Los gordos de Cristina
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Raúl Baglini, Roberto Urquía y Cristina de Kirchner.
Baglini, a quien Raúl Alfonsín calificó hace años como «genial», fue el protagonista, delante o detrás de las cortinas, de las negociaciones más importantes en medio de las crisis que vivió el país en los últimos 20 años.
Fue diputado durante el gobierno de Alfonsín, senador, presidente de la Comisión de Presupuesto y Hacienda de Diputados, aunque ninguno de esos cargos marcó la tarea que en realidad siempre realizó. Nunca tuvo simpatía por Fernando de la Rúa, pero sin embargo le hizo votar en el Congreso todas las leyes económicas que el entonces presidente necesitó, negociando siempre con el peronismo, cuando esas votaciones parecían imposibles. En el recinto, más que debates, sus incursiones parecían partidas de poker con la bancada contraria. Cristina Kirchner conoce muy bien esa época.
Incluso entonces, cuando personalmente no soportaba la figura de Domingo Cavallo, le garantizó a De la Rúa la aprobación de temas que apoyaba sólo por obediencia partidaria, como los superpoderes al ministro de Economía. Más que un legislador, actuó como un profesional de las leyes.
Un papel similar le tocó cuando debió integrar la comisión especial que debía recomendar al presidente de la Nación sobre la remoción de Pedro Pou en el Banco Central. Todos recuerdan la noche en que los legisladores le llevaron el dictamen final a un De la Rúa que aún pensaba tomarse más tiempo para esa decisión, mientras el mercado y su gobierno comenzaban a volar por los aires. Fue Baglini el único de los presentes que casi le ordenó al presidente tomar una decisión inmediata.
Aunque públicamente prefiera callarlo, tiene una rencilla de años con Roberto Lavagna que impide cualquier relación entre ellos. A pesar de eso, colaboró también desde la oposición en conseguir los acuerdos para que las leyes que necesitaba Eduardo Duhalde en medio de la emergencia pudieran ser votadas.
Pero no le dio para involucrarse en la campaña que el radicalismo inició de la mano de Lavagna para la presidencia.
Así, sin las estridencias del resto de los radicales K, Baglini se mantuvo siempre como hombre de consulta de Cobos, a quien los temas técnicos lo incomodan y prefiere delegarlos. Pero en esta campaña nunca nadie pudo verlo en algún acto, hubiera sido casi una grosería para su estilo.
Baglini está hoy formalmente recluido en su estudio en la ciudad de Mendoza, aunque hace viajes esporádicos a Buenos Aires. Es normal verlo correr -deporte que intenta a pesar de su sobrepeso- junto a Cobos, momento en que aprovecha para darle consejos al gobernador, que vive consultándolo. Es el otro gran logro de sus últimos tiempos, junto con haber aprendido a esquiar.
Por ahora, sólo sigue en ese tren con el gobernador. Gracias a la mística que consiguió generar en el Congreso, en las últimas semanas corrieron decenas de versiones sobre su futuro, como cargos que Cobos le habría ofrecido en el Senado y que negó a este diario. Pero está acostumbrado a esas lides: durante las últimas tres presidencias, a excepción de la de Kirchner, la prensa lo jugó como presidente del Banco Central, ministro de Economía y hasta jefe de Gabinete, cargos que nunca ocupó. Por ahora, sigue corriendo a la mañana con Cobos y hablándole al oído.



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