28 de enero 2008 - 00:00

Populismo impide a Scioli ''combatir'' a delincuentes

Daniel Scioli
Daniel Scioli
El gobernador de la provincia de Buenos Aires, Daniel Scioli, fue muy claro: «los más humildes me piden seguridad». No se trata, en efecto, de una reivindicación de «ricos».

Esta tampoco es la única área en la cual se siente la falta de una política de Estado pero en este caso el costo se paga en vidas. Sin embargo, frente a la ola delictiva descontrolada, el gobierno se comporta como espectador de una catástrofe natural, imprevisible e inevitable. Un tsunami. Ya lo dijo el Ministro de Justicia y Seguridad, Aníbal Fernández: «Es más simple apostar al tiempo».

¿Por qué no es posible una política de seguridad en la Argentina? Hay ejemplos mundiales que demuestran que se puede. Al caso de Nueva York, donde los homicidios se redujeron notablemente, pasando de 2.245 en 1990 a 494 en 2007, se agrega el de París, donde los robos con violencia se han reducido este año 11% y la delincuencia en general 3,6%. Hasta en Colombia, país afectado por el narcotráfico y la guerrilla, los secuestros políticos han prácticamente desaparecido y los extorsivos se redujeron de 3.000 en el año 2002 a menos de 200 en 2007.

El gobierno argentino niega el problema y ha llegado al colmo de no brindar estadísticas sobre el delito por -suprema ironía- «razones de seguridad». Es más fácil disfrutar de la bonanza fiscal que le ha procurado al país el boom de los commodities que ocuparse de problemas que exigen visión estratégica y políticas de largo plazo cuyos frutos quizá cosechen otros.

  • Excusa

  • Pero a la tentación de eludir los problemas se agrega una «excusa» ideológica. Un libro de título provocador, « Seguridad, la izquierda contra el pueblo», (Ed. R. Laffont, 2002), ahonda en las motivaciones de partidos y gobiernos de izquierda para no ocuparse de la inseguridad, «un tema de la derecha». Su autor, Hervé Algarrondo, es un periodista de izquierda, redactor en jefe adjunto de la muy respetable y progresista revista francesa «Le Nouvel Observateur». «La izquierda -acusa Algarrondo- ha olvidado sencillamente que las primeras víctimas del incremento de la inseguridad en los suburbios», son los trabajadores, la gente humilde. «En mi libro, ataco una ecuación totalmente falsa: que las medidas de seguridad son de derecha, incluso fascistas. Ese es el discurso de las elites culturales parisinas totalmente desconectadas de la realidad. En los suburbios el electorado de izquierda pide más seguridad, igual que el de derecha».

    En el discurso progresista, la lucha contra la delincuencia es asociada siempre a la privación de las libertades. Por ese motivo, dice Algarrondo, «la intelligentsia de izquierda sigue viendo en el más mínimo incremento de los poderes de la policía y de la justicia una amenaza a las 'libertades'».

    Es cierto que pueden producirse excesos en la represión del delito y que una vigilancia sostenida es necesaria para evitarlos, pero la inacción que es resultado de esta ideología genera males mayores. Una cosa es privilegiar las causas sociales en la explicación de la delincuencia, otra es faltar al deber de combatirla. La izquierda subestima los sufrimientos infligidos a los pobres por el ascenso de la delincuencia. Algarrondo evoca un ejemplo apropiado al caso argentino: «La inseguridad toca a los más desamparados (porque) ahoga a los servicios públicos». Si lo sabrán los sufridos trabajadores que deben usar los transportes públicos, actualmente deficientes e inseguros, y que no accederán al tren bala de la modernidad anunciado por el gobierno.

    Algarrondo le pone fecha a la fijación de este credo de lo « políticamente correcto en materia de seguridad». Es el Mayo francés (1968) y sus consignas libertarias: «Prohibido prohibir», «abajo el Estado policial», etc. También responsabiliza al desaparecido filósofo Michel Foucault, autor de «Vigilar y castigar» (1975), verdadera biblia del garantismo. «A los que roban, se los encarcela; a los que violan, se los encarcela; a los que matan, también. ¿De dónde viene esta extraña práctica y el curioso proyecto de encerrar para enderezar?», escribió Foucault. Siendo un hombre de izquierda, Algarrondo comete otra transgresión: defiende a la policía. «No se hará retroceder la inseguridad sin rehabilitar a la policía», sentencia y denuncia que para los intelectuales de izquierda «el nuevo proletariado son los delincuentes» y que, en consecuencia, consideran siempre «totalmente culpables a los policías, y totalmente inocentes a los jóvenes». La policía, en cambio, «necesita sentir al país detrás suyo. Para la intelligentsia (de izquierda), eso es algo inimaginable. Ella sigue sintiendo más compasión por los delincuentes que por las víctimas».

    Lo vemos en la Argentina de hoy, donde la vida de la gente, como tantos lo han experimentado en carne propia en este agitado verano, está «regalada».

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