Sorprendió ayer la facilidad con que grupos de manifestantes de variada belicosidad pudieron ingresar en dos edificios públicos y, prácticamente, a su antojo repudiaron a distintos funcionarios. Tanto en el Palacio de Tribunales como en la Jefatura del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, los protestantes tomaron el control de los edificios sin que las guardias montadas para impedir estos excesos pudieran evitarlo. Llamó la atención que, en el caso de la sede del Gobierno porteño, el propio titular, Aníbal Ibarra, estuviera almorzando nada menos que con el jefe de la Policía Federal cuando las huestes lideradas por el piquetero del Polo Social Luis D'Elía la tomaran para intentar reponer a un funcionario. En el caso de la Corte, es más grave porque -como si se estuviera cumpliendo una orden de no intervención- los agentes de la Policía Federal y de la Gendarmería ni siquiera reaccionaron cuando los caceroleros ya habían copado la sala de audiencias y obligaron a huir a los funcionarios nacionales encabezados por el ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov, y a los 7 jueces del máximo tribunal que mediaban en una audiencia de conciliación. Alarma porque estos hechos que afectan a la cúpula institucional del Estado se repiten con llamativa frecuencia al amparo del criterio del gobierno de persuadir y no reprimir cuando se violan instituciones públicas. La Justicia tampoco ayuda cuando castiga a quienes reprimen hechos como los de ayer.
Jorge Remes Lenicov fue salvado ayer por Julio Nazareno de ser encerrado por cacerolistas que en términos nada amigables le reclamaron en pleno corazón de la Corte Suprema la devolución de sus ahorros encerrados en el «corralito» financiero. El presidente de ese poder, rápido de reflejos, hizo salir al ministro de Economía por una puerta trasera de la Sala de Audiencias del Palacio de Tribunales en el centro de la Capital Federal, que comunica directamente con su despacho. Le evitó así al funcionario de Duhalde que pasara un momento difícil frente a un grupo de ahorristas que previamente había sorprendido a la casi inexistente guardia de Gendarmería y Policía Federal destinada a impedir manifestaciones en el interior del Palacio de Justicia.
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Cuando culminaba la audiencia de conciliación entre funcionarios del gobierno nacional -además de Remes Lenicov estaban Rubén Citara, procurador del Tesoro, aunque por su baja exposición mediática pasó inadvertido para los furiosos manifestantes; Mario Blejer, presidente del Banco Central; y Enrique Olivera, del Nación- y de la provincia de San Luis, unos 20 manifestantes -algunos distaban de parecerse a un ahorrista con fondos retenidos- con carteles y elementos de metal pretendieron ingresar abruptamente al salón donde se desarrollaba el encuentro para escrachar al ministro de Economía.
Frente a la sorpresa de los funcionarios, jueces y empleados judiciales, los manifestantes avanzaron sobre la audiencia con variados epítetos que fueron subiendo de tono a medida que «sus blancos» se escabullían por puertas laterales -un ministro de la Corte fue levantado en vilo por su custodia y sacado a un pasillo cuando la pequeña turba lo rodeaba- y desde el civilizado «justicia, justicia» se fueron a otros de tribuna como «chorro, ladrón e hijos de p...». Al correrse la voz de que Remes estaba refugiado en el despacho de Nazareno -permaneció allí por más de media hora- los manifestantes y los periodistas que los acompañaban se plantaron en el hall principal e increparon duramente al personal civil de seguridad del Palacio de Tribunal al punto que sus propios compañeros debieron sacar a una enfurecida mujer que le reprochaba al empleado no dejarla pasar hasta donde estaba el ministro de Economía.
Los que podían razonar de alguna manera alcanzaron a explicar que «vinimos a apoyar a San Luis porque si le permiten sacar el dinero de sus depósitos del 'corralito', se sienta un precedente y eso nos beneficiará a todos». Sus reclamos apuntaban a diversos bancos privados aunque pudo notarse un trabajo sincronizado entre dos hombres de mediana edad que dirigían al resto y efectuaban declaraciones a los movileros, repudiando no sólo al ministro sino a la Corte. En tanto, voceros del ministro sostuvieron que la agresión verbal a su jefe es «la misma que puede sufrir cualquier funcionario» y negaron que Remes se haya quedado para protegerse de la furia de los protestantes sino porque «se quedó a tomar un café con Nazareno, un acto protocolar que ya estaba programado».
Los manifestantes descargaron luego su ira en otras instalaciones del Palacio de Justicia y completaron su cacerolazo en torno a las dependencias del Banco de la Ciudad de Buenos Aires que se encuentra en la planta baja para atender el cobro de la tasa de Justicia y otras exigencias del mecanismo judicial. En ese punto se sumaron algunos empleados judiciales -no se vio a ningún dirigente del gremio que lidera el moyanista Julio Piumatto- que, de forma espontánea, reclamaron por sus condiciones laborales. Luego de esa catarsis, el pequeño grupo desapareció de la misma manera que había aparecido en el cuarto piso, ocultando sus carteles y pequeños utensilios en bolsos o debajo de sus abrigos.
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