Eduardo Duhalde, Hilda Chiche Duhalde y Raúl Alfonsín.
Si le faltaba sustancia y casi provocaba humor la manía persecutoria en la que incurrió el gobierno a partir del paro agropecuario, la reaparición casi simultánea y crítica de Eduardo Duhalde y Raúl Alfonsín le concede cierta verosimilitud al disparatado temor kirchnerista por un golpe (sea de Estado, de mercado, de las corporaciones, de los retirados, del periodismo, etc.). Terror a una acción destituyente, como pregonan los intelectuales del régimen, a una desestabilización, como se amparan otros más antiguos y con menores recursos literarios. Nadie podía creer que atrás de los De Angeli y los cuatro del campo estuvieran Jorge Rafael Videla o la señora Pando (versión Cristina de Kirchner), menos que el numeroso acto de Rosario se poblara con aquellos que vociferan contra el juicio a los militares de los 70 (según Alberto Fernández), hoy quizás una de las escasas medidas que impulsa la administración.
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Ahora, con la sociedad mediática de los veteranos Duhalde y Alfonsín advirtiendo sobre determinados peligros, quizás el miedo oficial comience a tener asidero.
Pero, curiosamente, desde el gobierno nada han dicho sobre Duhalde, tampoco sobre Alfonsín. Cuando, en verdad, de sus impulsos u omisiones la Argentina en esta década guarda recuerdos;muchos más Fernando de la Rúa, despojado del cargo por una suspicaz acción popular que la Justicia nunca revelará (ni castigará, obviamente). Extraña esta actitud oficial: se rasgan las vestiduras porque un ciudadano común habla de la necesidad de un «cambio» frente al agro -eslogan que, por otra parte, enarbolaba Cristina de Kirchner hace 6 meses- y callan frente a dos protagonistas de ese turbión poco democrático de 2001 por el cual un frente y su mandatario democráticamente elegidos por el pueblo fueron reemplazados por arte de magia por el partido opositor.
Encolumnados
Singular silencio ante quienes, además, son los hacedores -aprendices de brujos, dirían Louis Pawles y Jacques Bergier- del propio De la Rúa y, luego, de Néstor Kirchner y su mujer. Sin hablar entonces para contestarles, como si la historia no contara (tal vez porque entonces muchos participaron del mismo proyecto), ni siquiera para advertir que tanto Alfonsín como Duhalde han salido de sus sarcófagos para encolumnarse -seguramente con buena intención- en esa voluminosa serie de objetores que hoy se alarman por la megacrisis que adquirió el conflicto con el campo y la elementalidad gubernamental para resolverlo. Se anotan en lo que el gobierno llama Unión Democrática y que incluye a opositores, propios de su partido, prescindentes e independientes.Gente de tierra y de otras alturas, como la misma Iglesia Católica, núcleo anónimo que tampoco se atreve a comentar la incorporación oportuna a su queja de Alfonsín y Duhalde.
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