Del bloque de la UCR de la Cámara de Diputados salió ayer un proyecto de reforma parcial del sistema electoral, estableciendo la uninominalidad para la adjudicación de bancas por la Capital Federal, y mixto para la provincia de Buenos Aires. En el resto de los 22 distritos que componen la geografía electoral del país, la distribución quedaría tal como está ahora.
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El autor del proyecto, Marcelo Stubrin, propone para la Capital Federal, de donde es oriundo, la división en tantas secciones o circunscripciones como diputados se elijan (25 que se renuevan 12 y 13 cada dos años). El legislador cree que de esta forma se resolverá la «crisis de representatividad» que se observa «en los grandes centros urbanos como la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano bonaerense». Importante que el proyecto provenga de un polítitco «clásico», beneficiario de los aparatos partidarios, y aspira ahora a terminar con las listas sábana.
Distinto es el caso actual de la provincia de Buenos Aires -que elige un total de 70 diputados; la mitad se renueva cada dos años-, en la que se elegiría, según el proyecto, por un sistema mixto de representación. En este caso sólo la mitad de las bancas se cubriría en forma uninominal, en tanto que «el resto se elegiría por el sistema de lista proporcional» (la actual sábana), reza en el proyecto de ley presentado.
No es una iniciativa totalmente nueva, si se tiene en cuenta que durante la gestión de Carlos Menem, el ministro del Interior Carlos Corach presentó un proyecto de reforma electoral, y otro tanto hizo el radical Federico Storani en el período de Fernando de la Rúa. En ambos casos sin éxito. Pero el antecedente de la elección uninominal reconoce antecedentes más antiguos aún. Por ejemplo en 1904, por primera vez se aplicó y gracias a este sistema llegó a la Cámara baja el primer socialista: Alfredo Palacios. Y se llegó a esto porque desde 1857 el sistema era de «lista completa», es decir que se adjudicaba todas las bancas el partido que sacaba más votos. El resto no existía. Creían, además, que la uninominalidad les aseguraría una mayor asistencia de independientes, algo que no ocurrió.
Es Juan Domingo Perón quien en vísperas de su reelección (1951) hace uninominal la elección en la Capital Federal -bastión opositor al peronismo de entonces-; un ensayo que fue calificado de «tramposo» y «fraudulento», porque la división en secciones fue amañada para facilitar el triunfo del oficialismo gobernante.
En 1912, cuando a instancias del presidente Roque Sáenz Peña, se aprueba la Ley General de Elecciones -la 8.871, conocida como ley Sáenz Peña-, se argumenta que «el presidente esperaba modificar las viciadas prácticas electorales del llamado 'sistema uninominal' imperante y hacer realidad la universalidad y transparencia del sufragio».
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