18 de septiembre 2001 - 00:00

La pesadilla de la "bomba pobre"

Un ataque con armas biológicas crearía una catástrofe impensable. Cien kilogramos de ántrax, descargados desde un avión que vuela a baja altura sobre una gran ciudad durante una noche fría y calma podría dar muerte a entre uno y tres millones de personas. Esta cifra es comparable con las bajas que produciría una bomba de hidrógeno de un megatón.

Los especialistas consideran que es más difícil fabricar armas nucleares que armas químicas y bacteriológicas y que sería nefasto para el hombre y la naturaleza.

La posibilidad de una guerra biológica ha despertado alarma en el mundo. Sin embargo, el uso de la «bomba atómica de los pobres» no es nueva. En la antigüedad, los romanos solían envenenar el agua de los pozos arrojando en ellos cadáveres como método para terminar con una población.

Los tártaros, en 1346, emplearon sus catapultas para lanzar cadáveres infectados en el interior de la ciudad amurallada de Kaffa. Algunos creen que así se introdujo la peste bubónica en Europa.

Durante la II Guerra Mundial, fueron los japoneses quienes realizaron varios experimentos en el campo de concentración de Manchuria. Llevaron a cabo pruebas con prisioneros, provocándoles infecciones de botulismo, encefalitis, tifus, viruela y 16 enfermedades más.

Después de la guerra, Estados Unidos desarrolló armas que causaban ántrax, fiebre amarilla, tularemia, brucelosis y otros estados febriles, además de enfermedades que atacaban los cultivos.

El hecho de que suponen un peligro tanto para las propias fuerzas como para las del enemigo fue lo que motivó a un acuerdo entre Estados Unidos, la Unión Soviética y el Reino Unido para limitar su uso. Pero el acuerdo no fue eficaz. Un estudio realizado en 1993, demostró que Irán, Irak, Israel, Libia, Siria, Corea del Norte y Taiwán poseían armas químicas y bacteriológicas.

Sin embargo, lo que ha sido motivo de alarma para los analistas y estrategas es la combinación de la rápida proliferación de los misiles balísticos, particularmente del Scud, de fabricación soviética, y de las ojivas que pueden cargarse con ántrax o gas tóxico VX.

• Amenaza

«Hoy en día el mayor temor no es que un Estado agresivo pueda hacer uso de este tipo de armas. El principal motivo de alarma es la amenaza de los grupos terroristas»,
comentó Andrés Fontana, especialista en Seguridad Internacional y director de la carrera de Relaciones Internacionales de la Universidad de Belgrano.

«Hay una impredecibilidad total, porque se trata de actores que se mueven con sigilo, y en la clandestinidad y su «racionalidad» se desconoce»,
explicó a Ambito Financiero.

En este sentido, entiende que lo que en épocas anteriores se trataba de un juego de guerra diabólico, hoy, con el uso de armas químicas y bacteriológicas indiscriminado o contra objetivos concretos, no puede controlarse con acciones militares convencionales.
«Por eso -dice- hay una magnificación de lo que puede ocurrir con un altísimo grado de peligro».

La historiadora
Susana Rato aportó como datos del peligro que representan las armas químicas y biológicas los ataques perpetrados por un grupo terrorista en marzo de 1995 en Tokio. Miembros de la secta religiosa Aum Shinrikyo lanzaron gas sarín en el subte: 12 personas resultaron muertas y 5.500 contaminadas. Una gota de sarín, en contacto con la piel o inhalada, basta para producir postración y, al poco tiempo, la muerte. Varios científicos fueron reclutados por la secta japonesa para llevar adelante este atentado.

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