El radicalismo ya tomó la decisión de frenar cualquier posibilidad de abrir el diálogo político con el gobierno. A la decisión del Comité Nacional partidario de mandar a vía muerta cualquier tipo de acuerdo con el gobierno -ya sea diálogo o participación en cargos- se sumaron las confusas denuncias de ayer sobre un complot de la derecha contra la UCR lanzadas por Raúl Alfonsín desde Venezuela y el estado de sublevación interna contra Angel Rozas, al que muchos dirigentes partidarios acusan de «haberse dejado subyugar por el costado mediático de un diálogo ni siquiera convocado oficialmente por el gobierno». Rozas ya incluyó -en el documento que emitieron los radicales hace más de una semana después de una reunión del Comité Nacional destinada a analizar el «diálogo» con el gobiernouna serie de exigencias para debatir en la reforma política que, se sabía de antemano, el gobierno no está dispuesto a analizar. Actuó esa cláusula final del manifiesto radical como una condición incumplible para el diálogo, una forma de retirarse de la convocatoria, resistida por ser abierta sólo para la UCR, y salvar así la situación. Una forma de salir de lo que algunos dirigentes consideran un «papelón» partidario motorizado por «el afán de protagonismo de Rozas»: «Si el propio presidente de la UCR dice que si no convocan a todos no sirve, ¿para qué pasa este papelón?», se argumentó.
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En ese camino de salida del diálogo con el gobierno se encuadran las exigencias del documento firmado en la sede partidaria: «En cuanto a la reforma política los principales planteos de la UCR serán: la revisión de las afiliaciones, la creación de fueros electorales, el ordenamiento del calendario electoral y formas electorales únicas en todo el país y la modificación del financiamiento de la actividad política, para profundizar los requisitos de transparencia. Nunca más a la ley de lemas en las provincias y nunca más reelecciones de gobernadores de manera indefinida. En síntesis, respetar la Constitución nacional y las Constituciones provinciales». De todas esas exigencias radicales el gobierno podría ponerse a discutir la creación del fuero electoral, pero del resto nada.
La otra mitad del radicalismo, los dirigentes que no participaron de la reunión del Comité Nacional por haberse autoexcluido, tienen una visión menos seria aun de la historia del diálogo político con el gobierno de Néstor Kirchner. «Esa reunión del Comité Nacional estuvo precedida por una desesperación por hablar. Lo curioso de esto es que el primer punto era resolver el diálogo político y no habían hablado con nadie del gobierno todavía», decían dentro de la bancada radical de Diputados. «En el bloque había mucho malestar porque el diálogo estaba muy manoseado, ojalá se recupere, pero hasta ahora sólo fue parte de un espectáculo político».
Otros radicales fueron más allá todavía: «Si hay revalorización del diálogo la debe hacer el Presidente. Si hay voluntad lo mejor es que lo exprese el Presidente. Si el gobierno llama a un diálogo es porque debe tener problemas que superan al gobierno, pero hasta ahora no han dicho ni siquiera cuáles son esos problemas», decía el fin de semana el cordobés Mario Negri.
Si algún elemento le faltaba a esta nueva edición argentina a una convocatoria al diálogo político -que por otra parte nunca en la historia resultó mínimamente fructífera, más allá de los beneficios que les trajo a las dirigencias del PJ y la UCR en su momento el Pacto de Olivosfue la entrada en escena de Alfonsín desde Venezuela. Haciendo un alto en su función de veedor del referéndum revocatorio que ratificó en el poder a Hugo Chávez, el ex presidente aprovechó para denunciar a una «derecha» argentina de complotar contra la UCR para hacerla aparecer como un títere del gobierno, curiosamente la misma denuncia que hace parte de la dirigencia partidaria, pero contra la propia conducción actual del radicalismo. «Se estructuró una campaña muy bien pensada de la derecha contra la UCR, para hacer aparecer a la oposición constructiva que realizamos como débil, para dividirla, o para minimizar la crítica. Reconocemos cuando las cosas se hacen bien pero también criticamos cuando creemos que están mal», explicó Alfonsín en Caracas.
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