Gremios opositores confirmaron control de calle pero no poder de paro

Política

El sindicalismo disidente confirmó hoy su poderío para administrar la conflictividad en las calles y presentarse como articulador insoslayable con la oposición, pero no como garante de la realización de un paro nacional contundente. Esa condición permanece como resorte -por ahora- exclusivo de la dirigencia oficial de la CGT, encarnada en el triunvirato de líderes y en la "mesa chica" que lo sostiene, que logró preservar su alianza con los estratégicos sindicatos del transporte público. La Unión Tranviarios Automotor (UTA) y los maquinistas de La Fraternidad, dos organizaciones mediana y pequeña, respectivamente, retienen para sí la prerrogativa de paralizar o no el país.

La puesta en escena de hoy, con una movilización de decenas de miles de personas hacia la Plaza de Mayo, dejó también como postal un armado ecléctico de estructuras sindicales, organizaciones sociales y referentes territoriales del peronismo que tienen como único vector común la repulsa hacia la figura de Mauricio Macri y sus políticas públicas. Una comunión modesta pero suficiente para montar una protesta de proporciones masivas que sirvió además como catalizador del malestar de sectores de la población no referenciados en sus organizadores pero igualmente castigados por la gestión de Cambiemos.

La heterogeneidad de los concurrentes hoy al palco de la Plaza de Mayo salta a la vista. Por lo pronto, los convocantes Hugo Yasky y Pablo Micheli, de sendas versiones de la CTA, se han detestado por años y sólo avanzarán hacia una reunificación en caso de frustrarse definitivamente el proyecto de un sector de la CGT por incorporar al sello del docente a la central mayoritaria. Hugo y Pablo Moyano, como polos centrales de atracción del Frente Sindical por el Modelo Nacional (la novedosa creación familiar para impulsar acciones por fuera de otras estructuras formales), desdeñan en privado el potencial de las CTA y anhelan tomar el control de la CGT.

Los movimientos sociales, por su parte, saben del histórico rechazo del sindicalismo tradicional por la izquierda y que la cercanía de los Moyano es apenas circunstancial, aunque necesaria.A ellos se unieron medio centenar de intendentes del peronismo que motorizan una vuelta de Cristina de Kirchner y en el mientras tanto utilizan las movilizaciones para ganar visibilidad, y la Corriente Federal de Trabajadores (CFT), un conglomerado de gremios pequeños con la excepción de la Asociación Bancaria, que atraviesa sus propias inclemencias internas pero hacia afuera se muestra como un bloque uniforme de rivalidad con el Ejecutivo.

Hoy se produjo una incorporación a los disidentes: Francisco "Barba" Gutiérrez, líder de la seccional Quilmes de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) se arrimó al campamento de los organizadores y se fotografió con ellos. Lo hizo una semana después de que su jefe, Antonio Caló, mandamás de la UOM, acordó con los "gordos" de los grandes gremios de servicios y los "independientes" de buen vínculo con el Gobierno la vuelta de su gremio a la "mesa chica" de la CGT. Lo que meses atrás era presentado por los propios metalúrgicos como una estrategia de "policía bueno, policía malo" a la usanza de la que suelen poner en práctica Hugo y Pablo Moyano, hoy parece más bien un primer anticipo de fractura interna en el principal gremio fabril.

Si bien los opositores se las apañaron para sacudir el normal desenvolvimiento de la ciudad con la marcha, la verdadera potestad de paralizar el país quedará expuesta mañana con el paro nacional de la CGT. Se trata de una medida que su cúpula no promovió sino hasta que los disidentes lograron instalarla como un imperativo en plena corrida cambiaria y con el Fondo Monetario Internacional una vez más enseñoreado en la Argentina. Y que aplicará con el único objetivo de hacerle saber a Macri que, una vez más, al cabo de las 24 horas su dirigencia estará atenta a un llamado para reanudar las negociaciones.

En esa gimnasia se criaron los actuales hacedores de la CGT como Héctor Daer, discípulo del antropólogo Carlos "Carlín" West Ocampo, Gerardo Martínez, Andrés Rodríguez y José Luis Lingeri. Ese puñado de dirigentes, con la capitanía del mercantil Armando Cavalieri, logró convencer a Roberto Fernández (UTA) y Omar Maturano (La Fraternidad) de permanecer bajo el ala de la CGT para intentar que los funcionarios acepten la cogestión que históricamente se produjo entre gremialistas y funcionarios.

No hizo falta mucha labor de seducción sobre Fernández y Maturano: los miles de millones de pesos que el Gobierno alega que intentará reducir en subsidios el año que viene fueron objeto en anteriores ejercicios de amenazas similares sin mayores consecuencias hasta ahora. El jefe de la UTA, incluso, es de los pocos que llegó a jactarse en diciembre último de que no cumpliría con un paro convocado por la CGT. La norma en el sector, en todo caso, es obviar la medida de fuerza sin hacer bandera de ello.

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