Licencia de campaña a diputados sigue el ejemplo del Capitolio
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El Congreso en la Argentina y el Capitolio de Washington. Los mismos vicios y las mismas
críticas del público los unen. Las vacaciones por campaña no son ya un monopolio
local; los estadounidenses también abandonaron su tarea. Casas más, casas menos.
Esa parálisis temporal debe sumarse a las vacaciones de verano -más una larga lista de feriados- que los representantes y senadores allá se toman desde el 31 de julio al 1 de setiembre de cada año. Aquí, arrancan de hecho a mediados de diciembre y siguen generalmente hasta mediados de febrero.
La decisión de los legisladores en EE.UU., informan las agencias internacionales, fue impulsada inclusive por los representantes republicanos, partido que corre el riesgo de perder el control del Congreso frente a la imagen negativa que cosechó George W. Bush por los resultados de su política contra el terrorismo. Las mismas fuentes reproducen declaraciones de analistas parlamentarios que bien podrían encontrarse en cualquier diario argentino sobre la realidad local: «Ha sido una pobre sesión del Congreso, particularmente durante el último año. Pensaron que lo mejor que podían hacer era salir de Washington. No están haciendonada acá», dijo Stephen Hess.
Las diferencias y similitudes entre ambos parlamentos en muchos casos son inquietantes, habida cuenta que se está comparando el caso argentino con una de las democracias más desarrolladas de la tierra. En la Argentina ni la Cámara de Diputados ni el Senado resisten el juicio de cualquier encuesta. El Congreso se queda siempre con el porcentaje más bajo dentro de la credibilidad pública. Las causas van desde las míticas historias de supuesta corrupción hasta el apoyo irrestricto a muchas medidas consideradas como impopulares. No ayudó el baño de inoperancia que le dio al Congreso el haber delegado sistemáticamente facultades en el Ejecutivo.
En Washington sucede algo similar: hoy el ciudadano estadounidense medio no perdona que el Capitolio haya convalidado cada una de las medidas que Bush pidió para continuar con la guerra de Irak. En esa línea, el principal pecado que les imputan es haber « permitido» al presidente -esta crítica habla ya de una diferencia en las expectativas de un ejercicio de control del Legislativo sobre el Ejecutivo que tienen los ciudadanos en EE.UU. y que aquí es inexistente- ampliar el déficit del Estado hasta límites peligrosos.
A esos datos de impopularidad deben sumarse que los norteamericanos están convencidos también que pagan salarios a sus representantes y que esto no trabajan -otra coincidencia con el pensamiento local- y una serie de escándalos que también suceden en el Legislativo de Washington.
Todos recuerdan que el líder republicano de la Cámara de Representantes, el texano Tom DeLay, tuvo que renunciar y fue procesado por actividades de lobby incompatibles con el cargo o, como se informó el viernes pasado, que otro republicano de Florida, Mark Foley, tuvo también que dejar el cargo por imputaciones sobre el envío de mail sexualmente inconvenientes a otros empleados del Capitolio.
Esos escándalos están acompañados de vicios en el trabajo diario que se asimilarían más a un Parlamento latinoamericano. En esta huida de Washington para hacer campaña, los representantes dejaron pendiente -como se informó profusamente ayer- la revisión de las polémicas leyes de inmigración que tuvieron a EE.UU. en vilo, una modificación de los programas de retiro de la Seguridad Social y ni siquiera pudieron llegar a un acuerdo sobre los puntos centrales del Presupuesto 2007.
En este último punto, la Argentina ofrece ventajas en la práctica de no complicar debates: no hace falta que los diputados y senadores lleguen a un acuerdo para convalidar la asignación de fondos a cada área del Estado, como sí lo hace el Congreso en Washington con un presupuesto anual, como 2007, de u$s 2.4 billones. Por el contrario, en Buenos Aires ese trámite llega casi terminado desde la Casa Rosada: ningún oficialista osaría modificar los números que calculó el Ejecutivo.




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