22 de junio 2004 - 00:00

Las tablas de la ley de Duhalde

Desde Chile llegan las instrucciones de Carlos Menem, contenidas en un CD. Desde Montevideo comenzarán a llegar en pocos días otros mensajes, los de Eduardo Duhalde. ¿En qué soporte estarán cifrados? La tecnología suele ser un arcano para los bonaerenses (salvo para los quilmeños: Eduardo Camaño y Aníbal Fernández son adictos a la PC). Lo cierto es que el peronismo, al menos el no kirchnerista, comenzó a funcionar a control remoto. Como entre 1955 y 1973.

Antes de partir hacia ese modesto exilio (en Montevideo, cerca de los seres queridos, con cargo oficial y representación diplomática) Duhalde dejó una orden minuciosa sobre cómo debe seguir la relación con Néstor Kirchner. Ese dictamen consta de tres cláusulas:

1. Los duhaldistas no deben castigar al Presidente. El caudillo de Lomas de Zamora cree que «Kirchner sólo sabe pelearse. No mira hacia el futuro, sólo ve el presente y el pasado». Por lo tanto, aspira a no darle ocasión para que despliegue hacia él esa propensión al conflicto.

2. Los duhaldistas deben garantizar en el Congreso la gobernabilidad. Esta instrucción es sibilina. Algunos, como José María Díaz Bancalari o Juan Manuel Urtubey (esa pareja tan armónica y duradera), la interpretan en el sentido de que deben votarse todas las iniciativas que surjan desde el Poder Ejecutivo. En cambio, el duhaldismo duro tiene una lectura restrictiva: creen que sólo hay que verticalizarse con los proyectos que suponen exigencias del Fondo Monetario Internacional. En otras palabras: el duhaldismo dejaría de ser oficialismo genérico y sólo le ofrecería lealtad a Roberto Lavagna. ¿Leyes de carácter político que no rozan la economía? Según el ala dura, habría libertad de acción.

3. Los ministros son «zona liberada». Esta prescripción, que Duhalde formula con un lenguaje muy del conurbano, supone que sus diputados y seguidores en general están habilitados a castigar a través de la prensa y del activismo partidario a los integrantes del gabinete nacional. La razón de esta merced concedida desde Lomas de Zamora es íntima: fueron los ministros y no el Presidente quienes pusieron como blanco móvil a Chiche Duhalde, la ex primera dama. Por lo tanto, hay derecho a la venganza. Entre los blancos de este último mandato están «los Fernández», como han unificado Felipe Solá y Ricardo López Murphy a Alberto y Aníbal. El viernes, el titular de la Cámara de Diputados escuchó argumentos y datos con los cuales un grupo de duhaldistas extremos pretenden mortificar a esos dos ministros. Hay internas de todo tipo en esa acumulación de artillería: desde las peleas por el PJ de la Capital (de Cristian Ritondo contra Alberto Fernández, por ejemplo) hasta viejas rencillas de gabinete. Por ejemplo, las de Jorge Casanovas contra Aníbal Fernández. Ambos fueron colegas del gabinete de Carlos Ruckauf: hay que escuchar el anecdotario que el diputado cuenta ahora sobre el ministro del Interior. Imperdible esta guerra, que promete una glasnost inesperada.

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