Vilma Ibarra, María José Lubertino, Marita Perceval y Patricia Vaca Narvaja.
La velocidad es clave. Son chicas rápidas, es cierto, pero nunca se sabe del todo quién está del otro lado. La delegación argentina que está oficialmente en Quito, donde la CEPAL inauguró ayer la X Conferencia Regional sobre la Mujer, es una inmejorable oportunidad para demostrar progresos, que a la vuelta tendrán el peso de las agendas. Es una inmejorable oportunidad para hacer campaña sobre las innovaciones sobre la cuestión femenina que implementará un eventual gobierno de la senadora Cristina Fernández. Es decir, es una inmejorable oportunidad para hacer campaña.
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Magdalena Faillace, encargada de confeccionar la lista de funcionarias, legisladoras y actoras de la sociedad civil invitadas, no averiguó prontuarios. A tres meses de octubre, y con las estelares presencias de Teresa Fernández de la Vega, número dos del gobierno español, y de Michelle Bachelet, arribadas juntas desde Santiago, se impone la diplomacia: secreto y prudencia. Esas presencias -y el amistoso ceremonial al que está obligado Carlos Chacho Alvarez con José Luis Machinea, titular del organismo anfitrión donde el primero intentó aterrizar antes que le subieran la frazada-, no deberían impedir que las pakitas celebren su cercanía con esas altas damas si de agilizar subsidios y prerrogativas se trata, siempre con vistas a civilizar la práctica política (y a domesticar hombres). Ya lo dijo la senadora: el mundo del futuro es de las mujeres. Pero hay protocolo que resguardar: la exposición oficial, abierta a todos los presentes, las reuniones de comisión y las de ONG u emprendimientos similares. Los malabarismos de Faillace terminaron cuando se enteró que algunas de las favoritas de la actual primera dama irán y vendrán por los pasillos sin necesidad de salvoconducto. No será el caso de la titular del INADI, María José Lubertino, ex radical y albertista furiosa. Es la única funcionaria con rango de secretaria de Estado (en ausencia de la titular del área Mujer, la ex belicista «Pimpi» Colombo), y está habilitada para hablar (¡y cómo, y cuánto!) en las comisiones, además de operar financiamiento para ciertas y selectas ONG. Acaso por su pulsión fotogénica, su cara de amianto y su menefreguismo a la hora de robar cámara, las chicas K la desprecian: cual carmelitas descalzas, Marita Perceval, Patricia Vaca Narvaja, Vilma Ibarra, María Laura Leguizamón, Graciela Ocaña (ausente con aviso), Juliana Di Tullio y Diana Conti se quejan bajo cuerda de la advenediza blonda, cuya única contrincante de fuste a la hora de hablar del tema que convoca, el género (femenino, se entiende), es la reemplazante de «Pimpi»: la señora Susana Sanz, suegra del canciller Jorge Taiana, acompañando a la senadora Fernández en su periplo brasileño y con un oído en Brasilia y otro en Quito. «Estas reuniones, para lo único que sirven es para hacer negocios atrás de las cámaras», dijo a este diario un consejero de Bachelet con misión especial en Buenos Aires.
El hombre está preparado para cualquier cosa: curtido en la época del socialismo de Allende, conoce la obra de Jürgen Habermas de atrás para adelante y de adelante para atrás. Pero no es precisamente un político de escritorio: es un gremialista metido a político que entendió que la aventura que terminó de la peor manera en el 73 tenía los presupuestos errados. «Michelle (por Bachelet) se vuelve el lunes a la noche. Saluda, escucha la sesión de apertura, tiene una reunión a solas con Rafael Correa (el presidente de Ecuador), otra con Ndioro Ndiaye, de la Organización Internacional de Migraciones, y se vuelve. Se van a tener que apurar. Lo que no entiendo es por qué la senadora tiene que marcar la cancha con esta gente», dijo el hombre, consulta permanente de la candidata peronista. «¿Ah, también va la Libertina?» (sic), se ríe. «Estamos todas, ¿no?».
Esta gente, además, no habla. Es más: tiene prohibido hablar con la prensa. ¿Desde cuándo? Desde la última reunión del Frente para la Victoria porteño, la semana pasada, que, piloteada por el ubicuo Alberto Fernández, ordenó silencio. Silencio incluso sobre Lubertino. La única que habló, y por boca de ganso, fue la diputada Di Tullio, íntima de Miguel Bonasso. «Yo no sé de dónde la prensa saca que nosotras estamos enfrentadas con María José (por Lubertino)», mandó a decir por una psicóloga social que atiende los asuntos de medios.
Buenas migas
El resto estaban engripadas, descansando para recuperarse del jet lag (?), de viaje por Malasia o se negaron a hablar antes de tener conclusiones. Lubertino, consultada a San Luis, recién bajada de un avión que la traía de Centroamérica, donde según dijo, hizo «muy buenas migas con Teresa (Fernández de la Vega), una persona excepcional, absolutamente consciente del rol de la mujer en el nuevo siglo, de las necesidades de equiparar trabajo y trabajo doméstico y de aplastar esa idea de que las mujeres son más sensibles y menos racionales que los hombres», confirmó que «la delegación oficial tiene rango de secretaría de Estado para arriba; el resto son invitados o invitadas», humilló sin nombrar, sabedora de la fama que ha cultivado pero también del apoyo que tiene en el jefe de Gabinete.
El avión negro salió sin ella, que viajó antes con su secretaria privada y dos laptops de última generación. Unas y otras van a hacer política, pero con la excusa del género no conviene darle a «Marijó» dos trancos de ventaja «porque te acuesta», dijo otra de las conjuradas rogando estricto off. Lubertino se ha dado un objetivo no tan imposible: ganarse la confianza que la candidata a la presidencia no le tiene, acaso intoxicada por lenguas viperinas y pasos en falso, fotos forzadas y hasta algunos episodios que provocan carcajadas. Pero como todo, los regalos pueden enfurecer o hacer flaquear al rey. Su amistad con la ministra de la Mujer trasandina, Laura Albornoz, por ejemplo, que acompañó a Bachelet en este viaje.
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