La «concertación» que viene lanzando el gobierno está todavía por definirse en sus alcances, protagonistas e intenciones. Pero antes de que esos interrogantes tengan respuesta, ya está tomando forma como una operación de ingeniería electoral. Néstor Kirchner asumió para sí la tarea (como en tantos otros campos) de gestionar una alianza con gobernadores e intendentes radicales para que en sus distritos esos dirigentes apoyen la candidatura del gobierno nacional en las elecciones de 2007. Este curso de acción parece acelerarse más de lo debido. Sobre todo porque todavía no se despejaron las dos grandes incógnitas de las que depende el acuerdo que se teje con esos caudillos. Es decir, para que pueda haber un acuerdo con los radicales con vocación de aliarse al gobierno, el Presidente deberá definir la identidad del candidato oficial y la fecha en que se realizarán los comicios.
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La primera pregunta, acerca de quién será la figura en torno a la cual se convoca a esa coalición electoral, puede resultar retórica. Imaginar un entendimiento como éste indica, tácitamente, que Kirchner se postulará para la reelección. Es bastante sensato pensar de esa manera. El Presidente todavía debe demostrar que la candidatura de su esposa tendría el mismo consenso que la suya en la UCR amiga. Y, más todavía, debería eliminar las dudas que existen acerca de si la figura de la senadora Cristina Kirchner pasaría las horcas caudinas del PJ. No sólo por reparos de la dirigencia de ese partido, sino de ella misma, cada día más remisa a aceptar adhesiones indiscriminadas a la empresa política de su esposo.
Sin embargo, Kirchner no piensa hablar de sus intenciones electorales hasta dentro de unos meses. Cumple con el viejo ritual de su partido. Juan Perón se negó durante meses a que se incluyera la reelección en la reforma constitucional de 1949. Terminó con la parodia cuando Domingo Mercante lo tomó en serio y Evita debió intervenir personalmente pegándole cuatro gritos al gobernador. Aun así, y una vez modificada la carta magna, Perón se hizo rogar para aceptar la candidatura oficial. Carlos Menem siguió la misma táctica. Cuando Eduardo Duhalde se plantó en que si el presidente era habilitado a otro mandato también los gobernadores debían ser autorizados a postularse nuevamente, Menem le prometió: «O hay reelección para todos o no hay reelección para nadie. A mí, si es para mí solo, no me interesa». Terminada la reunión, retuvo en su despacho a Augusto Alasino y a Jorge Yoma y les aclaró, por si hacía falta: « Muchachos, ojo, ¿no me habrán tomado en serio, no?». Sin embargo, los radicales que son convocados a sumarse a la candidatura oficial, aunque les cueste la ruptura con su propia agrupación, deberían tener alguna certeza respecto de cuál será el nombre que deben promover en la boleta electoral.
La fecha de los comicios es otro enigma clave que esos potenciales aliados deberían conocer antes de firmar ningún papel. Es cierto que Aníbal Fernández anunció que serían el 28 de octubre (después dijo el 29, que es domingo), como manda el Código Nacional Electoral. Pero la primera dama le encomendó hace ya semanas a su asesora Valeria Loira examinar la normativa para determinar si se puede llamar a elecciones presidenciales para marzo (lo que, en rigor, tal vez sea más correcto si se obedece a la Constitución nacional). No es la primera vez que el ministro del Interior resulta desautorizado por la doctora Loira: ya sucedió con la propuesta para reformar el sistema electoral.
¿Por qué es tan decisivo el calendario para cualquier «concertación» como la que planea Kirchner? Es sencillo: si las elecciones fueran en marzo y sólo para presidente y vice, los radicales correrían el albur de que -cuando se decidan los cargos para gobernador, diputados y senadores-, la Casa Rosada mire para otro lado. Sobre todo si en los distritos de esos gobernadores e intendentes «opositores» la suerte electoral del santacruceño no termina siendo todo lo buena que se suponía. Hay casos en los que esta eventualidad tiene más probabilidades. Por ejemplo, Río Negro. ¿Está tan seguro el gobernador radical Miguel Saiz de que si su candidatura no va en la misma boleta que la de Kirchner el Presidente seguirá avalándolo como candidato oficial en la provincia? En el PJ del distrito tiene aspiraciones el presidente del bloque de senadores Miguel Pichetto, el hombre a quien peor le cayó la foto publicada por los diarios ayer, en la que se mostraba la reunión de los radicales «K». En el caso de que los comicios sean desdoblados, el deprimido podría ser Saiz.
Para los dirigentes del radicalismo, gobernadores e intendentes, atar el acuerdo con Kirchner es de vida o muerte. Si deben enfrentar las urnas a su suerte, con el Presidente ya electo y disfrutando en Olivos de un nuevo mandato, tal vez terminen siendo presa de una tenaza insoportable: el peronismo podría pedirle a su gobierno, en esos distritos, que se muestre prescindente. Y los radicales que no entran en las listas del jefe de la provincia o el municipio, podrían escindirse abrazados a la tradicional «Lista 3». El PJ estaría, de ese modo, a las puertas del poder en lugares donde nunca soñó estarlo. El ajedrez se volvería, así, fatal.
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