27 de julio 2007 - 00:00

Evita y el Che en tortuoso intento de D'Elía por volver

Hebe de Bonafini ledejó la silla vacía aLuis D’Elía en el actode ayer que intentójuntar dos emblemascontradictorios, elChe Guevara y EvaPerón. (arriba) No se privó,sin embargo, elpiquetero de lacompañía de dosrepresentantes delislam. Uno de ellos, elImán de Flores,Karim Paz. (abajo)
Hebe de Bonafini le dejó la silla vacía a Luis D’Elía en el acto de ayer que intentó juntar dos emblemas contradictorios, el Che Guevara y Eva Perón. (arriba) No se privó, sin embargo, el piquetero de la compañía de dos representantes del islam. Uno de ellos, el Imán de Flores, Karim Paz. (abajo)
En el principio fue la transversalidad; la Argentina venía de demasiados peronismos que habían monopolizado su versión de la marca política, y para despegarse tanto de «Isabelita» como de la renovación y de Carlos Menem, los Kirchner necesitaban cruzar líneas partidarias para evitar quedar pegados al desprestigio de sus ilustres predecesores. También lo necesitaban (todo hay que reconocerlo) para escapar del angosto gueto del 22 por ciento de los votos con que Néstor Kirchner consiguió su elección. Pero a medida que la transversalidad se convertía más en un embarazo que en otra cosa, y que el Presidente adquiría un peso propio sustantivo superior a la dudosa legitimidad de sus inicios, se hizo necesaria una suerte de vuelta a los orígenes. Esa forma, con Cristina Fernández de Kirchner a la cabeza, toma el estilo de una suerte de «evitismo» sui géneris.

En efecto, el mismo día que ayer, 26 de julio de 2007, el Presidente y su esposa estuvieron conmemorando la defunción de Evita «a las 20.25, hora en que Eva Perón pasó a la inmortalidad» (según las célebres palabras del locutor de entonces), la campaña electoral (o reelectoral, o de sucesión dinástica, según se prefiera) de la primera dama estuvo explotando a full la imaginería y estética de «la vicepresidenta que no fue» (en el año 1952, cuando el Ejército y, sigilosamente, el propio Perón propiciaron «el renunciamiento histórico»). Han vuelto los viajes a Europa (y, ahora, al resto del mundo). Los trajes lujosos. La explotación de la belleza femenina. El estilo de arenga. El empleo del esplendor visual. Y la praxis de cierta concepción peronista acerca del pueblo como de una masa que gusta de disponer de un rey y de una reina, que cada tanto salen al balcón y hacen regalos.

Es cierto: la pequeñoburguesa Cristina no es la proletaria Evita, y ella misma ha rehusado ser equiparada con su predecesora, o con Kirchner, o con quien fuere. Pero es que allí radica la naturaleza del curioso peronismo que se encuentra en el poder: en que no es exactamente el peronismo, sino una corrección del peronismo por parte de quienes en la década del 70 tenían 20 años, y a los que el general adulaba como «la juventud maravillosa».

  • Sueño trunco

  • De algún modo, el evitismo siempre fue el sueño truncado de una izquierda, o un feminismo, peronista (aunque el peronismo nunca fue una cosa ni la otra). Si Evita no pudo ser vicepresidenta en 1952, ¿qué mejor que convertirla en presidenta en 2007? Si Evita no pudo ser feminista en toda su vida, ¿qué mejor que salpicar la oratoria de Cristina de confusas reivindicaciones de género? Si Evita no pudo ser verdaderamente de izquierda, ¿por qué no ventrilocuizarla ahora de filósofa hegeliana (haciéndole aclarar pocos días después ante empresarios, eso sí, que el gobierno de su marido no fue progresista, sino más neoliberal de lo que los profesores de Harvard enseñan?).

    De algún modo, no es una originalidad de la política argentina. Si, de acuerdo con Jorge Luis Borges, cada creador inventa a sus predecesores, es preciso admitir que a cada personaje político le conviene disponer de un ejemplo previo que lo legitime y enaltezca. Margaret Thatcher usó claramente a Winston Churchill en la Guerra de las Malvinas (como Tony Blair los usó a los dos, bastante más torpemente, en sus aventuras bélicas con los norteamericanos). George W. Bush quiso emular a Ronald Reagan, quien quiso emular a Franklin Delano Roosevelt. Y una especie de zarismocomunismo se le cae de la boca a Vladimir Putin con casi cada palabra que dice. Es que, si no fuera de la evocación de un pasado ilusorio, ¿qué sería de la postulación de un futuro brillante?

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