7 de agosto 2002 - 00:00

Menos el país todos ganan con interna asi

Carlos Chacho Alvarez, Luis Zamora, Elisa Carrió, Leopoldo Moreau, Aníbal Ibarra y Fredi Storani.
Carlos Chacho Alvarez, Luis Zamora, Elisa Carrió, Leopoldo Moreau, Aníbal Ibarra y Fredi Storani.
Cada vez que se refiere al nuevo sistema de internas abiertas obligatorias y simultáneas que él mismo estableció y reguló, Eduardo Duhalde aplica un estudiado desdén: «Cuanto más observo el sistema, menos me gusta». Sin embargo, ese régimen está ideado, cada vez se cree más que deliberadamente, para darle continuidad histórica a un instrumento privilegiado de la política del Presidente: el pacto bonaerense con el cual hizo caer a Fernando de la Rúa, desplazó a la Alianza del gobierno, desalojó a Adolfo Rodríguez Saá en una semana y terminó instalándose él mismo en la Presidencia de la Nación a través de una asamblea legislativa pactada con el radicalismo, Alfonsín, Leopoldo Moreau, Federico Storani y Aníbal Ibarra.

Con los decretos para la selección de candidatos, por los cuales los afiliados a un partido pueden votar libremente en la elección interna de otro, el «pacto bonaerense» puede reproducirse en favor del postulante al que Duhalde quiera entregar su legado. En este caso por ahora sería José Manuel de la Sota. Basta, por caso, con que el aparato del radicalismo de la provincia de Buenos Aires, alimentado en su mayor parte con recursos del Estado, prefiera intervenir en los comicios del peronismo antes de volcarse en favor de un candidato radical.

Dos datos alientan esta posibilidad: primero, que la UCR se arrastra sobre su piso histórico, con nulas posibilidades de consagrar un presidente de la Nación el 30 de marzo próximo; segundo, que hasta ahora en el radicalismo existe un solo postulante, Rodolfo Terragno, lo que evitaría movilizar a los afiliados para una elección propia el 24 de noviembre. Aunque se sumaran Rozas e Iglesias la posibilidad de que llegaran a ganar la presidencia de la Nación es tan remota que una interna a los radicales bonaerenses les suena un desperdicio. Peligroso, además, porque distrayéndose así descuidan la protección a sus intereses en punteros y adherentes en PAMI, ANSeS, administración pública en general.

Para el radicalismo Duhalde, en cambio, ofrece con el endiablado sistema que acaba de instalar una opción muy buena y sencilla: compartir un esquema de poder montado por el peronismo, al que debe aportar el radicalismo interviniendo en la interna de ese partido en favor de uno u otro candidato. Es tentador para el «clientelismo» tradicional de los caudillos de la UCR bonaerense este segundo camino. Ya lo eligieron antes, cuando se les ofreció abandonar al gobierno de De la Rúa y sumarse a un gobierno acuñado netamente en la provincia de Buenos Aires con cierta afinidad ideológica, devaluacionismo, populismo. Recuérdese que antes del golpe civil contra Fernando de la Rúa el 20 de diciembre el radical Leopoldo Moreau se prodigaba en continuas declaraciones públicas sobre la «necesidad de devaluar el peso».
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En la mayor debacle de su historia, el radicalismo puede terminar adoptando un rol patético: el de una cartera de votos, aunque esté menguada, a favor de aquellos líderes del PJ a los cuales prestaría un servicio. Estas «empresas electorales» ya existen en el conurbano y ofrecen legiones de votantes pagos para intervenir en internas de clubes, asociaciones vecinales, partidos chicos o sindicatos (la más famosa está en Lanús y prosperó bastante en toda la provincia durante los últimos años). Hasta tienen departamentos «especiales», como copar a favor del candidato que pague cualquier encuesta televisiva, radial o de Internet que, ingenuamente, pretenda consultar con objetividad la opinión pública.

Este fenómeno radical se complementa con la situación del duhaldismo en el PJ. A través de los años '90, Duhalde y sus satélites, los intendentes justicialistas del conurbano bonaerense, fueron una «masa crítica» dentro del resto del peronismo nacional. Usufructuarios del poder que ya les otorga la demografía bonaerense, el presupuesto provincial (el segundo del país, luego del de la Nación) y los cuantiosos recursos del Fondo del Conurbano Bonaerense. No obstante, arrinconado en su feudo, Duhalde no pudo consagrarse como líder nacional en 1999. En 2001, como senador, apenas logró el voto de 1 de cada cinco comprovincianos, lo que demuestra que el duhaldismo es dominador de «aparatos» para ubicarse siempre en la única opción que debe elegirse en el justicialismo pero no predomina en la provincia.

Tampoco consiguió relevancia de líder desde el gobierno, en la experiencia que está en curso. El resto del PJ ya le retaceaba su apoyo antes de que llegara a la Presidencia. Una vez que lo hizo, el propio Duhalde constituyó un gobierno de signo bonaerense, más familiarizado con la UCR populista que con el resto del peronismo, que encontró poca representación en el gabinete. Pero la mayor distancia entre el Presidente actual y los demás dirigentes del PJ se agigantó a partir de la actual gestión de gobierno. Todo el peronismo del interior interpreta que el costo que le hizo pagar Duhalde con su «golpe bonaerense» contra De la Rúa es mayor que el imaginado: sin necesidad alguna, la «marca» PJ quedó contaminada con una agenda envenenada: default, devaluación, pesificación asimétrica, aislamiento internacional, etc.

El peronismo, que podría llegar a las urnas de 2003 aliviado de esos males, acreditando una cooperación «perdonavidas» con una UCR agotada, se ve ahora envuelto en una gestión más que mediocre. Esto es lo que no les perdona a los bonaerenses (Duhalde, también Carlos Ruckauf) el peronismo del interior del país; además de haber afectado la sigla partidaria para salvar a la maltratada provincia de Buenos Aires de un estallido extra.

Este aislamiento de Duhalde y los bonaerenses respecto del resto del PJ es el que le hace más imprescindible la cooperación radical en todas sus estrategias. Sin ella ni siquiera le hubieran alcanzado los votos para que lo elija la Asamblea Legislativa, en la que el PJ prefería a Carlos Reutemann. Ahora se ve en la misma encrucijada: para consagrar a un candidato propio en la interna presidencial se requiere completar el propio caudal con una contribución ajena, a la que sólo se puede acceder con el sistema de internas abiertas que se acaba de reglamentar. Como además se liberó la obligación de realizar internas a partidos o alianzas con lista única los populistas -sector radical más duhaldismo-también esperan sumar a la interna del PJ a los ordenados simpatizantes de la izquierda y constituir una masa absolutamente ganadora en contra de Carlos Menem.

La maniobra está estimulada además, por un clima de época: existen afinidades interpartidarias más fuertes que las que se expresan dentro de un mismo partido. El ala populista del peronismo tiene más afinidades con el ala populista del radicalismo que las que existen con otros sectores dentro de sus propias agrupaciones. Este fenómeno pone de manifiesto la crisis actual de las estructuras partidarias tradicionales: para Duhalde o Moreau es secundario que el gobierno sea radical o peronista si es populista. En esta evidencia se sustentó el pacto bonaerense que llevó a Duhalde al gobierno, aun cuando el acuerdo existiera desde hace una década, alimentado por los contratos, prebendas y distribucionismo con que se alimentó por años la política de ambos partidos en la provincia de Buenos Aires. Es precisamente la necesidad de mantener ese sustento de «ñoquis», contratos y canonjías el principal pegamento entre los «primos» de los dos partidos en un país donde el interés nacional nunca los políticos -la mayoría-lo ponen por encima de sus intereses particulares. Los sindicalistas tampoco, a decir verdad.

La ósmosis entre sectores de los dos partidos, como busca establecer el nuevo sistema de internas, por el cual afiliados de una fuerza pueden intervenir en la selección de candidatos de la otra, es la manera más elaborada y reciente que encontró el «pacto bonaerense» para expresarse en términos electorales. Sólo quedan por suscribir los «contradocumentos» por el aporte que pueden hacer los radicales para consagrar a un candidato peronista o impedir la llegada de otro. El aporte de la izquierda al plan no se paga porque se descuenta su ideologización contra Menem dado que éste puede significar el retorno de la Argentina hacia EE.UU. y sólo eso ya los enferma. Esos «contradocumentos» con radicales deberán consignar las porciones de poder, cargos, participación en gabinetes que le corresponden al partido que contribuye con su fuerza ociosa a desbalancear la interna del otro en uno u otro sentido. Desde ya incluye resguardo a punteros y activistas propios en la estructura del Estado.

En un primer momento se podía pensar que lo que se pretendía desde el gobierno era preservar al PJ de desprendimientos internos. Ningún candidato podría presentarse por fuera del partido una vez que participó en la interna (aunque, como si estuviera redactada por el «Viejo Vizcacha», agrega: salvo que el partido se lo permita; no vaya a ser que pierda el «caballo del comisario» y haya que ir detrás del candidato enemigo) y habría una Comisión de Acción Política para que todos tengan un lugar neutral de contención. Pero esta endiablada legislación sobre internas abiertas y simultáneas con padrones indiscriminados es una invitación a evitar la confrontación doméstica y presentar candidaturas por fuera del partido.

Es la meditación actual de Carlos Menem, pero puede ser también el desafío futuro para Felipe Solá, si resuelve enfrentar al aparato duhaldista en su propio terreno, como todo hace suponer. El duhaldismo ha analizado con tanta sutileza esta «estrategia de internas» que, inclusive, tiene otra alternativa más: mostrarle tal estructura capaz de aplastarlo que le dejarían a Carlos Menem la opción de negociar. Puede ganar la interna (le retirarían al reciclado José Manuel de la Sota, no le darían más dinero fresco a Córdoba y hasta cambiarían los decretos) si acepta integrar una fórmula acordada, donde el ideal sería Menem-De la Sota o Menem-Solá, si éste no sigue revelándose.

Igualmente queda la posibilidad para un De la Sota ganador, pero cuestionado en su forma de lograrlo alianza con otra fórmula -haya salido de interna o no-e inclusive cambiar el vice de la fórmula ganadora de un partido. Aquí ni la ley ni los controvertidos decretos dicen nada, pero entonces rige el Código electoral vigente que autoriza a recomponer fórmulas a la Convención o máximo organismo de cada partido, por caso en renuncia de un vice proclamado.

La meta fija es que el duhaldismo no pierda el poder bonaerense -lo aseguraría con un vice de Menem que también podría ser Juan «Juanjo» Alvarez, actual ministro de Justicia y Seguridad del gobierno y, en este caso, Felipe Solá iría de candidato a la gobernación de la provincia-no sólo por los intereses en juego sino porque el juez Guillermo Atencio, la Cámara penal de Dolores y la Fiscalía 8 de La Plata están avanzando demasiado en averiguar qué pasó con el formidable dispendio de fondos en la provincia de Buenos Aires desde 1991 hasta 2001 con gobernaciones sucesivas de Eduardo Duhalde y Carlos Ruckauf.

Un voto radical a De la Sota en la interna también entre los «contradocumentos» contendría «poca oposición» a que el radicalismo recupere la gobernación de Córdoba, vía Ramón Mestre. Repitamos: menos en función de país hoy en la Argentina todo es negociable. Mientras exista un ejército ocioso y hambriento de puestos en el presupuesto público, como es base de la UCR de Buenos Aires, una fuerza como el duhaldismo, aún sectorizado dentro del propio PJ y una legislación que les permite cooperar por encima de los límites partidarios, la oferta electoral en la Argentina estará amenazada por el fraude y la calidad de la política no hará más que descender. Todavía más.

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