2 de junio 2008 - 00:00

Revisa el gobierno teoría oficial sobre tragedia legendaria

Uno de los comandos de la Fuerza Aérea cruza el río Banano, inicio de la expedición. Llevaban55 kilos de pertrechos en la mochila para 13 días de exploración. Penetraron selvacostarricense nunca antes recorrida por el hombre.
Uno de los comandos de la Fuerza Aérea cruza el río Banano, inicio de la expedición. Llevaban 55 kilos de pertrechos en la mochila para 13 días de exploración. Penetraron selva costarricense nunca antes recorrida por el hombre.
Por primera vez en 42 años, la Fuerza Aérea decidió participar en una investigación que modificaría la voz oficial sobre el lugar del accidente del avión Douglas DC-4, matrícula TC-48. El 3 de noviembre de 1965 el Douglas DC-4 de la Fuerza Aérea Argentina desapareció luego de despegar de la base Howard, en Panamá, con destino a El Salvador. El legendario avión escuela de los pilotos militares se perdió con toda una camada de jóvenes cadetes (59) de la Escuela de Aviación Militar y nueve tripulantes.

El sumario de entonces estableció que la máquina cayó al mar Caribe y que no hubo elementos concluyentes para suponer que sufriera otro destino. Luego de cuatro décadas, con el aval del gobierno nacional, el jefe de Estado Mayor de la Fuerza Aérea, brigadier general Normando Costantino, designó a dos oficiales comandos, el capitán Cristian Haller y el teniente Arturo Bulacios, que participaron de la expedición humanitaria organizada por Marcos Adamson, profesor de la Universidad de Costa Rica, en búsqueda de los restos del TC-48 en la selva costarricense. Tras casi diez días de rastreo el grupo expedicionario no localizó nada y se replegó para organizar una nueva incursión en junio próximo.

El desastre del TC-48 estuvo inmerso desde que ocurrió, como sucede en los grandes accidentes aéreos, en la incertidumbre y las especulaciones tendenciosas. Parte de ellas responsabilizaba a las autoridades militares de entonces por descartar la hipótesis de la caída del aparato en la selva de Costa Rica. Antes de esta nueva expedición, y para no generar falsas expectativas, la Fuerza Aérea convocó a los deudos al edificio Cóndor y les brindó detalles de la operación y los nuevos indicios.

  • Primera fase

  • La decisión del jefe de los aviadores implica un cambio rotundo en la posición que la Fuerza sostuvo acerca del lugar donde se perdió la aeronave. La primera fase de la Operación Esperanza, como se llamó esta misión humanitaria, se cumplió del 10 al 26 de mayo y también participó la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE).

    La tecnología disponible ahora jugó un papel importante en la intentona, ya que el grupo encabezado por Adamson basó su plan de búsqueda en la posición geográfica proporcionada por un instrumento de localización satelital (GPS). El punto dato lo dio un cazador que dijo haber visto restos de lo que sería el fuselaje de un avión en el sur de la zona montañosa y selvática de Costa Rica y marcó el presunto hallazgo en su GPS.

    Estos equipos tienen una precisión cuya tolerancia redondea el metro. Con esa nueva ubicación geográfica se requirió luego a la CONAE la obtención de imágenes satelitales del área circundante, que se analizaron en el gabinete de fotointerpretación de la Fuerza Aérea Argentina.

    El indicio tenía consistencia suficiente y el alto mando de la Fuerza Aérea organizó el plan de cooperación con los expedicionarios costarricenses. El gobierno autorizó el alistamiento de un avión Hércules, un helicóptero Bell 212 y se gestionó ante el secretario de Derechos Humanos, Eduardo Luis Duhalde, la participación del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) para proceder a la identificación de posibles restos humanos que pudieran encontrarse en la zona.

    El esfuerzo humanitario para esclarecer y cerrar el capítulo más doloroso en la historia de los accidentes de la Fuerza Aérea encontró su peor enemigo en la naturaleza. El rigor climático -lluvias y niebla permanente-, la agresividad del terreno, selva impenetrable, y la casi absoluta ausencia de luz diurna por la altura de los árboles y la espesura del sotobosque, complicaron la operación. El capitán Haller, un comando con experiencia en terrenos agresivos, dijo a este diario que el avance en la selva fue muy lento: «a duras penas pudimos cubrir un área de un kilómetro en 13 días de marcha».

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