Poco felices, por el momento, se muestran quienes planean el lanzamiento y la campaña de Cristina de Kirchner. Han elegido una fecha que, tal vez, por la crudeza climática -y la falta de agua en las represas, ingresando la semana próxima a una situación tan crítica que nadie en el gobierno siquiera había imaginado- someta al país a la media luz (al menos, con muchas más restricciones que las actuales). No parece el escenario más propicio. También abundaron las críticas sobre el minimalista afiche que se distribuyó en todas partes con la leyenda «El cambio recién empieza». La foto, impecable; el eslogan, en cambio, semejante al de Mauricio Macri en la última elección, no reconoce sentido para quien se abrazó a los cuatro años de gestión de su esposo. Se hubiera requerido otro ejercicio más imaginativo, sobre todo en un país que -justamente en estos cuatro años- puede admitir que está más rico que antes.
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Pero lo que resulta más insólito es la búsqueda de adhesiones con aquellos que no integran el padrón electoral. A ella la han empezado a pasear por el mundo (a fin de mes vuelve a España, luego a Estados Unidos y México), a conmover con su simpatía a extranjeros que, como se sabe, no votan en la Argentina. No se entiende esta exhibición política, a menos que se piense que el hecho de pegarla a dignatarios del exterior le contagiará un determinado prestigio (el cual, por otra parte, ella lo tiene ganado). Pero estas obvias fallas todavía no afectan a quien, según su marido -lo aseguró ayer-, será su sucesora. No lo debe decir sólo por convencimiento personal.
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