10 de mayo 2001 - 00:00

Menos bancas, había más celdas

El senador bonaerense Eduardo Sigal apareció días pasados en varias radios preocupado por el gran aumento de detenidos en comisarías, al juntarse noveles con peligrosos y denunciando la falta gubernamental de su prometida construcción de cárceles.

Sin perjuicio de que dada la inseguridad, en principio, parece un logro positivo que haya más implicados detenidos que en la calle, la impronta del senador Sigal ha tenido la virtud de provocar reflexiones. Una de ellas desliga que en sus propias manos puede estar el fin de su desasosiego.

Origen

Al respecto cabe señalar que nuestro sistema bicameral legislativo -Diputados y Senadores-viene de EE.UU., donde en su inicio algunos estados querían la representación de acuerdo con la cantidad de sus ciudadanos mientras los más pequeños pretendían que todos tengan la misma suma de diputados. El problema se zanjó creando la Cámara de Representantes elegida en proporción a los habitantes y la de Senadores con igual cantidad por estado, a diferencia del sistema francés con asamblea única.

Así lo adaptamos, pero ello no obligaba a que sea el mismo en las provincias, ya que éstas a su vez no se dividen en estados confederados y además no necesitan nuestras leyes tanto detenido análisis que es el beneficio que le imprime el paso de una cámara a otra, pues, antes bien, nuestra experiencia indica que el reposo de los proyectos es harto excesivo.

Equilibrio

A ello se suma que el Senado de Buenos Aires se integra como el de la Nación, es decir con la misma cantidad por distrito para equilibrar las desigualdades numéricas. Así, mientras nuestras provincias siempre aportan 3 senadores cada una, en Buenos Aires, por ejemplo, la sección La Plata elige 3 senadores y 6 diputados, y la sección primera noroeste elige 8 senadores y 15 diputados, es decir que la representación es siempre similar en las dos cámaras. De allí fácil es deducir lo innecesario de ambas al no cumplirse la función existencial según se trajo de EE.UU.

De allí entonces no suena descabellado suprimir constitucionalemente la Cámara de Senadores y con ese ahorro millonario podrían erigirse alcaidías para 2.500 detenidos por año. Sin embargo, en ello hay algo más sublime: la oportunidad que la historia pone en manos del senador Sigal para mutar la psicología de la descreída población con su ejemplo, si disuelve su propia banca en pos del logro comunitario que dijo inquietarlo.

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