6 de enero 2005 - 00:00

Silencio ante un drama le costó caro a Putin en 2000

El presidente ruso, Vladimir Putin, el 12 de agosto de 2000, junto a la viuda y la hija del comandante del submarino nuclear Kursk, hundido en el Mar de Barents. Fue un gesto del mandatario para revertir las críticas a su inicial indiferencia ante la tragedia.
El presidente ruso, Vladimir Putin, el 12 de agosto de 2000, junto a la viuda y la hija del comandante del submarino nuclear Kursk, hundido en el Mar de Barents. Fue un gesto del mandatario para revertir las críticas a su inicial indiferencia ante la tragedia.
Las declaraciones de ayer de Néstor Kirchner, en las que reivindicó de modo desafiante la actitud distante que mantuvo durante los días posteriores a la tragedia de la discoteca de Once, recordaron los daños que se autoinfligió el presidente ruso, Vladimir Putin, al justificar su ausencia tras el hundimiento del submarino Kursk el 12 de agosto de 2000 en el Mar de Barents.

Ambos casos presentan algunos paralelismos notables. Como Kirchner, Putin se había tomado unos días de descanso cuando se desató el drama. Había viajado a Sochi, un balneario en el Mar Negro, donde permaneció cinco días en silencio a pesar de las cada vez más indignadas críticas de la prensa y los familiares de las 118 víctimas del submarino. Sólo regresó al Kremlin cinco días después y se tomó cuatro más para concurrir al puerto de Murmansk, en el norte de Rusia, para supervisar las tareas de rescate del submarino.

«Cuando supe del accidente mi primer deseo fue tomar un avión e ir a la zona. Pero me contuve y creo que hice lo correcto, ya que la llegada de personas no especializadas y de altos funcionarios no habría sido de ayuda y, al contrario, habría molestado»,
dijo en su primera declaración.

Por supuesto, tal como se escuchó ayer al presidente argentino, apeló también al infaltable ataque a la prensa, que en los días previos se había hecho eco del dolor de los familiares de las víctimas por lo que entendían como un abandono por parte del Kremlin. «Los oligarcas rusos y sus medios de comunicación usaron este caso con fines personales, para atentar contra la moral de la Armada y para atacar a Rusia, lo que es peligroso», disparó.

Obviamente, semejantes declaraciones no alcanzaron para despejar la tormenta política que lo rodeaba, atizada por los tropiezos de la Armada para sacar a flote al submarino (y, acaso, encontrar sobrevivientes), por el rechazo oficial a la ayuda ofrecida por varios países de Occidente para dicha tarea y por el temor a que los componentes nucleares de la nave siniestrada contaminaran seriamente la zona del hundimiento.

«Cómo puede el presidente de Rusia permitirse ignorar tan flagrantemente una tragedia semejante»,
se preguntó el influyente diario «Izvestiya». «Los reflejos de la elite rusa no han cambiado en los últimos 10 o 15 años. Lo primero que hacen es ocultar la verdad», siguió lanzando el que, acaso, sea el peor insulto para un líder de la Rusia contemporánea: compararlo con los presidentes de la nefasta era comunista.

«¿Cómo es posible que se le haya ocurrido mantenerse mudo durante cinco días mientras toda la nación se consumía en un solo pensamiento: se podrá o no salvar a los marinos», dijo en la misma línea el popular «Komsomolskaya Pravda». Semejante revuelo hizo que la popularidad del presidente, del orden de 83% en sus primeros cuatro meses de gestión, descendiera bruscamente a 60%.

Mientras la presión de la opinión pública seguía en aumento, la mayoría de los familiares de las víctimas boicoteó el 24 de agosto el funeral oficial. Putin decidió entonces mostrarse más sensible y recibir a los furiosos deudos de los marinos muertos y, semanas después, terminó haciendo un mea culpa que, al menos, diluyó algo la sensación de indiferencia que había dejado al comienzo de la tragedia.

«Ahora creo que debería haber regresado a Moscú, aunque nada hubiese cambiado. En Sochi tenía el mismo nivel de comunicaciones que en Moscú, pero desde el punto de vista de las relaciones públicas podría haber demostrado un deseo especial de regresar»,
admitió.

Más allá de la tradición de secretismo que ha rodeado históricamente a la elite política de Rusia, desde los zares hasta la democracia actual, pasando por la larga noche soviética,
había en el caso elementos que, de alguna manera, explicaban la actitud de Putin y que no están presentes en lo que ocurrió en laArgentina. Por un lado, el hundimiento del Kursk implicaba un riesgo de pérdida de secretos militares. Por eso la ayuda estadounidense para reflotar al submarino fue evitada por el Kremlin. Además, el caso cuestionaba seriamente el nivel de mantenimiento y el poderío de la flota rusa, algo particularmente delicado para un país que desde la era de los zares y aún hoy, pese a su empobrecimiento que dejó el colapso del comunismo, se ha visto a sí mismo como una potencia militar global. Por último, la doble explosión registrada en el submarino no permitía descartar en los días posteriores a la tragedia la hipótesis de un atentado de matriz islamista, algo delicado para un presidente que había construido su poder sobre la base del éxito de sus impiadosas estrategias antiterroristas.

Por supuesto, ninguna de estas cuestiones de alta política se dieron en el caso de la disco
República Cromagnon. las especulaciones, en el caso argentino, parecen bastante menores. Por eso es más difícil explicar aquí el silencio oficial.

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