La coronación del cardenal Joseph Ratzinger como nuevo jefe de la Iglesia Católica promete mantener el «statu quo» en la relación del Vaticano con la Argentina, en el mejor de los casos. Ese vínculo se tensó como consecuencia del denominado caso Baseotto. El obispo castrense, Antonio Baseotto, utilizó una metáfora bíblica para censurar una propuesta del ministro de Salud Ginés González García, consistente en regalar preservativos como forma de prevenir el sida. El prelado sugirió que, por escandaloso, González García merecería ser tirado al mar con una piedra atada al cuello, como reza el castigo evangélico.
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La Santa Sede avaló a su obispo antes y después de que Néstor Kirchner le retirara su cargo de secretario (concedido para efectos protocolares) y el sueldo correspondiente. Esa estrategia agresiva, que se acompañó con un sobrio pronunciamiento hablando de que las decisiones del Presidente era ilegales, fue adoptada por un equipo político que encabezaban en Roma el cardenal Angelo Sodano (secretario de Estado) y su sustituto, el arzobispo argentino Leonardo Sandri. Fueron esos dos prelados los que forzaron al nuncio apostólico Adriano Bernardini a asumir posiciones menos conciliadoras que las que cualquier diplomático pretende adoptar en el país en el que le toca representar a su mandante. Entre esas posiciones está la de iniciar un recurso administrativo para que se revise la decisión del Presidente. Algo previsible en quienes habían denunciado la «ilegalidad».
¿Qué significa, en este contexto, el ascenso de Benedicto XVI para el gobierno de la Argentina? En principio, la persistencia del distanciamiento. Esto se debe a que el cardenal Joseph Ratzinger formó parte activa del mismo grupo que secundó a Juan Pablo II en la administración de la Iglesia durante las últimas décadas. Sólo que, en vez de estar abocado a cuestiones de gobierno, le tocó aportar a ese pontificado el trazo fuerte de una visión teológica ortodoxa o conservadora, como se prefiera denominar al magisterio ejercido desde la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Esta solidaridad de Ratzinger con su antecesor podría más allá de una simple simpatía o afinidad ideológica. Muchos observadores calificados suponían ayer, en Roma, que Karol Wojtyla tuvo el talento político suficiente como para gestar a su sucesor de manera muy min u c i o s a . Quienes miran así el cuadro señalan lo siguiente: los dos candidatos con más posibilidades a sentarse en la silla de San Pedro después de la muerte del polaco, Ratzinger y S o d a n o , cuentan con 78 años. Es decir, no fueron desplazados de sus cargos, a pesar de haber cumplido la edad jubilatoria, por una decisión deliberada de Juan Pablo II. Es imposible, por lo menos en esta instancia, conocer cómo circularon las corrientes de opinión y de preferencia dentro del cónclave. Pero hay quienes no descartan que esos dos « herederos» hayan reunido sus votos en la segunda votación estructurada del colegio cardenalicio. Si las versiones anteriores a la constitución del cónclave eran ciertas, Ratzinger ingresó a la Capilla Sixtina con 45 o 50 votos y Sodano con 20 o 30. Entre ambos podrían haber constituido una mayoría rápida que encarrilaría al nuevo gobierno en la orientación del anterior.
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