Retos a la prensa con aire de capitulación
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Agua en el desierto; Julio Pereya, jefe de la tribu de intendenteskirchneristas, le surte el refresco a un Alberto Fernández que ya sabía cómo venía el partido. Minutos más tarde, la capitulación.
La cita en el salón Buenos Aires convocó a medio gabinete y a buena parte del consejo nacional del PJ, todos operando celulares con llamadas y mensajes simulando esfuerzos de convocatoria para el acto de la Plaza de Mayo de hoy. «Se me acabaron los micros», susurraba uno en voz alta; « necesito más taxis», reclamaba otro con el tono lo suficientemente alto para que lo escucharan todos. Cuando arrancó la conferencia el clima era irrespirable por el calor. «¿Aire? Que se ahoguen los periodistas», gritó un militante desde el fondo. Adelantados de la organización, Juan Carlos Mazzón, Juan Carlos Dante Gullo (que celebra desde hace años con entusiasmo todo lo que pasa), Juan Mussi, Hugo Curto (más serios que nunca), Jorge Landau, Dante Dovena, Carlos Kunkel (con atuendo del campo, tipo cardón, pañuelo con broche de hueso), José Pampuro, José María Díaz Bancalari, Eduardo Luis Duhalde, Omar Viviani, Julio Piumato, Héctor Recalde, Graciela Giannettasio (también sonríe siempre, pase lo que pase), José López ( secretario de Obras Públicas, maneja tanta plata que se abre la gente cuando pasa y todos le acercan una silla), recibieron a la troupe principal: Kirchner, Daniel Scioli (con gesto de yo no estoy aquí), Alberto Balestrini, Hugo Moyano, el desgastado Alberto Fernández, Julio De Vido, Julio Pereyra, Martín Granovsky, Agustín Rossi y, entre otros, Juan Cabandié, que mira todo como si no entendiera en dónde está.
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Esa mezcla insana que hace el peronismo de partido y gobierno (cuando lo ejerce, claro) dio lugar a situaciones desopilantes que seguramente darán trabajo a algún abogado denunciante: los periodistas eran acreditados en una mesa antes de ingresar. Pedían nombre, apellido y número de teléfono celular. ¿Para qué? Para hacer una cadena de mensajes, respondió la promotora. ¿Quién hace esa acreditación. Miró a una compañeray respondió: «Presidenciade la Nación». Era un acto del PJ, pero quien tomaba los datos era el gobierno.
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Tan marcado está el libreto con la prensa que los ataques a «Clarín» contrastaron con el «Hola Fabián» con el cual saludó el ex presidente a un enviado de C5N (cadena de cable) quien le hizo las preguntas más acomodadas al tono de la tarde: el repudio a D'Elía y la reivindicación de Eduardo Duhalde. «No creo que esté en ningún complot». En otro pasaje agregó: «Mentiría si dijese que Duhalde me puso problemas para gobernar. Ayudó siempre, aunque hemos discrepado».
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Kirchner es un caso singular de personalidad política. Tiene un lejos crispado, agrio, sarcástico, como si no quisiera captar el afecto del público. Retó a periodistas, dio a entender que ésta era la primera y última conferencia de prensa que daba. Pero en el trato corto, cercano lo gana más el humor, nadie diría que puede ser afectuoso, pero rinde esa coraza de malhumor. Sobre el final de la charla estuvo chancero, con humor para contar sus confusiones con los gemelos De Angeli («Cuando fui a Entre Ríos, venía un tipo que me criticaba, pero después otro, igualito, que me abrazaba. ¿Cómo es esto, le pregunté al senador Guastavino? ¡Son mellizos! me dijo»).
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El rap del ex presidente no se movió una palabra de todo lo que ha dicho el gobierno desde que comenzó la pelea con el campo. Que las retenciones existen para desacoplar los alimentos de los precios internacionales, que los activistas del campo desestabilizan al gobierno, que la prensa ataca al gobierno con ánimo también golpista. Cuando terminaba la exposición ya era todo tan raro que en el aire había un clima de capitulación. ¿Para qué tanta insistencia en los mismos argumentos, los mismos insultos, los mismos actos? Pocos minutos más tarde Cristina de Kirchner anunciaba la rendición con el envío al Congreso del proyecto de ley de retenciones, algo que venían pidiendo las entidades del campo y la oposición, que juntaba firmas para forzar esa misma iniciativa. El final con jaleos de la barra a algunas preguntas elegidas por el animador Scoccimarro hizo recordar a otros actos en la cápsula del poder. «¡Guerrero!», gritaba uno. «¡Viva la patria!», replicaba otro. El nervio hizo recordar a otros actos terminales del peronismo, por ejemplo, de Carlos Menem cuando pedía cantos a la hora de la rendición y entusiasmaba con símbolos a una tropa a la que llevaba a la desmovilización. Una película que habían visto ya la mayoría de los periodistas y también de los funcionarios presentes, curtidos más en batallas perdidas que ganadas.




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