Casi como un reencuentro de ex alumnos, el kirchnerismo tuvo el jueves pasado en la Casa de Santa Cruz, una celebración de la nostalgia, con recuerdos sobre los primeros tiempos del Presidente en los que éste se emocionó al repasar una encuesta de aquel entonces que revelaba que tenía 6% de conocimiento. En ese momento, el patagónico, al grupo reducido que se reunía en las oficinas que Alberto Fernández alquilaba en Callao casi Posadas, los animaba con un proyecto a largo plazo: «En 2003 nos posicionamos, meteremos algunos concejales y hasta algún gobernador. Después, en 2007 vamos por la presidencia», les prometía a los «muchachos».
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Estamos hablando, claro, de mediados de 2001: en el verano de 2003 llegó el acuerdo con Eduardo Duhalde y todo tomó otro color. Para bien o para mal: muchos de los que estuvieron el jueves en la Casa de Santa Cruz, se incomodaron cuando apareció el bonaerense. Algunos, incluso, eran protokirchneristas y ya poskirchneristas. Imaginaron un protagonismo que Kirchner no les dio o que ellos no supieron ganarse. ¿O acaso, para algunos de ellos, el ministro del Interior no debería ser Carlos Kunkel, un puro, y no Aníbal Fernández?
Lunch sobrio, por no decir escaso, brindis y foto final de los presentes como si se tratara de una promoción escolar que vuelve, años después, a repasar anécdotas escolares. «¿Te acordás cuando éramos diez o doce, nomás?», se repetía en cada tumulto. Como siempre ocurre, pasado el tiempo aquellos doce apóstoles eran más de 50. De hecho, la noche del jueves los «primeros K eran más de 80» cuando por entonces, Francisco Larcher, hoy número dos de la SIDE, era el chofer de Kirchner y lo llevaba a los actos que sólo le interesaban -vaya curiosidad-, a Crónica TV. La política es bíblica: como la religión reproduce panes y peces, a la hora de los triunfos el peronismo multiplica a los leales de la primera hora.
Lo cierto es que de aquel colectivo inicial participan Pepe Salvinique ahora quiere volver a escena-; Larcher, Alberto F., Héctor Timerman -que luego saltó al arismo de Elisa Carrió, de donde regresó más tarde-, a veces aparecía Oscar Parrilli, Kunkel con su amigo de Bragado Juan Carlos Lorgues; y Eduardo Luis Duhalde, a quien por entonces llamaban el «Duhalde bueno»: luego ya no porque se pactó con el que, según ese antagonismo, sería «el malo».
Ausencias
Se esperó, en vano, al Presidente. Tampocoestuvieron dos de los actores centrales de aquellos días: Alberto Fernández y Francisco «Paco» Larcher, posiblemente para evitar tener que dar engorrosas explicaciones a los que se creen con derecho a cuestionar sobre piruetas del gobierno. O, más mundano, para que le pasen la gorra por servicios prestados en otros tiempos. Tampoco estuvo Kunkel, que estaba embrollado con los vaivenes en el Consejo de la Magistratura. Sí, en cambio, estuvieron los diputados «Cuto» Moreno y Dante Dovena, este último portando una alianza flamante en San Martín, de donde dice ser, con Luis Barrionuevo y Carlos Caterbetti. Un cristinista, como se define el «Obelix» del kirchnerismo, suelto en el conurbano.
También ficharon en ese club de la nostalgia los albertistas Claudio Ferreño y Héctor Capaccioli, encargados junto a Lorgues de la invitación a los «viejos K», el entrerriano Hugo Perié, el senador mendocino Alfredo «Fredy» Fernández, Luis «Chino» Navarro, Luis Ilarregui y Aldo San Pedro, Estela Prunoto, Liliana Di Leo y Juliana Marino. La mayoría ilustres desconocidos que ocupan bancas en algún lugar del país, premio por haberse acercado temprano a Kirchner.
Como presumen de conocer a Néstor, así se refieren todos al Presidente, como si fuese un vecino de la infancia -y algo de eso hay-, anécdotas sobre lo que pasó (el recuerdo sobre la Casa de Santa Cruz que se amplió y refaccionó para la campaña de NK, claro, con fondos del Estado sureño), planteos sobre lo que vendrá («tiene pendiente mejorar la distribución», decían y recordaban una frase que citaba Kirchner con espíritu fiscalista o, por qué no, cierto amarretismo: «Pesito a pesito se juntan montoncitos», rimaba el mandatario para recomendar prudencia en los gastos) y algunos datos. El más importante, de presuntos expertos en Kirchner: «Es mentira que el Presidente tenga decidido que la candidata presidencial va a ser Cristina».
Ninguno de los presentes, más allá de intereses locales, se animaba a afirmar eso. Mucho tiempo junto al patagónico los hizo aprender. ¿Acaso 5 días antes de pactar con Duhalde, Kirchner no le dijo a un grupo de ellos que jamás arreglaría «con ese h... de p...»? La duda es qué lugar podría ocupar el patagónico si su esposa fuese presidenta. «No lo veo dando conferencias como Gorbachov», bromeó uno antes del brindis final.
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