modelo de la empresa), por la tarde sin él en la Feria del Libro (jamás lo pueden llevar al Presidente a esos eventos culturales tan afines a los porteños), Cristina de Kirchner reforzó ayer su campaña presidencial, aún no confesada, pero obviamente lanzada. A pesar de que rivales seguros, como Elisa Carrió y Roberto Lavagna, juran -y son gente de la Iglesia- que ella no será finalmente la candidata del oficialismo. Están convencidos, pregonan, de que lo de Cristina es apenas un ardid del santacruceño para luego postularse él, un juego de luces para engañar a incautos. Más bien parece que ya es hora de que comiencen a aceptar que tras la imagen de Evita Capitana -un forzado aggiornamento, sin duda-, la primera dama aparecerá encabezando las boletas de la elección de octubre. Estas incursiones de la señora también son un indicativo para el propio gobierno: sus funcionarios deberán adecuarse a un cambio que se viene, siempre y cuando permanezcan. Porque nada será igual, aunque él supone que habrá de teleguiar al satélite.

La senadoraCristinaKirchnerhace elclásicotesteo en lapresentacióndel nuevomodelo deuna automotriz,ayer enEl Palomar.de Kirchner y Daniel Scioli, en la apertura de la Feria del Libro en La Rural.
La senadora Cristina Kirchner hace el clásico testeo en la presentación del nuevo modelo de una automotriz, ayer en El Palomar. de Kirchner y Daniel Scioli, en la apertura de la Feria del Libro en La Rural.
«Yo empiezo a las 19 en punto aunque Telerman no haya llegado. Tengo muy poco tiempo»: tal la advertencia de la senadora Cristina Fernández de Kirchner a Horacio García, presidente de la Fundación El Libro, pocas horas antes de iniciarse el acto de apertura de la Feria del Libro en La Rural, que la iba a contar como oradora de cierre. A las 19, el jefe de Gobierno de la Ciudad estaba sentado en su lugar, esperando el inicio del acto, pero la primera dama aún no había llegado a La Rural. Lo hizo media hora más tarde. También estaban Carlos Heller, Ricardo Lorenzetti (presidente de la Corte Suprema), Patricia Bullrich y el bombista oficial Tula.

Pero el retraso no fue la única contradanza, anoche, durante la inauguración del gran acontecimiento editorial anual. Mauricio Macri se sentó en la primera fila del público y cuando Telerman iba a hablar se levantó y se marchó.

Con esa demora empezó la ceremonia. Y con ruido. Un grupo de manifestantes de izquierda, después de que un coro concluyera la segunda de las dos canciones de León Gieco que se interpretaron como prólogo, empezó a hacerse oír: pedían «bachilleratos populares», entre otras demandas. En un primer momento, la presencia de este pequeño grupo atemorizó a la senadora Fernández (creyó que se manifestaban contra ella), pero al único que perjudicó fue al propio anfitrión Horacio García, cuyos reclamos al Estado se diluyeron en otros reclamos.

García, en su discurso, se quejó por el precio del papel, mucho más elevado que el estándar internacional, y le pidió al Estado que tuviera un rol más activo en la lucha contra la piratería editorial. Asimismo, que el Estado no se convirtiera en competidor desigual de la industria editorial: «El Estado se pone a editar en lugar de establecer acuerdos con las editoriales que tienen publicados algunos mismos libros», se quejó. Finalizó congratulándose de que en 2010 la Feria de Francfort será invitada a la Feria del Libro de la Argentina y se derramó en elogios al gobierno, como tantos otros empresarios.

  • Bibliotecas

  • Le llegó el turno al secretario de Cultura, José Nun, quien después de parafrasear jocosamente a Pascal («A uno le hace falta tiempo para ser breve») subrayó que en estos días empezaban a verse los resultados prácticos de su experiencia de llevar bibliotecas a las villas o casas humildes. Dijo que, en Cuba, a Raúl Castro-le había gustado la idea y que quería imitarlo-(aunque se supone que en Cuba no hay villas), al igual que Canadá, que también lanzaría un plan similar. Festejó haber inventado los regalos, otra rareza de este funcionario.

    Jorge Telerman, el más desenvuelto y espontáneo de los oradores, comenzó repartiendo saludos a los asistentes (a Norma Aleandro, al «pelado» Ginés González García). Luego dijo que él había participado en ferias anteriores con varias ideas, entre ellas las de no cobrar entrada en los años de la crisis. E hizo una revelación: dijo que el libro que a él lo impulsó, de joven, a convertirse en lector apasionado fue

    «Agostino», de Alberto Moravia. No detalló, para quienes no lo supieran, que ese libro es la historia de un chico en una ciudad que se enfrenta a los poderes.

    Y, tal como estaba previsto, a la senadora Cristina le tocó cerrar el acto: recordó que era la segunda oportunidad que inauguraba una Feria, y se prodigó en algunos datos: dijo que en 2006 se editaron en el país 19.126 títulos nuevos, lo que daba un promedio de «dos títulos por hora», y que se imprimieron 71 millones de ejemplares, un «récord histórico». Se congratuló, además, de que 90% de los libros fueron impresosen el país. «Antes eran importados, ahora el mundo editorial argentino puede volver a sentirse en su lugar», dijo en una feria que muestra que las llamadas grandes editoriales argentinas pertenecen a grupos internacionales.

    Abundó Cristina en elogios al gran ausente de la noche, el ministro de Educación Daniel Filmus (por esas horas en Australia junto a De Vido, inaugurando el reactor Opal). Felicitó la primera dama a la gestión de Filmus por haber editado, desde el Ministerio de Educación, 19 millones de textos de distribuición gratuita. Es decir, se congratuló de lo mismo por lo que un momento antes se había quejado García: la competencia del Estado con el editor privado.

    Dijo luego que el florecimiento editorial no era un fenómeno aislado sino que está ocurriendo con el resto de las industrias nacionales. Y finalizó con nostalgia setentista: recordó a su generación, que «hizo del libro un instrumento para intentar comprender y cambiar el mundo que nos rodea». Habló de los libros que fueron prohibidos, censurados y quemados. Y vio en el libro una tabla de salvación en «una sociedad absolutamente mediatizada que nos ha dejado sin un pensamiento propio». Norma Aleandro, por fin, puso el colofón a su nostalgia, con el recitado de textos de Julio Cortázar y Jorge Luis Borges.

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