16 de marzo 2006 - 00:00

Los conflictos que explican la renuncia

Néstor Kirchner
Néstor Kirchner
La renuncia de Sergio Acevedo, ayer, a la gobernación de Santa Cruz fue el desenlace de una crisis cada vez más ostensible en el gobierno de una provincia cuyo comando Néstor Kirchner pretende ejercer a distancia. Es cierto que el gobernador nunca fue considerado un integrante pleno del círculo presidencial, donde las condiciones de ingreso son tantas y tan exigentes que sólo admite a tres o cuatro incondicionales. Pero la brecha entre Kirchner y Acevedo se agigantó en los últimos tiempos hasta llegar a una instancia impensada: que el gobernador renuncie sin dar explicaciones previas, como sucedió ayer, para escándalo del reverente kirchnerismo.

El último episodio de ese conflicto permanece en las brumas. Apenas se comenta en voz baja un problema con la asignación de obras públicas en la provincia. Un área a la que Acevedo se mantuvo involuntariamente ajeno, en beneficio de Julio De Vido y sus colaboradores. Fue costumbre, desde que asumió la administración santacruceña en 2003, que el gobernador se enterara de los emprendimientos que se realizarían en su distrito una vez que éstos eran anunciados por Kirchner, quien visita habitualmente la provincia (hoy viaja de nuevo en clima de emergencia). ¿ Tironeos por la adjudicación de algunas obras? ¿Cierta indocilidad del gobernador, desconocida hasta ahora? Incógnitas a tener en cuenta aunque difíciles de despejar no bien se produjeron los hechos.

Antes que este presunto choque por contratos de ingeniería se había producido otro inocultable y preciso. El 1 de marzo, Acevedo debía dejar abiertas las sesiones ordinarias de la Legislatura local, que es unicameral. No lo hizo y prefirió asistir al funeral de su amigo Oscar de la Fuente, fallecido ese día. Eso impidió que asumieran las autoridades previstas para la Cámara. Se había acordado que el vicepresidente primero sería el diputado de Puerto Deseado Carlos Marsicano, un hombre cercano al gobernador, y Oscar Vázquez, un amigo de la infancia de Kirchner, como vice segundo.

La demora de Acevedo para presidir la ceremonia permitió que, desde Buenos Aires, le dinamitaran esa arquitectura: los 22 diputados del Frente para la Victoria (casi los únicos de la Cámara, ya que ésta se completa con dos radicales) recibieron la orden de votar, en el lugar de Marsicano, a una mujer más verticalizada con el Presidente, Judit Forstmann (ver vinculada). La obediencia de Vázquez fue decisiva en esta revisión: comenzó por renunciar él a la vicepresidencia segunda para provocar la salida de Marsicano.

El cimbronazo de estas disidencias sobre las instituciones provinciales está encadenado, en esta secuencia que desembocó ayer en la renuncia de Acevedo, con la crisis que se desató con la muerte del policía Jorge Sayago, en Las Heras. En el gobierno nacional nunca lo dijeron abiertamente. Ni se les escuchará en el futuro. Pero los santacruceños que conviven con Kirchner y el propio Presidente están convencidos de que, además de cierta torpeza de quienes encarcelaron a un manifestante en la comisaría del lugar, existió también una desidia deliberada de Acevedo, quien se negó a desmontar el piquete no bien éste se produjo. El dato más sospechoso para gente que suele inspeccionar todos los rincones es que el gobernador no suspendió sus vacaciones en Pinamar cuando estalló el enfrentamiento; además -sigue la versión- Se excusó en ese veraneo para no reprimir temprano.

En Olivos creen que la negligencia del renunciante de ayer frente al desborde de los petroleros del norte santacruceño pretendió aleccionar a Kirchner sobre la legitimidad del reclamo por la elevación del mínimo no imponible del Impuesto a las Ganancias. Acevedo, igual que otro disidente, el diputado Eduardo Arnold, promovieron la modificación de ese mínimo cuando se trató el Presupuesto nacional en el Congreso. Pero desde el poder central casi se los sanciona por eso (para Arnold hubo una reprimenda emitida a través de la Legislatura). ¿Hubo un secreto regocijodel gobernador cuando, a raíz de esa demanda gremial insatisfecha, se levantó Las Heras? Imposible saberlo. Eso sí: cuando llegaron ayer a Buenos Aires los primeros indicios de la renuncia, Kirchner se apresuró a conceder lo que le había retaceado a Hugo Moyano y José Luis Lingieri, el jueves pasado, en la Casa Rosada. El gobierno anunció la suba en el mínimo no imponible, no vaya a ser que Acevedo se fuera envuelto en esa bandera tan convocante para los empleados petroleros de la provincia.

Más allá de esta brecha reciente, la ruptura de ayer se hunde en entredichos, tensiones y resistencias más remotas. Ya antes de asumir como gobernador, cuando estaba al frente de la SIDE y seguía dialogando con sus antiguos compañeros de la Cámara de Diputados, Acevedo juraba que no aceptaría el gobierno provincial si antes no se aclaraba el monto e itinerario de los fondos que la provincia de Santa Cruz había depositado en el exterior durante la gestión de Néstor Kirchner. La reticencia del ciclotímico Acevedo no llegó a tanto. Pero en la casa del Presidente llamó la atención una frase pronunciada hace dos semanas por Elisa Carrió, durante un reportaje en el que la titular del ARI se refería a esos fondos santacruceños: «Conozco al gobernador de Santa Cruz y merece mi confianza». Esas palabras alimentaron una fantasía recurrente de la familia Kirchner: la presunción de que Acevedo mantuvo un contacto subterráneo y frecuente con Carrió, capaz de hacer suponer que, tras la ruptura con el oficialismo, se irá con ella.

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