Terminó con sordina la campaña para las primarias del domingo, atentos los candidatos a mostrarse prudentes en la exhibición de fuerza en un país conmovido por la tragedia de Rosario. Después de todo se trata de politica, una actividad que se nutre de ideas y proyectos pero que tiene su alimento principal en el deseo de poder de sus protagonistas. Mostrarse en la vidriera en el despliegue del deseo contradice el dolor colectivo, y eso da razón a la decisión de suspender las demostraciones de fuerza y optimismo que suelen animar los actos de cierre.
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Ese adelanto de la pausa que, en lo formal, rige desde las 8 de hoy, desnudó también las debilidades del sistema de primarias obligatorias para decidir candidaturas que debutó en 2011 pero que sigue siendo un modelo para armar. Ese sistema se debate en la Argentina desde hace más de una década, cuando el Gobierno de la Alianza preparó el primer proyecto de internas obligatorias y simultáneas, que navegó sin luces en el Congreso hasta que lo retomó tímidamente la gestión Duhalde y lo perfeccionó el ciclo Kirchner con una médula doctrinaria nueva: la estatización del sistema de elección de candidatos, algo que hasta la ley de 2011 estaba reservado al ámbito privado de las cartas orgánicas de los partidos.
En este segundo round de las primarias, el sistema no termina de cumplir la intención de todos los proyectos desde 1999: inducir el debate interno en las fuerzas políticas de manera de construir candidatos fuertes en un país que vive una crisis política que puede describirse como una pérdida colectiva de poder: no lo tienen los dirigentes, ni los partidos, ni los gobiernos ni quienes se les oponen. Las elecciones del domingo son, en líneas generales, un festival de la lista única -camino elegido por la mayoría de las fuerzas- y la disputa de candidaturas en cada alianza parece casi una excepción que destella en la pelea interna de la liga UNEN en Capital (radicales vs. Carrió-Solanas). (Ver detalle en págs. 12 y 13.)
En el escenario grande de la provincia de Buenos Aires, adonde parece disputarse el espacio de poder decisivo para 2015, la primaria sólo cumple el propósito primario del sistema: habilitar candidatos. La pelea política le agrega un ingrediente no escrito pero que pasa al primer plano: los tres peronismos (Insaurrale, Massa, De Narváez) y sus adversarios de la liga UCR-FAP pelean por mostrar el domingo a la noche cuánta gente lograron movilizar a las urnas. Una pelea decorativa, ligada más al marketing de cara a las legislativa del 27 de octubre, que termina proporcionando al público el resultado de una gran encuesta de intención de voto.
Los partidos y sus estrategas actúan con la hipótesis de que los votantes se desvelan por saber ese resultado de la gran encuesta porque querrán votar a quien tiene mayores chances de ganar. La captura de ese hipotético voto de oportunidad justifica que los candidados festejen el domingo un resultado inoperativo para la pelea decisiva de octubre, que sólo tiene interés para montar las campañas que comienzan el lunes. En la Argentina de la crisis política los partidos son una carpeta en los juzgados electorales; por eso el resultado que logren el domingo se anotará en la fuerza o la debilidad de los caudillos que integraron las listas. Este personalismo es comprensible porque se trata de una elección de bancas en el Congreso y es la oportunidad para que las estrellas de la política vean cuánta fuerza logran para esa pelea de octubre.
En esta elección, como ocurre en la Argentina de la última década, se aplica una ley electoral con novedades; es otro signo de la crisis del sistema político que no haya un reglamento estable que se aplique en todos los turnos y al que deben adaptarse los partidos. Hay una legislación a la carta que modifica esta vez, desde la primaria del domingo, la confección de las boletas, el voto de los 16 años, la reglamentación restrictiva para la designación de los fiscales y la forma de registrar la obligación del voto (final al sello en el DNI; debut del troquel). Pudo haber más novedades si hubiera prosperado el proyecto oficial que naufragó en la Corte de colgar listas para integrar el Consejo de la Magistratura.
La elección del domingo y la de octubre será el banco de pruebas para el sistema que seguramente será revisado por el Congreso para la próxima. No sólo por esa pulsión reformista de jugar en cada turno con una legislación electoral a la carta. También porque el sistema es confuso, complejo, intrincado. Esta semana se publicó un sondeo de la Universidad de Belgrano que arroja que sólo un 40% del público de Capital Federal (uno de los más informados y politizados del país) sabe qué y cómo se vota el domingo. El sentido común moverá por eso a nuevas reformas porque no sólo el público se confunde; también los candidatos se marean con esa complejidad. Lo ilustra el caso de Eduardo Amadeo, de quien hasta anoche se emitía un spot pidiendo el voto para él y para los Rodríguez Saá, cuando hace más de 10 días que se bajó y plegó en apoyo de Sergio Massa. Ese spot remata con un pedido de Amadeo: no se equivoque en el voto. Debió agregar la confesión de que el primer equivocado era él.
Cualquiera intentará que se verifique otro propósito incumplido de todos los proyectos de primarias obligatorias y simultáneas desde 1999: evitar la dispersión de partidos y candidatos. Los inspiradores de la idea en los partidos grandes -peronismo y radicalismo- han buscado en vano una vacuna para los disidentes que pierden una elección interna y se van por afuera del partido. La herida más grave que recibieron PJ y UCR en los años 90 fue la aparición del Frepaso, fuerza que se alimentó de los candidatos derrotados en las internas de esos partidos que buscaban una segunda oportunidad para competir. Eso dio origen a la broma de llamar al Frepaso "Me-Paso".
La vacuna no ha funcionado porque sigue habiendo zona liberada para la lista única y los candidatos que se sienten afuera del acuerdo de sus fuerzas eligen ese recurso para evitar el castigo. Es lo que hace Sergio Massa al buscar fortuna por afuera del Frente para la Victoria, que no le daba lo que él quería. Lo ilustra su socio Darío Giustozzi, que anotó una agrupación en el Frente Renovador massista y también en el FpV. Por las dudas.
Con ese sistema aún en estado gaseoso, un público consternado por Rosario y sin saber muy bien qué se vota, el país va el domingo a las urnas en unas elecciones en las que además se disputan espacios de poder decisivos. Si la primera del 11 es la antesala de las generales del 27 de octubre, ésta será el preámbulo de las presidenciales de 2015 en un país en donde se agotaron los mandatos de su Presidente, el peronismo desató el debate sobre qué es un fin de ciclo y cómo salvarse, y la oposición busca una nueva oportunidad de poder.
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