25 de junio 2001 - 00:00

Se apuró el Presidente a disfrazar traición de Cafiero (h) en Salta

Juan Pablo Cafiero desató otra crisis dentro del gabinete nacional: hizo su propia maniobra de imagen, viajó a Salta a negociar con activistas que tienen orden de captura del juez federal de la provincia y explicó su conducta delante de los diarios diciendo: "Me reúno con piqueteros así como en la Casa de Gobierno reciben a corruptos y traficantes de armas". Con su comportamiento, el ministro Cafiero dañó al oficialismo más allá de la ventaja de imagen que pudiera sacar con conductas demagógicas. En primer lugar, agitó el fantasma -de nuevo-de un Frepaso disidente que hace escarnio del mismo gobierno que integra. En segundo lugar, convalidó un modo de protesta que inquieta hoy a los que conocen el país y hace pensar en un nuevo tipo de protagonista: agitadores violentos que hacen pensar en alguna forma de infiltración. No tanto la que podría provenir de la guerrilla colombiana, sino una más novedosa, que tiene que ver con la expansión del activismo "bolivariano" del venezolano Hugo Chávez, que financia grupos afines en el Cono Sur. Chávez se sueña el heredero de Fidel Castro y ha comenzado a inquietar a todos los gobiernos de la región. Ayer, durante toda la tarde, De la Rúa estuvo reunido con Cafiero y parte de su gabinete en Olivos. El ministro del Frepaso dio excusas insólitas, como que "cuando dije que en la Casa de Gobierno reciben a corruptos hablaba de la de Salta" y se escondió también en que "los periodistas me tergiversaron". Se burló de quienes temen por un rebrote de violencia, porque "los piqueteros son gente pacífica que hasta se ha hecho cargo de la limpieza de General Mosconi". Casi un grupo hippie. El Presidente quiso creer en esos pretextos, más temeroso de que la interna que se abrió en su equipo quede expuesta que de la desautorización -una más-que Cafiero le impuso a su autoridad.

Juan Pablo Cafiero se sentó anoche a la mesa de Fernando de la Rúa, durante el agasajo que le brindaron en Olivos al presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Enrique Iglesias. Y no fue la última cena, en esa casa, del ministro de Desarrollo Social, aunque su intervención en la crisis salteña tuviera todo el aspecto de una traición al Presidente y a sus colegas. Sin embargo, después de varias horas de tertulia en la residencia, ayer por la tarde, De la Rúa decidió disimular que su ministro se cortó solo, violó los acuerdos alcanzados entre la Nación y el gobierno local de Juan Carlos Romero y coronó su gira con un escándalo periodístico que hizo mentar en la casa presidencial a la «sombra terrible» de Carlos Chacho Alvarez.

Cafiero, siguiendo una tradición familiar, ofreció un largo solo a los diarios del domingo castigando al gobierno del que forma parte. Castigó en «Página-12» diciendo: «Si en la Casa de Gobierno reciben a corruptos ¿yo puedo reunirme con piqueteros?». También señaló: «Las calificadoras de riesgo son corruptas, ¿y esos tipos no están en los despachos oficiales?».

Es cierto que ayer, durante una reunión de la que participó junto con De la Rúa, Chrystian Colombo, Domingo Cavallo, Nicolás Gallo, Armando Caro Figueroa y el secretario de PyMEs Enrique Martínez, Cafiero acusó al diario de haber tergiversado sus dichos y prefirió los que había publicado «La Nación», bastante más moderados. Claro, alguien le preguntó si, en efecto, había dicho si en la Casa de Gobierno se recibía a corruptos, y él contestó que se refería a la de Salta.

Malentendido

De la Rúa respiró aliviado, apresurado por aceptar las excusas y evitar otra crisis. Lo de Cafiero había sido -se quiso creer-una especie de malentendido que, durante el sábado y la mañana de ayer, había hecho temer por una nueva ruptura similar a aquella que produjo el ex vicepresidente Alvarez en octubre pasado.

En rigor, el clima cambió sobremanera en el entorno del Presidente. El sábado, uno de los más activos integrantes de ese círculo estrecho había sugerido a las autoridades salteñas que hicieran algún gesto para que el juez federal Abel Cornejo citara a declarar al ministro de Desarrollo Social por haberse entrevistado con dos activistas, «Pepino» Fernández y «Piquete» Ruiz, que tienen orden de captura dictada por ese magistrado.

Además, al lado de De la Rúa se despotricaba contra Cafiero, porque, según decían, se había acordado con el gobernador Romero intervenir en conjunto y sólo después de que estuviera despejada cualquier situación de tensión. El ministro, sin embargo, no resistió la tentación pasablemente demagógica que le permitiría quedar bien parado, incluso a costa del prestigio de sus colegas. El estado de ánimo que provocó Cafiero con sus dichos y comportamientos lo puso de manifiesto Patricia Bullrich, cuando dijo: «Yo no recibo a corrputos ni sé de nadie del gobierno que lo haga». Pero ayer todo parecía despejarse.

En Olivos, Cafiero explicó que si había ido a Salta fue para cumplir con una recomendación del arzobispo de Orán, Antonio Lugones. El ministro ha hecho de sus relaciones con la Iglesia -sobre todo con los obispos Justo Laguna y Jorge Cassaretto-una clave de su gestión. Por eso, el llamado de monseñor Lugones fue una orden a la que respondió tan solícito que olvidó avisarle al Presidente que iría a la zona de los hechos. Ya en la capital salteña, subido a un helicóptero que le ofreció el gobernador, se dirigió a Tartagal, pero, en medio del viaje, dio orden de bajar en General Mosconi. Fue en ese pueblo donde se encontró con «Piquete» y «Pepino», los dos piqueteros a los que el juez quiere ver presos.

Cuando rindió cuentas en Olivos, ayer, «Juampi» dio su propia versión de los revoltosos. Explicó que se trata de «gente que se hizo cargo de la ciudad, porque el interventor que puso el gobernador abandonó el lugar; ellos limpian hasta las calles. Son gente sufrida, que tiene conocimiento del problema social». Ya en los diarios había desautorizado a los integrantes del gobierno que se preocuparon por la aparición de brotes de violencia y, todavía ahora, analizan la posibilidad de alguna infiltración. No tanto la convencional, proveniente de la guerrilla colombiana. Ramón Mestre llegó a hablar de «guerrilla urbana».

Nuevo fenómeno

En los organismos de seguridad e inteligencia, se comienza a enfocar hacia un nuevo fenómeno: la expansión hacia el Cono Sur del activismo «bolivariano» del gobierno de Hugo Chávez, el presidente venezolano que se percibe como heredero de Fidel Castro y ha comenzado a financiar operaciones en otros países de América latina. Sin embargo, Cafiero presentó ayer en Olivos a los piqueteros como hombres incapaces de matar una mosca, por más que la Gendarmería haya sufrido un ataque que no se verificaba desde hace más de una década.

En la reunión de Olivos, se decidió ocultar o, por lo menos, disimular la crisis interna desatada por Cafiero y que se expresó no sólo en las palabras públicas de la ministra Bullrich. El hiperactivo secretario privado de De la Rúa, Leonardo Aiello, se comunicó con el gobernador Romero durante el fin de semana y le manifestó: «Cafiero se cortó solo, no sabemos ni por qué lo hizo y viajó sin avisarle al Presidente».

Sin embargo, ayer, De la Rúa prefirió quedar descolocado antes que admitir que se había reabierto una crisis en su equipo. El Presidente, igual que el ministro Ramón Mestre, había combinado con el gobernador de Salta que no habría intervención alguna sobre el terreno hasta tanto se pacificara el lugar y se capturara a los que el juez busca. El ministro de Desarrollo Social ignoró ese criterio y sacó ventaja ante sus pares, criticando al propio Presidente con el argumento: «Yo construyo mi autoridad sobre valores, y otros la construyen sobre la represión».

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