2 de noviembre 2006 - 00:00

Sobran motivos para que el gobierno no hable del resultado

Es bastante comprensible que Néstor Kirchner no quiera hablar sobre lo que ocurrió en Misiones. Y que ese silencio no se deba a un cálculo oportunista sino a una razón más genuina: está desconcertado, no sabe a ciencia cierta qué le pasó, carece de una explicación para una serie de errores que, para una mirada retrospectiva, lucen elementales. Esa perplejidad lo paraliza.

Apenas atina, en la intimidad, a buscar culpables menores. Inútil para un presidente que se considera el único actor del curso que toman los hechos oficiales.

El Presidente carece de categorías satisfactorias para entender cómo se desencadenó semejante número de desaciertos. Acaso sólo ante la primera manifestación de Juan Carlos Blumberg, en 2004, y ante la tragedia de Cromañón, en 2005, experimentó un estado similar de consternación.

  • Reiteración

  • La sensación es más aguda porque es reiterativa: hay un mismo patrón de conducta detrás de los desmanes del Hospital Francés, del insólito funeral de Juan Perón y del fracaso misionero. Es verdad que en Misiones se ha expresado el hartazgo de buena parte del electorado ante el arcaísmo de la política, es cierto que en el país del «que se vayan todos» luce muy desafiante reclamar la reelección indefinida, nadie duda de que la lista de dirigentes sociales que encabezó Joaquín Piña fue un instrumento muy idóneo para expresar esos sentimientos. Pero para elaborar una imagen completa de lo que ocurrió el domingo pasado conviene también repasar el inventario de torpezas técnicas cometidas por el oficialismo. En estas páginas se las enumeró a lo largo de distintas notas (este diario detectó antes que otros que el Presidente encontró en San Vicente el subterfugio para no aparecer más por Misiones, separándose del gobernador). Al cabo de ese relevamiento puede volverse evidente un dato hoy desdibujado. Kirchner y Rovira parecen haber diseñado una estrategia cuyo objetivo era el fracaso:

  • El primer desacierto del gobierno nacional en la campaña para las constituyentes misioneras consistió en pretender corregir con la buena imagen del Presidente la deficitaria imagen del gobernador. Basado en sondeos que, ahora se sabe, eran fallidos, el santacruceño advirtió que su performance entre los misioneros era tan saludable que llegaría a modificar con su presenciaopiniones locales muy consolidadas. Sería un milagro que alguien ajeno a una comarca, por más prestigio que tenga, convenza a un ciudadano de que el juicio que tiene sobre su vecino de toda la vida es erróneo. Lo más probable es que el foráneo quede contaminado por el odio de barrio. Es lo que le sucedió a Kirchner en Misiones: después de ponerse al lado de Rovira comenzó a tener los índices de popularidad de Rovira. Se buscaba lo contrario. Por eso la Casa Rosada retiró a su jefe de la campaña y comenzó a mandar a funcionarios filantrópicos pero desconocidos: ¿quién identifica a Sergio Massa, incómodo al lado del jefe provincial en las fotos, en esa provincia? Más aún: ¿cuánta gente distingue hoy en el país a Alicia Kirchner, más allá de los lectores de diarios medianamente informados, que no son la mayoría? Esta táctica, que ya había fracasado en otros auspicios del poder central a caudillos locales como se enumeró el lunes en la tapa de este diario, fue un desafío elemental de Kirchner a los manuales.   

  • El segundo yerro es imputable a Rovira. Consistió en llamar a un plebiscito con una sola pregunta. Para peor, desagradable. Abrir las urnas para que la gente opine sobre la reelección indefinida, sin ningún otro interrogante, es casi una convocatoria a votar por el No. En todo este tipo de elecciones se disimula la pretensión más antipática con materias compensatorias. El ejemplo más a mano es el pacto de Olivos: Carlos Menem disfrazó su reelección con el Consejo de la Magistratura, la elección directa del intendente porteño, el tercer senador por la minoría, etc. Es habitual también que en este tipo de consulta se introduzcan problemas destinados a dividir el voto opositor. Rovira no sólo no hizo eso, facilitando una coalición por demás heterogénea, sino que convocó a una elección aislada, de la que -a diferencia de lo que hubiera ocurrido en una legislativa- sólo él se llevaba un premio. Es lógico que la oposición no lo iba a acompañar. Pero lo que ocurrió en Misiones el domingo pasado es que tampoco el oficialismo lo acompañó. ¿A qué intendente de esa provincia le interesa que se consagre un poder eterno capaz de bloquear el ascenso de la segunda línea al poder del distrito? Basta seguir las declaraciones del alcalde de Posadas -el primero en gritar «no perdió Kirchner»- para advertir este juego que fracturaba al oficialismo mientras amalgamaba a la oposición. Se trata, acaso, de una falla técnica grave. De ésas que le hicieron decir a Borges (hablando de Leopoldo Galtieri y la invasión a Malvinas), «¿por qué no habrá consultado a un abogado?». La ironía es doble ya que en el gobierno nacional consultaron a un abogado que les advirtió, por escrito, de esta impericia. Por lo visto no le hicieron caso. O, lo más probable, no tuvieron tiempo de leer el dictamen que le habían pedido al experto. Vale la pena advertir esta desorientación técnica de Rovira para no sacar conclusiones apresuradas sobre los próximos intentos reeleccionistas que se formulen en las provincias y, en especial, sobre los ensayos de coalición electoral que, inspirados en Misiones, se quieran realizar en la oposición nacional.

  • Un tercer error cometido por Kirchner, también llamativo, fue el de nacionalizar la contienda misionera. ¿Era tan crucial para la marcha de su administración que Rovira pueda hacerse reelegir muchas veces en su distrito? Hasta la pregunta suena disparatada. Tanto que será difícil, corrido Joaquín Piña de la escena, encontrar en Misiones un candidato a gobernador que no comulgue con el Presidente. La única razón por la cual se puede explicar esta pasión del santacruceño por la tierra colorada es la de celebrar en ese campo otro duelo: abatir a Jorge Bergoglio, a quien se cree ver -de modo sin duda exagerado- moviendo los piolines detrás de Piña. Un costo altísimo para una pelea cifrada. Sin ingresar en otro tema: cuanto más se indagan los motivos de la animadversión de Kirchner por el arzobispo de Buenos Aires más tentado se está de pensar que se ha involucrado en una pelea por razones ajenas. Una generosidad poco común en el Presidente: él no acostumbra a pagar con su propia piel por agravios de terceros. Por otra parte, Bergoglio se corrió del resultado del domingo antes y después de que se conociera, a través de sus muchos voceros. Lo cierto es que, aun ganando Rovira, el gobierno no podría haber compensado en Misiones las simpatías dilapidadas en los grandes centros urbanos por una clase media que detesta el apego al poder y los trueques de solidaridad política por electrodomésticos o comida, como se vio en los últimos días de la campaña. Ni el crecimiento de 9% anual, con todos los servicios que presta, resulta ya un buen blindaje para un sector social, en general no peronista, que se había hecho la ilusión de que los Kirchner inauguraban un proceso de modernización de la vida pública. Se frotan las manos los radicales K y otros «concertadores», quienes suponen que a partir del deterioro estético de la elección del domingo se los necesitará más para disimular los atavismos políticos del gobierno.
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