23 de septiembre 2004 - 00:00

Puja Lavagna-De Vido divierte a los trotskistas

El conductor real del trotskista Partido Obrero, Jorge Altamira (que además de actor incursiona en las ciencias económicas), brindó en el último número del periódico partidario «Prensa Obrera» un comentario editorial sobre la puja entre Roberto Lavagna y Julio De Vido por la renegociación de contratos con las empresas concesionarias de los servicios públicos que pone el acento en un tema poco analizado: la disidencia sobre el control de las inversiones de esas compañías. De paso, Altamira se solaza con el argumento del Kirchner que pelea en público, pero paga puntualmente sus deudas, algo que le parece ominoso. Aquí, lo principal del comentario de Altamira.

El choque entre Lavagna y De Vido por la negociación de los contratos con las empresas privatizadas constituye el prólogo de una crisis política de conjunto. La cuestión de fondo tiene que ver con el pago de la deuda externa en defol por 140.000 millones de dólares (100.000 millones de deuda pública y 40.000 millones de deuda externa privada).

El conflicto tiene otra faceta importante, porque mientras De Vido pretende una intervención del Estado en la determinación de las inversiones en los servicios públicos, Lavagna plantea que esas inversiones son un resorte propio de los pulpos. El enfrentamiento tiene lugar luego de que ha quedado comprobado el fracaso de los fondos fiduciarios que se pretendieron crear para financiar esas inversiones, con aportes tanto privados como estatales.

El gobierno ha dejado al desnudo toda su impotencia ante el sabotaje de los monopolios internacionales, que se niegan a contribuir a este esquema. A la luz del conflicto Lavagna-De Vido, resulta claro que el acuerdo final con los acreedores internacionales no tendrá lugar sin una crisis de gobierno. Del lado de Lavagna se encuentra Duhalde; en una reunión que se había mantenido en reserva, Duhalde le había evidenciado a Kirchner su preocupación por el ritmo y el modo que adoptó el gobierno para cerrar definitivamente la salida del defol.

Por eso, la arremetida en los últimos días de los acreedores internacionales, e incluso del FMI, contra las propuestas oficiales no refleja de ningún modo la inminencia de una ruptura, sino la certeza de que el acuerdo sobrevendrá a partir de una crisis política. Cediendo y cediendo.

Desde la propuesta inicial de una quita de 75% del valor de la deuda, las concesiones al capital financiero internacional han sido numerosas. Se le agregó, meses después, el reconocimiento de 25.000 millones de dólares por intereses impagos (resultado de tasas usurarias de 13% anual) y fueron nombrados como asesores del gobierno tres pulpos bancarios, incluido Merrill Lynch, que había negociado el endeudamiento de la Argentina bajo Cavallo.

Con estas «mejoras», se ha calculado que la «quita» no superaría 40%-50%. Pero, ahora, Lavagna ha tirado otra promesa más: el Estado intervendría para mantener elevada la cotización de la deuda que reemplace a la actual, mediante recompras de bonos. Esto equivale a pagar una parte de la deuda en efectivo, sin necesidad de que se modifique el superávit fiscal que se establezca en el Presupuesto.

Si a esto se agrega el aporte estatal a las AFJP, de 1% del PBI, el superávit previsto llega a 5%, por arriba del de Brasil, presentado como ejemplo por el FMI. El monto de este porcentaje en dinero podría incluso variar como consecuencia de una caída del dólar o de la inflación; en el primer caso, crece el importe en dólares relativo a una misma cantidad de pesos; en el segundo caso, crece el monto en pesos y, por lo tanto, en dólares
.

Desde la declaración del defol,
Duhalde, primero, y Kirchner, después, cancelaron deuda con el Fondo por unos 8 mil millones de dólares. Para un país con 6 millones de desocupados y subocupados, y 15 millones de pobres, no deja de ser una «hazaña» de neto corte «nacional y popular».

La confianza en un arreglo de la deuda está demostrada por el aumento de la cotización de los títulos que la representan, tanto de los que están en defol como de los emitidos a partir de 2002 para «compensar» a los bancos (30.000 millones de dólares). La misma suba se registra en la Bolsa.
El dólar no sube, como ocurriría en caso de una ruptura de la negociación, porque están entrando capitales para comprar esos títulos. Los especuladores saben muy bien que el gobierno necesita que suba la cotización de la deuda nueva para conseguir intereses bajos cuando deba renegociarla el año que viene, en que vencen unos 4.500 millones de dólares. La burguesía está haciendo fortunas con la deuda, como en la edad de oro del menemismo.

La mitad del superávit fiscal de 2004, unos 7 mil millones de dólares, fue depositada en los bancos, que pagan tasas de interés ridículas. El 90% del crecimiento de esos depósitos viene del Estado. Los bancos han recolocado ese dinero en títulos de la deuda, que rinden cinco veces más (en préstamos a particulares rinden quince veces más).

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