Carlos Menem y Eduardo Duhalde estuvieron prestando atención a sus actos durante todo el día de ayer. El riojano, ansioso por si su esposa, Cecilia Bolocco, podría asistir, sin arriesgarse por el embarazo, al estadio de River para acompañarlo en el cierre de campaña electoral. Duhalde, inquieto por la clausura de Néstor Kirchner, en La Matanza, que se anticipó complicado durante todos estos días. Finalmente, el Presidente dio la orden por última vez: «No quiero que vayan a Ciudad Evita, hagan el acto en el Mercado Central y a las 9 y media, todos a casa». Sensato, Kirchner obedeció (¿sería siempre así si se convierte en presidente?) y se evitó lo peor: que las barras de Alberto Ballestrini terminaran a los tiros, como en otras ocasiones, con las de Rubén Ledesma, el gravitante (por no decir «pesado») kirchnerista de la zona.
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Menem finalmente concedió que su esposa lo acompañara y se mantuvo junto a ella hasta último momento, mirando TV y cavilando sobre el discurso que daría en el estadio. Cecilia concurrió al monumental con su hermano y sus padres, Enzo y Rosmarie. Menem había comenzado el día temprano, cuando desayunó con sus suegros en la residencia del gobernador de La Rioja, donde se sirvieron hasta huevos revueltos. A esa hora amanecían quienes lo habían acompañado el día anterior, que terminó en un asado para íntimos: el matrimonio Bolocco, Juan Carlos Romero y sus dos hijas, Claudio Sebastiani, Eduardo y Adrián Menem, Francisco Mayorga (quien se animó a comer los ojos de una vaca asada), Alberto Kohan, Ana María Mosso, entre otros. Durante esa comida Menem agotó una batería completa de celular hablando con su mujer, quien lo esperaba en Buenos Aires. En la conversación con su comitiva estuvo insistente con un tema: la calidad del discurso de Rubén Marín en el acto que se realizó el martes por la noche en La Pampa, que los menemistas calificaron como el mejor de toda la campaña (fue el discurso donde el pampeano responsabilizó a Eduardo Duhalde por la proscripción y división del peronismo y convocó a votar al riojano como un acto de lealtad histórica).
Ya en el piso 19 del Hotel Presidente, Menem comenzó a pedir informes sobre la organización del acto, que corría por cuenta de Antonio Riccilo. Toda la preocupación se concentraba en dos eventualidades: que lloviera, como sucedió, y que hubiera alguna «mano negra» que generara disturbios, acaso disfrazada de «piquetera». Le explicaron a Menem que la estrategia defensiva adoptada fue la de llevar mujeres provistas de palos de amasar, que seguramente no serían atacadas. Algo de eso se vio por la noche en River.
Lo demás fue la diversión constante del ex presidente: la pelea entre los integrantes de su entorno. Ayer toda la competencia fue entre Alberto Kohan y Alberto Pierri para ver cuál de los dos embanderaba más ampliamente el estadio con carteles que promovieran sus candidaturas a gobernador. A Menem lo fascinan esas disputas y también algunos chismes, como cuando le contaron que «el Muñeco» pidió ser invitado a la cancha de River, donde se había dispuesto que los palcos vip cotizaran como un aporte más a la campaña.
Después de estas amenidades, Menem pasó a atender algunos compromisos de campaña. Recibió, por ejemplo, a un grupo de integrantes del Parlamento británico, quienes lo visitaron acompañados por Andrés Cisneros. Tema obligado, las Malvinas, una obsesión de Menem sobre la que Cisneros cuchicheó por separado, como si tuviera alguna carta en la manga, conservada de la otra presidencia.
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