¿Kirchner ahora irrita a Bonafini?

Política

Néstor Kirchner asumió la presidencia del Partido Justicialista en el contexto de un cambalache político. A falta de acto de investidura formal, hizo las veces del mismo la inauguración de una unidad básica en el distrito de Ezeiza, provincia de Buenos Aires. En el estreno de su nuevo cargo, el santacruceño se puso en manos del referente justicialista local, Alejandro Granados y de su esposa, Dulce.

Dueño del evento, el intendente de Ezeiza se tomó la libertad de convertir la entronización de un setentista de la Tendencia Revolucionaria en un tributo a la burocracia sindical. «Quiero en primer lugar rendirle un homenaje a un dirigente que me enseñó todo lo poco o lo mucho que sé en política», se despachó un Granados, que por lo visto no descarta ser un versado en la materia. «Es el compañero Lorenzo Mariano Miguel, que me enseñó que el movimiento era muy amplio, que daba cabida a todos», dijo, segundos antes de esgrimir un descomunal retrato del fallecido secretario general de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) y despertar la ovación del público: «¡Lorenzo, Lorenzo!».

La escenografía no le dejó a Kirchner más remedio que plegarse al homenaje y levantar también él la imagen de Lorenzo. ¿Le perdonará mamá Bonafini este tributo al continuador de Augusto Timoteo Vandor? Ya le había hecho una seria advertencia cuando se reconcilió con Roberto Lavagna: «Es el límite».

Con este fondo de carnaval político, Kirchner dio su primer discurso como presidente del justicialismo, comparando a los hombres del campo con los golpistas de 1955. Sólo faltaba Cipriano Reyes en ese palco.

Eso sí, no les quedó claro a los asistentes al acto si la movida de Granados era a favor o en contra y de quién. ¿A favor de Antonio Caló, sucesor de Lorenzo al frente de la UOM, o en contra de Hugo Moyano, titular de la CGT? El gremio de los camioneros siempre estuvo enfrentado en la interna política a la UOM. Ricardo Pérez, su jefe histórico ya fallecido, fue siempre uno de los más duros incluso en el seno de los combativos «25». A su sucesor, Hugo Moyano, Kirchner lo entroniza como secretario general de la CGT. Pero por otro lado, Hebe de Bonafini lo demoniza como amigo de presuntos violadores de los derechos humanos cuando militaba en la Juventud Sindical en los años 70. Moyano dejó el palco de Ezeiza bastante confundido. Por un lado se lo persigue y por el otro se lo eleva. El prefiere echarle la culpa al monopolio «Clarín».

Pero el dirigente camionero no fue el único desorientado por la imagen de un Kirchner que tiene por madre a Bonafini, por padre a Lorenzo y por abuelo a Vandor. El hombre que no iba a dejar sus convicciones en la puerta de la Casa Rosada, se las entregó en Ezeiza a la pareja gastronómica que conforman los Granados, dando la pauta del camino a recorrer para ingresar a su gobierno. En su discurso de ese día, con sus advertencias a los que quieren sacar los pies del plato del «modelo» que encarnan él y su esposa, creó las condiciones para la salida de un muy tímidamente díscolo Martín Lousteau y para el ingreso de «otro Fernández». Es indudable que las mismas claudicaciones a las cuales él se somete se las exige a los miembros del círculo que lo rodea. Es justicia.

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