La sucesión en el Senado, al margen de su importancia institucional, como se sabe adquiere mayor relevancia porque el país carece de vicepresidente por la deserción de Carlos Chacho Alvarez. Y como sucede todo en la Argentina, hay seguridad sobre los que no van a ir (Eduardo Duhalde, Raúl Alfonsín, Rodolfo Terragno, Eduardo Menem), pero ninguna sobre quién puede ir. En la línea constitucional, el nuevo titular de la Cámara alta cumplirá esa función como hasta ahora la ejerció el misionero Mario Losada, a quien se le hace cuesta arriba conservar el cargo debido a que, si bien fue elegido en su provincia, la banca que ganó fue por la minoría (además, la simpatía que antes producía en el Ejecutivo se destiñó últimamente). Pero no conviene olvidar --aunque fue una contingencia-que la vicepresidencia virtual del país que hoy presume fue obtenida con un segundo puesto en Misiones.
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En rigor, la nominación debe provenir del bloque mayoritario (justicialista), el que ahora es más numeroso y entonces le cedió esa responsabilidad a la Alianza o radicalismo para no complicar a Fernando de la Rúa (se supone que el suplente del primer mandatario debe ser de su propio partido por una cuestión de confianza). Es obvio que algo cambió en los meses recientes: el peronismo ha sido de mayor confiabilidad para el gobierno que sus propios aliados, al menos le permitió sacar todas las leyes que propuso, algunas atrevidas como la de los «superpoderes». Aun así, De la Rúa preferiría que su eventual reemplazante en la Casa Rosada sea un hombre del radicalismo.
Pero no tiene muchos adscriptos a su entorno y, por otra parte, algunos justicialistas -caso Eduardo Duhalde-sostienen que a ellos no les corresponde ese lugar por la estabilidad institucional. Declaración pública, claro, pues en privado lo que teme el ex gobernador es que el Presidente le haga firmar a sus rivales medidas que él no desea convalidar o cederle situaciones apremiantes si el país entra en crisis. Pero este criterio no es avalado por el resto de los peronistas, muchos de ellos interesados en ese cargo, pero más en resolver por sí mismos una situación difícil aunque los comprometa políticamente. Allí, entonces, se encuentra el nudo del problema: decide el PJ en exclusividad.
• Veto
Por lo tanto, si determina no ocupar ni por placer la vacante presidencial cuando De la Rúa viaja, seguramente sí tendrá la capacidad de veto. Y, en ese aspecto, la suerte de Losada trastabilla: su rival provincial, Ramón Puerta, se ha disgustado con la utilización que hizo del cargo para enfrentarlo en la última elección y no desea que eso se vuelva a repetir. Por el contrario, él mismo se postula como representante del PJ para sucederlo en la cabeza del Senado. Si prospera el veto de no designar ningún radical que haya salido segundo -ni siquiera al mendocino Raúl Baglini, hombre que más o menos satisface a todo el mundo-, las posibilidades se le comprimen extremadamente a De la Rúa, en el caso de que tuviera alguna preferencia. Porque jamás desearía que vaya Rodolfo Terragno y, aunque le gustase Gerardo Morales (Jujuy) debido a que lo conoce y lo tuvo como funcionario, parece que éste no da la medida para el cargo. Tampoco el chaqueño Eduardo Moro avanza: está demasiado pegado al gobernador Angel Rozas. En otra situación se encontraría Carlos Agúndez (San Luis), un segundo también, pero que ostenta experiencia en el Senado y bastante relación con los opositores, ya que éstos siempre respetan a los que tienen eternamente abajo. Otra figura a observar es al ex gobernador de Chubut, Carlos Maestro, nombre a quien De la Rúa le reserva más de una confidencia.
Claro que todo esto se encarrilará si los justicialistas conceden y conviven entre ellos, cuestión hasta ahora no aclarada: está pendiente la discusión si le ceden a De la Rúa el cargo o se lo quedan ellos. Tanto Carlos Menem como Duhalde en extra-ña coincidencia se han pronunciado por la entrega de la titularidad, pero no se pronunciaron otros dirigentes y gobernadores, más bien remisos. Sólo Puerta, al margen de su problema personal con Losada, manifestó la conveniencia de que el PJ ocupe ese expectante lugar. No lo hizo porque se trate de un solitario, sino porque lo acompañan otras voces. Inclusive, hasta De la Rúa no vería con malas ojos esa alternativa: el misionero ha sido el enlace más eficaz entre la oposición y el gobierno, tanto que algunos dudan de a quién representa cuando habla.
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