17 de julio 2002 - 00:00

La disputa por el "que se vayan todos"

La disputa por el que se vayan todos
Apoyan: buscan aprovechar el resentimiento por el «corralito», la alta desocupación (aunque el desocupado rara vez busca el extremo ideologizado porque sabe que no le abrirá fuentes de trabajo atentando contra las empresas) y otros descontentos de la mayor crisis económica de la historia argentina. Si se van «todos» y se renuevan «todos», ven más chance de ganar legisladores y concejales. Si no lo lograran amenazan con la «abstención revolucionaria», donde esperan unir el porcentual tradicional de la izquierda (alrededor de 5% en todo el país) con el «voto bronca» (blanco, anulados, etcétera). Históricamente, una vez el radicalismo (1931) y dos el justicialismo (una en 1963 y también en la reforma constitucional de 1957) lo hicieron u ordenaron «votar en blanco». En realidad, la «abstención» corresponde como variante política cuando el voto no es obligatorio. En la Argentina es incitar a algo penado por la ley porque es obligación votar, por lo cual nunca mide bien el efecto. Sin embargo, fue contundente la no presencia en urnas del peronismo en 1957, al extremo de que cuando Arturo Frondizi acuerda el voto con Juan Perón en el exilio, el primero arrasó la elección presidencial un año después, en 1958. Otra abstención del peronismo, en 1963, a la fórmula Solano Lima-Silvestre Begnis, hizo que el presidente radical Arturo Illia asumiera la presidencia de la Nación con sólo 23% de los sufragios. La izquierda nunca lanzó abstenciones. Elisa Carrió habla de las «abstenciones» radicales de fines del siglo pasado pero ahí no había elecciones con voto ni secreto ni obligatorio ni universal.

No apoyan
: son los que sostienen que hacer caducar todos los mandatos para reelegirlos juntos es anticonstitucional, porque viola el principio de la Carta Magna de disponer escalonamientos para evitar despotismo. Es cierto que sorprende con debilidad parlamentaria a los gobiernos en el arranque porque su fuerza en las urnas se refleja sólo en la mitad de los mandatos a renovar. También lo es que los políticos argentinos tradicionales han aprovechado esas debilidades iniciales aun de un candidato presidencial muy votado para extraerle cargos en el gobierno o favores políticos, que siempre terminaron destrozando los presupuestos de gasto público por sus elevados déficit. Esto hace que la gente hoy los repudie y muchos clamen, de buena fe, el «que se vayan todos». Pero los analistas, con sentido de lo democrático, consideran que el mal político no puede desvirtuar una buena Constitución, y que debe avanzarse en perfeccionamientos en épocas de cierta normalidad de la ciudadanía para expresarse sin rencores si son circunstanciales. Por eso, aunque un poco tarde, muchas figuras públicas por intereses partidarios pero otros por convicción rectificaron su posición al descubrir la maniobra de las izquierdas de incrementar presencia en cargos sumando descontentos, inclusive burguesías, que distarían, sin tal grado de crisis económica, de los postulados del marxismo, trotskismo y colaterales.

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