Había tanto para preguntar (y ocultar)
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El silencio con que han blindado su gestión fue un cambio importante en la relación de los Kirchner con los medios.
Néstor y Cristina fueron, hasta asumir la presidencia en 2003, los mejores amigos de la prensa, perseguían a movileros, animadores y cronistas para que les dieran notas, los invitaban a conocer los paisajes de su provincia, les enviaban de regalo corderitos patagónicos para fin de año, los atosigaban con pedidos de reportajes y notas. Cualquier profesional de esos años conserva en sus agendas más de una decena de teléfonos en los cuales estaba siempre disponible la pareja.
Les ha costado a los Kirchner adaptarse al mundo grande de los medios. Vienen de una provincia con prensa dominada, medios cautivos y con un rasgo cultural distinto al del resto del país (en la Patagonia fueron antes los medios audiovisuales que los medios escritos y eso marca todo un estilo de conducta de los políticos ante los medios). El político en esos distritos se forma con la idea de que las palabras dichas a la radio y a la TV se las lleva el viento y que el espectador apenas registra imágenes y actitudes. Por eso se adaptan con dificultad a la prensa escrita, que funciona bajo el régimen de la palabra escrita, según el cual escribir es reescribir y leer es releer. El político de otras comarcas está acostumbrado a conducirse ante medios en los que se escribe y se reescribe, en los cuales el público lee y relee, y frente a los cuales hay que dar cuenta de todo. Por eso, los distritos con prensa escrita resultan, en un país en crisis, una demoledora de biografías políticas. En los distritos con prensa audiovisual, es más fácil que se construyan dinastías ante la opinión pública.
Esto ha cebado esa prohibición germinal a los funcionarios a hablar y de los periodistas a preguntar. Fue un error inicial como el de la primera mentira del marido infiel. A un silencio siguió otro, a otra mentira siguió otra y se hizo, con el correr del tiempo, imposible contestar pregunta alguna.
Por eso los Kirchner no pueden dar reportajes. Son tantas las repreguntas a las que se arriesgarían que les puede costar todo lo que han logrado. Deben respuestas sobre su declaración jurada de bienes, su conducta ante la opinión pública, cómo gobernaron hasta 2003 Santa Cruz, cómo la siguieron gobernando desde esa fecha, sus relaciones con el peronismo de los 90 -Menem, Duhalde-, la construcción de autoridad junto a los barones del viejo peronismo, en qué distrito depositan el voto, por qué sometieron a la Argentina al aislamiento internacional, en qué pensaban cuando obligaron al país a tolerar otro turno de Gustavo Beliz como ministro nacional, qué suerte tuvieron los fondos de Santa Cruz en el mercado financiero en los últimos 15 años, cómo alcanzó Cristina de Kirchner su candidatura presidencial, etcétera. Son tantas las cuestiones que la sola acumulación obtura el diálogo. La demanda periodística es tan grande que es más cómodo el silencio. O usar la prensa para reportajes que tienen tanto que ver con el periodismo como el «showball» con el fútbol de la AFA.




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