La sociedad que no queremos ser

Política

Duele escuchar las voces que reclaman eliminar las pocas herramientas que existen aquí y en el mundo para combatir la desigualdad.

Hay una cultura muy instalada en Argentina y que contrasta bastante con lo que ocurre en otros países del mundo (USA por citar uno de los más destacados en el hemisferio occidental) en la que el activismo social de los CEO está mal visto. A los empresarios parece incomodarnos hablar de la pobreza o la indigencia y mucho más aún, de cómo repensar estas cuestiones para construir una sociedad más justa. Yo pienso todo lo contrario; los líderes empresarios tenemos la obligación de comprender la realidad en la que operamos y contribuir activamente en la búsqueda de propuestas que sirvan como base de discusión y consenso político. No hay ninguna posibilidad de lograr un país socialmente más inclusivo si no partimos de un acuerdo primario y básico: los impuestos son la única herramienta jurídica que permite financiar sustentablemente al estado y mitigar las profundas desigualdades. La discusión entonces debería ser cuánto estado queremos y en qué áreas tiene una tarea irrenunciable, así como también cuál es el sistema tributario más progresivo que mejor resuelve la desigualdad sin desalentar las actividades productivas y el crecimiento económico.

Hace pocos días nos vimos todos conmovidos como sociedad cuando durante casi setenta y dos horas los medios nos mostraron con un tesón incesante la cara más horrible de la inequidad. No la que ocurre entre los países africanos más pobres y los europeos más ricos. Ni siquiera aquélla que se nota cuando comparamos cómo vivimos en las grandes urbes de nuestro país en relación con los cordones periurbanos empobrecidos que las rodean. La dolorosa realidad de la vida de M estaba ocurriendo en nuestras propias narices y en la ciudad con mejor PBI per cápita de la Argentina; dolorosa no sólo por la indigencia que la privó de un lugar digno para crecer como cualquier niño debería hacerlo y de recibir adecuada contención en la escuela pública u otras instituciones adecuadas, sino y especialmente penosa por la indiferencia que durante siete años el estado primero y todos nosotros después como sociedad le supimos conseguir.

Entonces me pregunto, ¿qué sociedad queremos construir los argentinos si pudiéramos sentarnos todos juntos en una mesa como si fuéramos una familia castigada por las circunstancias pero con el firme deseo colectivo de salir adelante?

¿Seremos capaces en algún momento de corrernos del egoísmo y la especulación partidaria para decidir por lo menos cómo queremos tratar a nuestras infancias vulnerables y cuántos recursos estamos dispuestos a alocar para lograrlo?

Quizás seamos muchos los que debamos romper algunos prejuicios sobre el tema para poder sentarnos a discutir, con una hoja en blanco. Empecemos a derribar algunos.

No todos los impuestos son malos si fortalecen al estado para abordar la indigencia infantil. Nadie discute que Argentina tiene necesidad de simplificar su sistema tributario y hacerlo más progresivo. Pero en una sociedad tan injusta como la nuestra, duele seguir escuchando las voces que reclaman eliminar las pocas herramientas que existen aquí y en el mundo para combatir la desigualdad. No seamos hipócritas y digamos con todas las letras qué estamos proponiendo cuando bregamos por una mayor baja de impuestos. Medida en un estudio de UNICEF en % del gasto total, la inversión social en la primera infancia tiene una tendencia a la baja en el largo plazo frente a otros gastos que aumentan más que proporcionalmente (del 20,9% en 2006 al 16,7% en 2018). Tenemos que revertir eso.

No todos los padres biológicos están en condiciones de afrontar la crianza de sus chicos. Podemos encontrar muchas razones que explican por qué algunos papás no pueden mantener un vínculo amoroso sano y responsable con sus hijos y lejos estoy de estigmatizar esas causas; pero ninguna es lo suficientemente fuerte para justificar que estos chicos deban cargar con esas culpas y “bancarse” el tiempo que sus progenitores necesitan para recomponer su salud psíquica o emocional en un contexto de abandono y violencia. El estado fuerte y presente debe actuar con celeridad para evitar lo que hoy nos lamentamos con tantos chicos sumidos en la indigencia.

No todos los temas deben ser utilizados para la especulación política. Hay suficientes cuestiones económicas y geopolíticas que nos atraviesan transversalmente y alimentan la eterna grieta de los argentinos. No necesitamos incluir a nuestros chicos más castigados aquí también.

M es una sola de los miles de nuestros chicos que son sujetos a todas la violencias inimaginables ni aún en las más siniestras pesadillas. Si como sociedad no podemos resolver esta urgencia moral, difícilmente podamos hacer un país mejor, gobierne quien gobierne.

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