El gobierno encargó a algunos de sus asesores estudiar durante el fin de semana las causas y las consecuencias de dos hechos que sorprendieron al Presidente y que ocurrieron el mismo día y a la misma hora. El jueves por la noche, una derivación de la columna de ahorristas quejosos del fallo pesificador que emitió la Corte se dirigió hacia la residencia presidencial de Olivos. Varios centenares de manifestantes con cacerolas y otros elementos ruidosos, una remembranza de las protestas de diciembre de 2001, aunque con una muy achicada participación.
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Arrojaron bolsas de basura en el portón principal de entrada a la residencia y, ante la pasividad policial, las quemaron y produjeron una humareda que llegó al chalet presidencial.
Igual, la televisión dio una cobertura también menguada a esa protesta que se teme que crezca en los próximos días, alentada por una convocatoria para el 10 de noviembre en el centro de la Capital Federal. También se habla de que volverán los « escraches» en los domicilios de los ministros de la Corte. La virulencia de los argumentos de Elisa Carrió y Ricardo López Murphy hacia esa sentencia le asegura a la protesta un fermento que al gobierno le cuesta enfrentar.
La otra manifestación fue la que llevó a cerca de un millar de civiles y militares retirados a las puertas del predio de la ESMA, sobre la avenida Del Libertador y no muy lejos de la residencia de Olivos. El pedido de esa algarada, bastante más pacífica que la de los ahorristas, fue que no se desalojen los institutos que funcionan allí.
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