Eduardo Duhalde recibió ayer a quien, para muchos miembros de su entorno, es su norte doctrinario. Al menos en esta etapa de su vida. Lo visitó Raúl Alfonsín. Hablaron de nimiedades pero también de las cuestiones que más angustian al jefe de Estado. El viejo líder radical insinuó algún detalle novedoso sobre la propia interna y hasta hizo lobby por su pueblo, Chascomús.
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A nadie escapa que el Presidente está atormentado por el conflicto que abrió con la Corte Suprema de Justicia y que lo encuentra a él mismo en un clinch del que no puede salir desde que pidió dos renuncias en el tribunal (no fue hace tanto tiempo, lo hizo el 9 de julio y después ideó lo de redactar esas dimisiones «a cuenta» y encerrarlas en una caja fuerte). El conflicto duele donde siempre: el «corralito». El drenaje de cerca de $ 1.000 millones mensuales es una bomba de tiempo para la economía y dificulta como ningún otro dato de la crisis el acuerdo de la Argentina con los organismos internacionales. Los jueces de la Corte se niegan a convalidar el decreto por el cual Duhalde suspendió los amparos por 120 días. La perspectiva de un fallo favorable se vuelve cada día más quimérica, ya que los magistrados creen que el gobierno no puede o no quiere liberarlos del juicio político que se tramita en el Congreso. «Cuanto más se acercan las elecciones, más difícil se nos hace sepultar el jury» confesó ayer un ministro ante este diario.
En cuanto a las renuncias, están más verdes que cualquier otra operación. Apenas se podría conjeturar el alejamiento de Carlos Fayt, el año que viene, por razones de edad. Si se quiere comprender la lógica de los magistrados, conviene recordar lo que sucedió en la provincia de Buenos Aires. En la Suprema Corte de allí había tres ministros con «vocación renunciante» pero esperaron mansamente a que se alejara Carlos Ruckauf del Ejecutivo para concretar sus dimisiones. Sencillamente, no querían que las vacantes las cubriera Ruckauf, de quien desconfiaban enormemente.
Algo similar le sucede hoy al Presidente.
Encerrado por estas limitaciones, Duhalde confesó sus cuitas ayer ante Alfonsín y le comentó algo que el ex presidente ya sabía (se había hecho hacer una minuta por todos los radicales que tienen trato institucional con el gobierno): las negociaciones con el presidente del bloque de diputados del radicalismo, Horacio Pernasetti, para que se le encuentre al «corralito» una salida parlamentaria que si no sustituya por lo menos facilite la solución en la Corte.
Alfonsín se mostró alentador (no está para dar malas noticias, sobre todo cuando iba a «tirar la manga», por decirlo simpáticamente). Aunque en algún momento de la conversación insinuó: «Si no se consigue dar de baja el juicio político menos se conseguirá que el Congreso se haga cargo de la impopularidad de no devolver los depósitos». Duhalde oyó como si no escuchara.
Se habló después del decreto que regula las internas abiertas y simultáneas. Alfonsín se plegó a la opinión de su partido, que viene impugnando la posibilidad de que los afiliados a una fuerza voten en las elecciones internas de la otra. Pero también en este punto buscó contemporizar: «Eso sería grave si en la UCR no hubiera interna pero la va a haber». Duhalde apostó a que sería entre Angel Rozas y Rodolfo Terragno y hasta hizo un elogio de Rozas, a sabiendas de la animadversión de Alfonsín por Terragno. Pero el ex presidente corrigió: «No sé si será Rozas; hay que mirar también a Carlitos Maestro». Todos consideraban que el chubutense se lanzaría nuevamente por la gobernación de su provincia pero es evidente que Alfonsín tiene otra «fija». Hay que tomarlo en cuenta: Maestro se convirtió en uno de sus principales socios políticos desde que compartieron el bloque de senadores nacionales.
•Minucias
Lo demás de la charla de Alfonsín con Duhalde fueron minucias. Al menos para cualquier novato en la política. Para ellos tal vez se trató de las cuestiones más importantes. De hecho, fueron los «detalles» que mejor registró el Presidente a la hora de relatar el encuentro. Primero, la necesidad de que se realice una obra hidráulica en la laguna de Chascomús, que Alfonsín describió minuciosamente. Es un pedido del intendente que Duhalde ya conocía; pero de todos modos dejó que el jefe radical pasara el pedido para darle también la oportunidad de «facturar» la gestión delante de sus vecinos. Segundo asunto de Estado en la mesa de Duhalde: un par de designaciones que «don Raúl» llevaba anotadas en un papelito. Temas que, como de costumbre, se deliberan con el Presidente y se cobran en la mesa de José Pampuro, quien se ha convertido en psicoanalista (hasta ahora era sólo oncólogo) de tanto atender radicales.
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