15 de noviembre 2000 - 00:00

Estalló la guerra "fashion" con el choque de funcionarios culturales



Es silenciosa, sutil y fashion, pero no deja de ser una guerra terminal. Encarnizada como toda guerra. Una guerra de pequeñeces, con más ofendidos que heridos reales y, tal vez por eso, con lealtades menos sólidas que las que se ven en las guerras donde se pone el cuerpo de verdad. Es la guerra de la cultura y el espectáculo, pero no la que desveló, por razones tan distintas, a las tiranías y las democracias del siglo pasado, sino la del pequeño desvelo noctámbulo en la Buenos Aires que no duerme: la guerra de las agendas, las primicias y los megaeventos. Hasta la guerra de los slogans.

Darío Lopérfido
, en la Nación, y Jorge Telerman, en la Ciudad de Buenos Aires, se miran desde sus escritorios con una desconfianza que recuerda cada vez más a la que se profesaban los teólogos del cuento de Borges: tal vez descubran alguna vez que en el fondo son la misma persona, pero hasta entonces, ahogados por la falta de presupuesto y con la presión de querer dar siempre, y de la forma más elegante posible, el primer paso en cualquier iniciativa, continua-rán disputándose el mismo territorio, el mismo pintor, la misma cantante y el mismo director de cine.

Fueron socios cuando Telerman pasó del duhaldismo rabioso al aliancismo más prometedor (el PJ, claro, ya había perdido las presidenciales y Aníbal Ibarra reclutaba gente con una candidatura ganadora).

Los desencuentros de las últimas semanas fueron varios. La última disonancia, ayer nomás, tuvo clave musical: una fuente del Gobierno de la Ciudad dijo a este diario, no sin pesadumbre, que no podían entender el tenor del convite, con membrete de la Nación, que los invitaba a sumarse a los festejos oficiales para el Día de la Música, el próximo 22 de noviembre, con orquestas populares en las calles y otros actos.

«¡Pero si Santa Cecilia era nuestra! -se lamentaba la fuente-. ¿Desde cuándo son ellos los de la iniciativa?», concluyó mortificado. Y recordó que hacía ya 45 días, cuando el histórico rockero de Almendra Emilio Del Guercio fue designado al frente del Centro de Divulgación Musical, que la Ciudad se había puesto a trabajar en la revitalización del Día de la Música entre los vecinos: orquestas en las calles, murgas, bandas, cantantes en las estaciones. Un «día musical» que de pronto quedó a la busca de autor.

En esa cadena quebradiza que va desde el elegante palacio de la avenida Alvear (Cultura de la Nación) hasta el clásico aunque deteriorado edificio de «La Prensa», de Avenida de Mayo (Cultura de la Ciudad), transitan funcionarios que no logran ocultar sus caras largas y modiglianescas. Javier Grossman, subsecretario de Telerman, es uno de ellos. El fue el impulsor de la idea para reimponer ese día. «Javier estaba muy sombrío -dijo la misma fuente-. Sobre todo, por su cercanía política a Darío (Lopérfido).» Telerman nunca lo quiso a su lado pero el ex vocero de De la Rúa se lo impuso.

Pero antes que con la música, el combate se desató con el cine. Nadie sabe con qué recursos ni a través de qué tipo de providencia, terrenal o divina, el país encarará el año próximo dos festivales internacionales de cine consecutivos y (aunque así no se lo quiera hacer pasar) más rivales todavía que cuando el de la vereda de enfrente era
Julio Mahárbiz: Mar del Plata (Lopérfido) en marzo y el Abasto ( Telerman) en abril.

Separados en el tiempo por apenas unos pocos días, compitiendo por los mismos sponsors, por las mismas películas que terminen descartando los festivales monstruos de Berlín (febrero) y Cannes (mayo). Peleando ambos sordamente con Hacienda por un presupuesto que no podrán evitar que se siga esfumando. Entrometiéndose en las respectivas organizaciones, sin descartar sutiles formas de espionaje. Y, lo que más preocupa a ambos, sabiendo que ni siquiera en las hipótesis más optimistas podrán evitar prensa contraria: el error de incorporar parte interesada de los medios de comunicación a las estructuras de los festivales se les habrá de volver seguramente como un boomerang ante la menor falla de organización. Y esas fallas, como nadie lo ignora, son folklóricas.

Telerman
no les oculta a sus íntimos el fastidio que le produjo tener que hacerse cargo de un festival, como el del Abasto, que ya era una bolsa de gatos antes de que asumiera. La decisión del subsecretario de Industrias Culturales, Ricardo Manetti, de despedir al director artístico, Andrés Di Tella, provocó una reacción en cadena de directores de cine enojados y las primeras críticas negativas de la prensa casi cinco meses antes de iniciarse el festival: todo un récord.

Por supuesto,
Lopérfido no dejó pasar la oportunidad: escribió en contra de ese despido, y forzó a que Telerman tuviera que salir, de la manera más elegante posible, a componer a su propio estilo la situación. Manetti presentó la renuncia, que no le fue aceptada (el triunfo del ex novio de María Gabriela Epumer habría sido demasiado grande en ese caso), mientras convocaban de urgencia a Leonardo Favio como presidente honorario del festival. Favio parece resignado a ese destino últimamente: cada vez que hay una pelea entre funcionarios, lo llaman a él para que ponga la cara. En su momento también lo convocó Julio Mahárbiz para Mar del Plata en un puesto de honor.

Así las cosas, también restauró
Telerman el cargo de director artístico de la muestra, decidiéndose por el funcionario Eduardo Antín, director de la revista semiestatal «El Amante» (tiene subsidios del Fondo de las Artes, y la Ciudad de Buenos Aires financia con su sello un boletín durante los días del festival). Los creadores originales de la idea del festival, la productora Cecilia Hecht y el crítico y editor Fernando Peña, quienes tres años atrás denunciaron que Lopérfido les había quitado el manejo para cedérselo a Di Tella y a Manetti, amigos por entonces, ahora fueron convocados por Telerman para puestos simbólicos. Dijeron que no, naturalmente.

El Colón fue otra de las calderas, tal vez la que más enfureció a
Telerman. Apenas asumido, y con la satisfacción de haber recobrado a Sergio Renán para la dirección artística (un gesto que mucho apreciaron los plateístas de Plaza Lavalle), debió sobrellevar la tormenta gremial originada en una vieja promesa de Lopérfido a los sindicalistas duros del Colón: en 1998, el entonces secretario de Cultura Ciudadana se había comprometido en un acta acuerdo coyuntural a incorporar al personal transitorio de 299 personas a la planta permanente, y como eso no se cumplía y, en verdad, no era cumplible sin concursos, las funciones empezaron a ser boicoteadas. «Ellos prometen, se van, y nos tiran el muerto a nosotros», se quejaban en Avenida de Mayo. La suspensión de la temporada, y una renegociación que neutralizó a los halcones del Colón (la comisión Intercuerpos) impulsando como interlocutores del conflicto a los tradicionales de SUTECBA (municipales) fue la complicada alternativa a la que se debió echar mano para traer algo de tranquilidad. La temporada ahora sigue, pero con unas cuantas bajas. Y, desde sus escritorios, ambos secretarios de Cultura esperan al acecho lo que hará el otro.

Dejá tu comentario

Te puede interesar