Ibarra declaró la ley seca en el hipódromo
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«No servimos más alcohol», le respondieron y, claro, creyendo que se trataba de una broma, los invitados sonreían, hasta que se llenaron los vasos con agua mineral para acompañar el menú de cinco tenedores. La restricción la impuso la Justicia porteña y cayó justo en un espectáculo del que participaron 40.000 personas -un récord de los últimos años allí- y auspiciaba la Secretaría de Turismo con su secretario, Daniel Scioli, en la tribuna.
Ibarra habría encomendado la principal misión de su cruzada lúdica a Silvana Giúdice, secretaria de Control Comunal. Esta especie de Eliot Ness hizo desembarcar en el hipódromo una troupe de 17 inspectores avezados en variados temas: policía laboral, seguridad, bromatología e incendios, entre otras materias que puso bajo la lupa la funcionaria, de quien se dice actúa en «forma global» sobre un establecimiento determinado.
La presunta persecución provocó las correspondientes denuncias ante el fuero federal y también el contravencional porteño por parte del hipódromo. Alegan que la actividad se desarrolla desde hace 126 años y con habilitación para restorán, que, se entiende, expende bebidas alcohólicas.
Las tragamonedas para el turf llegaron como una tabla de salvación ante la economía negativa que el sector presenta en los últimos años. Incluso en otros países complementan con esos juegos electrónicos los ingresos, que aseguran que la Argentina mantenga 84.000 puestos de trabajo, de acuerdo con un estudio ad hoc encargado hace dos años. La actividad hípica en general moviliza en el país $ 1.200 millones anuales, de los cuales 80% lo aporta el turf. El interés adicional para inversores lo representa que el país es el cuarto productor de caballos de carrera, por eso estuvieron algunos empresarios en el Gran Premio, a los que literalmente se les aguó la mesa.
Las tragamonedas están recibiendo un promedio de $ 250 por día, casi similar a lo que se juega en el casino flotante amarrado en la costa porteña, y deberían reintegrar en premios 90% del dinero apostado.
Tal vez Ibarra no sea amante de las carreras, pero con seguridad aprecia el producido de sus apuestas en 100 agencias de lotería que permiten jugar sin acercarse a la pista. De allí es la puja judicial por el control de todos los juegos de azar distribuidos en la Ciudad, un conflicto que ya llegó a la Corte.




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