A un mes de la tragedia de Cromañón, desafiando la lluvia y el hecho de ser domingo, familiares y amigos de los muertos y heridos esa noche marcharon ayer entre Once y la Plaza de Mayo para reclamar justicia.
En tanto que desde el gobierno nacional y el de la Ciudad se seguía con atención la marcha que concluyó anoche en la Plaza de Mayo, en el Gabinete porteño se analizaba el grado de impacto sufrido por Aníbal Ibarra en la interpelación del pasado viernes. A Ibarra, titular de un inexistente Frepaso porteño, aliado de Néstor Kirchner, se lo vio afrontar con frialdad y aplomo el trago amargo de comparecer ante una Legislatura hostil por el incendio en la discoteca Cromañón con 191 muertos. «Los tiempos para elegir gobernantes son las elecciones. Que nadie cuente conmigo para hacer especulaciones políticas», dijo Ibarra a la Legislatura el viernes en su discurso de casi tres horas, en respuesta al cuestionamiento de la oposición de centroderecha y pedidos de renuncia de la izquierda y allegados a las víctimas, que llegó hasta los insultos por la demora en aprobar un cuarto intermedio.
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Ibarra habló en una maratónica sesión, a la que asistieron más de 40 familiares de las víctimas mientras centenares de manifestantes la seguían por televisión en bares y quioscos de la zona, y quienes en la avanzada madrugada del sábado vieron aplaudir a los familiares cuando se votó que se haría un cuarto intermedio hasta mañana.
El momento de mayor tensión emotiva lo generó la intervención del diputado kirchnerista Milcíades Peña, antiguo correligionario y amigo de Ibarra, quien perdió a su ahijado de 13 años en el incendio, y que fue -en los hechos- la voz de los damnificados del 30 de diciembre (ver nota aparte), que no sólo lo aplaudieron sino que lo acompañaron con gritos hostiles hacia el jefe de Gobierno. Si no hubo mayor desborde fue porque habían sido advertidos que podía suspenderse la sesión.
Tras nueve horas de discurso, la oposición liderada por el empresario y presidente del club Boca Juniors, Mauricio Macri, impulsó y logró con reñida votación un cuarto intermedio hasta mañana, lo que fue celebrado con ruidosos aplausos por los familiares de las víctimas. La votación de ese cuarto intermedio provocó el momento de más tensión en el público, que insultó a legisladores y funcionarios.
Sin embargo, y previamente, se produjo una interrupción del debate de casi dos horas, mientras deliberaban los bloques. Aquí fue donde los familiares se desbocaron contra Ibarra y se escucharon insultos de subido tono. La interrupción provocó un escándalo porque, según el oficialismo, el objeto de la sesión ya se había cumplido, y el jefe del Ejecutivo había satisfecho los requerimientos de los legisladores. No era la opinión de los familiares.
Llamó la atención la conducta observada por los familiares de los muertos. El reducido grupo que pudo acceder a la Legislatura marcó su presencia en el recinto al inicio y a la finalización de su discurso. «Los chicos presentes, ahora y siempre», gritaron los familiares, quienes llevaban carteles y remeras con las fotos de sus hijos o hermanos muertos trágicamente.
Los 40 familiares seleccionados previamente para asistir a la sesión extraordinaria se ubicaron en el ala izquierda de la Legislatura, y toleraron prácticamente sin inmutarse la larga exposición del jefe de Gobierno, que duró casi tres horas. La intervención de los familiares elevando las fotos que llevaban coincidió prácticamente con los pedidos de Ibarra -al principio y al final- para que los distintos bloques no hicieran especulaciones políticas durante la interpelación.
El ex fiscal asumió «toda la responsabilidad» política por lo ocurrido, y reconoció que los cambios que llevó adelante en el área de seguridad y control urbanos «fracasaron» y «no alcanzaron» para evitar la tragedia. «Nunca pacté con la corrupción», aseveró Ibarra. Durante su intervención hizo gestos ampulosos, se nutrió de numerosas carpetas amarillas, con informes y recortes de diarios, tomó agua, se acomodó el cabello y el nudo de la corbata. Desde el inicio al final, Ibarra trató de aplicar un somnífero a las pasiones, al punto que se amparó varias veces en la frase «me hago cargo».
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