24 de noviembre 2004 - 00:00

Diplomacia del desaire

Tran Due Luong
Tran Due Luong
Es público que la Argentina carece de política exterior y se extiende la sensación de que también se pierden caudalosamente los modales (lo que viene a ser toda una novedad en la diplomacia, ya que ésa es la condición innata del parasitismo de esa actividad).

Y les tocó a los vietnamitas
, como a tantos otros visitantes, padecer la característica guarangada del gobierno argentino, ya advertida con la delegación coreana o con los delegados checos entre los copiosos antecedentes. Por supuesto, Néstor Kirchner no fue a la cena de anteanoche en el Palacio San Martín con su colega Tran Due Luong, heredero de Ho Chi Minh y, casi graciosamente, en la mesa del embajador asiático se decía que «el Presidente argentino está enfermo». Amable resignación de un hombre del pueblo que debió soportar a un sudamericano poco educado luego que ellos vencieran a Francia y a los Estados Unidos.

•Ausente

No era el único faltazo: tampoco estaba Rafael Bielsa, quien debe estar demasiado ocupado para atender a mandatarios extranjeros que su propio gobierno invita. Curiosa deserción: Bielsa admira a Fidel Castro al extremo de escribirle un poema y, en esta ocasión, ni siquiera se acerca para pedir una fotografía del general Giap. Sin embargo, estas ausencias no alteraron a los extranjeros; en cambio, la desilusión estalló en el candoroso elenco argentino, ya que la organización de la Cancillería burló todas las normas. Las invitaciones, en una administración que de tanto vetar gente se va a quedar sin convocados, estaban dedicadas a caballeros con esposas. Pero, a las 18.30 y sin explicaciones, desde las oficinas de Bielsa se informó que había que suprimir a las mujeres de la comida, luego de que éstas a esa hora ya habían elegido el vestido y los zapatos, habían ido a la peluquería y, naturalmente, se habían producido para la ocasión. Hubo, no podía ser de otra manera, invitados que no recibieron la tardía advertencia y concurrieron con sus esposas o, directamente, no acataron la orden oficial por extemporánea. Para el buen gusto, no obstante, la falla de la Cancillería permitió observar en esa minoría femenina a la señora de Aldo Karagozian ( textil), dama que se dedica a la escultura tal vez porque ella misma se modela.

El detalle de las invitaciones también acosó a los propios vietnamitas: es que un rato antes de la cena, como si fuera un saldo gratuito, les entregaron 40 entradas que valían para una cena. Como es de imaginar, ni para los miembros de la delegación extranjera les podía resultar sencillo encontrar vietnamitas en la tarde porteña. Por lo tanto, hubo varias mesas vacías y otras ocupadas con personal de la casa, contenta de sumergirse en el cordero patagónico, sabroso pero tan desbordante del plato que vulneraba reglas comunes del servicio de la gastronomía elegante. Por suerte estaba Daniel Scioli, remendón de los agujeros presidenciales, también Julio de Vido como embajador de Santa Cruz (atento como Carlos Menem para no encontrarse con el juez Jorge Urso).Y algunos pocos pero tradicionales empresarios: Julio Werthein y Enrique Pescarmona.

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