La familia unida

Política

Hacedora de milagros, Cristina de Kirchner nucleó ayer en un cordial montón a sellos propios cautivados por la fantasía simbólica de ocupar la Plaza de Mayo. Triunfo pasajero, como todos. Un ansiado placer de los años 70, cuando se entendía que el poder se alcanzaba con esa posesión territorial. Una inmadura pertinacia política, también, que entonces provocaba escaramuzas violentas y trágicas (recordar, por ejemplo, que se llegaron a matar por conseguir primera fila o un palco preferencial en los actos, como ocurrió en Ezeiza). Lo importante era estar cerca del orador, que él viera los carteles y las agrupaciones que decían amarlo, obsesión que representaba en verdad la pugna de intereses para entornar o digitar la Casa Rosada.

Pacífica esta vez, la convocatoria albergó adherentes a la mandataria que, además de otras tentaciones crematísticas, se atraían por la marcha peronista y el recuerdo imborrable del General y Evita. Mutante nostalgia: ayer el espíritu peronista apoyaba a los Kirchner como si éstos fueran los continuadores de aquella repetida liturgia, casi nadie reparó que en más de 4 años ambos se cerraron la boca para no pronunciar aquellos nombres emblemáticos (sobre todo, el del militar que fundó el movimiento). Finalmente, la pareja ha descubierto que por sí misma no puede alumbrar un partido o conglomerado diferente, que su destino depende de esa herencia yacente, casi mágica y postiza, que le rindió dividendos a Carlos Menem, también a Eduardo Duhalde y, por supuesto, ahora a ellos. Si hay un cambio en la Administración Cristina, ése es el reconocimiento no explícito de que a través del peronismo pueden ganar elecciones y hasta poblar una plaza.

Es una anécdota que Hugo Moyano y los camioneros ocuparan la primera línea de fuego, desplazando a otros participantes, sobre todo a los piqueteros que -esta vez- demostraron que su supremacía física sólo funciona con la clase media porteña. Hay como en el boxeo, gente más pesada que otra. Pero ese episodio se ocultaba frente a la singularidad amistosa de que en un mismo lugar, se cruzaran sin censuras ni insultos, personajes indeseables entre sí: el elenco de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo junto a Moyano, a quien empiezan a complicarlo con episodios de la represión en los 70. En esos tiempos, claro, no estaban juntos.

  • Derechos de autor

    Piqueteros como Pérsico, D'Elía y Tumini -reclamando derechos de autor por haber descubierto antes a la pareja presidencial- debió compartir espectáculo con Armando

    Cavalieri u otros gordos del sindicalismo, también con intendentes oprobiosos (para ellos, obvio) como Julio Pereyra o Juan José Mussi, de cierto origen duhaldista. Tampoco los gremialistas repudiaron a Carlos Kunkel ni a otros Montoneros, finalmente el diputado que adoctrinó a Kirchner en La Plata ya reveló, en la CGT, que él está « descarnado». Declaración que a él, como a otra gente, le permite eludir cualquier responsabilidad del pasado.

    Como una gran familia unida de la televisión, como si fuera la fiesta de la abuela, allí se juntaron emblemáticos de todos los sectores, peronistas o no pero bajo la comparsa del partido, confrontados y amenazantes, pero en esta ocasión dispuestos a homenajear sin peleas a quien los convocó a la Plaza. Inolvidable momento de educada urbanidad entre gente no acostumbrada a ese ejercicio. Tanto que hasta vitorearon al ministro Martín Lousteau -de breve discusión en el palco con Guillermo Moreno-, también a sus colaboradores, oriundos de San Andrés y Di Tella, universidades no frecuentadas por los irreconciliables asistentes. Si hasta lo debió saludar D'Elía, olvidándose que el ministro es blanquito, tal vez oligarca. Al menos, para su criterio clasista y discriminatorio.
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