Festejó por adelantado el acuerdo, aunque sea retórico, que sellaría con su colega uruguayo: Néstor Kirchner, noctámbulo como en los viejos tiempos, se acostó a las 4 y media de la madrugada del sábado, cuando su esposa Cristina llevaba ya varias horas de sueño en la suite del Sheraton de Santiago de Chile. Comprensivo, Tabaré Vázquez sostuvo la vela media hora antes de que llegara, con los ojos pegados, su «amigo» argentino. Alcanzó media hora, mientras el resto de la comitiva desayunaba, para ajustar el trueque que se divulgaría ante la prensa: suspensión de las obras de las papeleras a cambio del levantamiento de las barricadas en los puentes internacionales de Entre Ríos.
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El viernes por la noche, el Presidente estaba eufórico y le dejó entrever a sus acompañantes que a la mañana siguiente daría un gran paso en un acuerdo con el Uruguay. Ni siquiera la amansadora en los restoranes de Santiago le cambió el ánimo: fue desde el atiborrado «Azul Profundo» hasta «Il Siciliano». Tal vez perdió en la calidad de los platos pero la comitiva quedó admirada con la decoración: muebles de principios del siglo pasado, ventanas con vitrales, antiguas sillas de barbería y una carta plagada de referencias a «El Padrino». Como le gusta a Cristina. A la pareja presidencial se le agregaron el jefe de Gabinete, Alberto Fernández; el canciller, Jorge Taiana; el senador José Pampuro; el diputado Alberto Balestrini; su colega José María Díaz Bancalari y el diplomático «K» Marcelo Fuentes.
Durante esa comida se ajustaron los detalles del encuentro con Vázquez. Aunque la evaluación e interpretación de lo ocurrido llegaría más tarde, en el bar del Sheraton, con dos grandes charlistas del peronismo: Antonio Cafiero y Carlos Chacho Alvarez. Fue el secretario del Mercosur quien celebró que se abandonara la tendencia que ya había censurado en una reunión de la Fundación Friedrich Ebert, en Montevideo: «No se puede llevar adelante un tema tan delicado siguiendo las encuestas», había dicho en aquella oportunidad.
Además de Cafiero y Alvarez, también el gobernador José Luis Gioja se enteró de los detalles de la negociación con Uruguay, ya hacia la medianoche. Las posicionesse habían aproximado durante la mañana, en las conversaciones de Alberto Fernández y su tocayo Gonzalo Fernández, el secretario general de la Presidencia de Uruguay. Por eso Kirchner y Vázquez pudieron acordar pronto en lo esencial: primero, la constitución de un grupo técnico que defina un protocolo de control ambiental con la mayor velocidad posible; segundo, la remisión de ese protocolo a la Comisión Administradora del Río Uruguay (CARU), para que haga el seguimiento de la actividad de las plantas celulósicas. Nada que llame a sorpresa: en rigor, Kirchner y Vázquez volvieron la cuestión a marzo de 2004, cuando en esa misma CARU se acordó un régimen de monitoreo para la eventual polución que ocasionen las fábricas.
Quienes tomaban una copa con el Presidente en la madrugada del sábado no tuvieron tantos detalles. Cafiero, además, estaba eufórico, como cada vez que se aproxima al poder. En Santiago ofreció uno de sus clásicos sobre la historia del peronismo: la defenestración de John William Cook, patrono de los izquierdistas de ese movimiento. ¿Sabría el ex embajador en Chile que Kirchner es uno de los devotos del «Gordo Cook»? Pareció ignorarlo cuando dedicó largos párrafos a demostrar que, a pesar de ser presidente del bloque de diputados nacionales del PJ, ese fundador de la resistencia no había conocido a Eva Perón. Es decir, que «toda la mitología sobre la proximidad de John William a Evita se basa en habladurías, nada serio». La venganza le llegará a «Tony» en la próxima encuesta de Artemio López, otro feligrés de Cook.
Taiana, que por herencia familiar podría haber atestiguado, estaba con la cabeza en otra cosa: las papeleras. En los últimos tiempos, apenas se distrae de esas cavilaciones para organizar conmemoraciones del 24 de marzo de 1976. Por una comunicación interna instó a todos los embajadores del país a imitar al cónsul general en Nueva York, Héctor Timerman, con la presentación de una muestra sobre fotografías tomadas durante la dictadura militar. Curiosidades: uno de los contertulios notificó que «ya trajeron la muestra desde los Estados Unidos y se va a exponer en el Palais de Glace la semana que viene». Alguien aclaró que no es la única iniciativa de ese tipo ligada a un diplomático K: la semana pasada -se comentó en esa mesa nocturna- la hija de Carlos Bettini, Gabriela, expone en estos días una fotocomposición en el Centro Cultural Recoleta bajo el título «Recuerdos inventados». «Reconstruye retratos de familia imposibles, debido a la desaparición de casi todos los Bettini durante la represión de los '70», le contaron a Kirchner.
De esos recuerdos, especialmente alentados por el ascenso de Michelle Bachelet, los nocheros de Santiago pasaron al balance de alzas y bajas de la bolsa kirchnerista. Una operación propicia durante los viajes: llamó la atención que Kirchner agasajara exageradamente a Alberto Fernández -insisten en la Casa Rosada con que la caída de Aníbal Ibarra fue una derrota general del oficialismo y no sólo una torpeza del jefe de Gabinete-, del mismo modo que generó intrigas que dejara en Buenos Aires a Julio De Vido, quien había preparado la valija en vano. El titular de Infraestructura no fue el único sancionado: Kirchner también borró de la lista a Jorge Argüello -presidente de la Comisión de Relaciones Exteriores de Diputados y padrino político del legislador Helio Rebot, que decidió con su voto la caída del alcalde- y a Agustín Rossi, el titular del bloque Frente para la Victoria, quien tuvo un castigo adicional: debió tolerar que su butaca en el avión la ocupara Díaz Bancalari, su colega de la bancada duhaldista.
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