26 de junio 2001 - 00:00

No se olviden de los dos muertos

Se pelea Juan Pablo Cafiero con Patricia Bullrich. O ésta con él. No habla Ramón Mestre pero él también discrepa con su par social, la palabra «deslealtad» es la imputación más pequeña. Hasta florecen viejas disputas entre radicales y frepasistas que remedan los insoportables tiempos de Carlos Chacho Alvarez en la Alianza gobernante. Protestan unos por lo que hizo y dijo Cafiero, se ofende él mismo porque no lo entienden y consideran «traición» a lo que es una «traición». Fernando de la Rúa, como si nada tuviera que ver, como si no lo rozara el conflicto, contemporiza con todos y ordena un armisticio. Piensa en las elecciones de octubre y no quiere, al igual que Nicolás Gallo, que se pierda otro Frepaso de la entente, que se fracture esa débil coalición oficial a pocas horas de los comicios. Muchos medran con esa contingencia. Para hacer el coro, los medios acompañan la batahola interna, justifican o satanizan a Cafiero, comprenden u objetan a la Bullrich.

Nadie habla en cambio de los dos muertos que hubo en Salta. Extraño en un país que hace pocos años se desgarró frente a un crimen horrendo y ahora parece distraído ante dos víctimas inocentes, una ajena a los disturbios -estaba en el cementerio recordando a su hija- y la otra, un curioso adolescente. Nadie se pregunta por ellos, se desconocen casi sus nombres, fueron archivados, ni una palabra se escucha por el origen de las balas ni sus autores. Felonía múltiple. Veleidosa sociedad que parece empezar a convivir con trágicos episodios de violencia.

• Convenciones vulnerables

Sólo De la Rúa -y su afán electoral- puede aceptar la explicación de Cafiero («no me refería a nuestro gobierno»). Tal vez no sea cuestionable el hecho de haberse disparado por su cuenta, desligándose de sus compañeros de Gabinete para explorar la zona y hacer demagogia con los pobres; ni siquiera su vocación por dialogar con quienes son activistas requeridos por la Justicia. Finalmente, ya lo demostró Carlos Menem -Cafiero tiene ese origen-, cuando se gobierna hay convenciones que deben vulnerarse. Lo intolerable del ministro es la demonización a su propio gobierno, la acusación de que éste se entrevista con corruptos, negocia con traficantes y opera con indeseables. Si así fuera, ¿por qué Cafiero permanece en esa administración, en ese contubernio de perversos proclives a la asociación ilícita? Tanta dignidad proclamada no encuentra respuesta personal. Tampoco hay respuesta colectiva de quienes comparten su gobierno para quien los injuria tan atrevidamente que ni en la oposición se encuentra una voz tan ofensiva. Curioso placer masoquista por quedarse en la alfombra roja.

• Película antigua

Mientras, quedan impunes las dos muertes, un trabajador y otro hijo de trabajadores, sorprendidos espectadores de una refriega. Anónimos, pobres, olvidados, igual que cualquier otro vecino provinciano o capitalino encerrado en una futura protesta. Destino para una vasta mayoría de argentinos que hoy desatiende estas muertes -al igual que los balazos a los gendarmes o el oprobio de los bolsones indigentes- por la hojarasca obnubilante e incomprensible a la que lo someten sus representantes, esos que no dudan en destriparse por una mejor posición en los diarios. Todo sea para no perder escalones ni cargos en las próximas elecciones. Hay quienes se preocupan porque esta película y sus consecuencias ya fueron estrenadas hace muchos años.

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