La recepción que le ofreció Felipe Solá a José Manuel de la Sota, el sábado, en La Plata, podría convertirse en el último episodio en el que el actual gobernador de la provincia coincide en una jugada política con Eduardo Duhalde. Todo lo que suceda a partir de ese gesto será distanciamiento y, tal vez, choque. La noche de ese mismo sábado, Solá levantó una bandera de disidencia respecto de quien hasta ahora se consideró el caudillo indiscutido de la provincia: ante 150 dirigentes que habían concurrido a su encuentro en el Partido de la Costa declaró que en la provincia no había margen para dos internas y que, por lo tanto, en la lucha por la candidatura presidencial había que mantenerse en una prudente neutralidad.
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El lunes por la noche, cuando la campaña pasó a ser tema principal en Olivos para los dirigentes convocados por Duhalde, se ausentaron los principales hombres del gobernador en el armado territorial de la provincia. «No tengo candidato a presidente ni seré candidato a gobernador de nadie», afirmó Solá esa noche, bajándose del proyecto excluyente del oficialismo duhaldista: el triunfo de José Manuel de la Sota sobre Carlos Menem. Subliminal, elegante, fue su lanzamiento a la gobernación si no en contra por lo menos a pesar de los Duhalde. Dos asistentes al encuentro lo entendieron de ese modo y se lo reprocharon esa noche: el diputado nacional Daniel «Chicho» Basile y Arturo Veramendi, ambos dirigentes duhaldistas de la quinta sección electoral.
Muchos de los que concurrieron a la reunión en la costa se habían preparado para festejar el lanzamiento de la candidatura del gobernador pero, antes de abrir una grieta prematura, prefirieron hacer la proclamación más adelante. Sin embargo, se esperan hechos que prometen más que mil palabras. El primero de ellos es un cambio de gabinete del que sólo se salvarían, por ahora, dos ministros: Juan Pablo Cafiero (Seguridad) y Gerardo Otero (Economía).
Los cambios que el gobernador prepara en La Plata tienen una lógica secreta: purgar a la administración de cualquier elemento de duhaldismo ortodoxo. Si hay batalla, Solá pretende darla con una tropa homogénea. Pero, además del recambio de hombres, la modificación pretende envolver a la gestión bonaerense de un discurso más atractivo. También más desafiante para los Duhalde. Tendrá tres ejes principales, que hablan por sí solos en cuanto a su nivel de hostilidad interna:
a) El gobernador pretende desplazar el eje de interés de su gestión desde la seguridad hacia la productividad. Para eso trata de levantar el perfil del Ministerio de la Producción, sin por eso aludir que Duhalde ha debido dar de baja esa cartera por cuya creación se peleó tantas veces con Carlos Menem y con Domingo Cavallo en los '90. Demás está decir que las cuestiones agropecuarias serán las más agitadas en este enfoque. No sólo por la índole del distrito, tampoco por la procedencia del ingeniero Solá: Duhalde, que gobernó 10 años una provincia agroganadera se ausentó de la inauguración de la Rural y el actual gobernador quiere cobrarse esa gaffe.
b) El otro argumento de gobierno que habrá que escuchar hasta el cansancio en la provincia de Buenos Aires es el de una nueva política social, ligada a la consigna anterior. Solá se cansará de hablar contra el asistencialismo, que para cualquier bonaerense es sinónimo de duhaldismo. Ya tiene algunos antecedentes en ese conflicto: hay que recordar que fue el primero en oponerse a la metodología de los planes para Jefas y Jefes de Hogar, a pesar de que su distrito sea el principal beneficiario del programa (los recibe en una proporción que duplica los montos girados en su momento para el Fondo del Conurbano Bonaerense).
c) Finalmente, Solá resolvió levantar como tercera bandera la de la seguridad. Lo novedoso es que piensa enfocar su argumento sobre un problema: la droga y su difusión en el conurbano. Según las encuestas que le llevaron a La Plata, el gobernador cree que la preocupación por la venta y el consumo de estupefacientes es una inquietud que no reconoce clases sociales. «Hasta en las villas nos piden que saquemos la droga, que todo lo demás es accidental», comenta Solá, algo asombrado. En adelante habrá que oír una y otra vez un reclamo del gobernador para que la política de lucha contra las drogas se provincialice, sobre todo a escala policial. Claro que el tema tiene una arista siempre tácita pero agresiva. Se encargó de exhibirla Menem en su duro comentario del fin de semana: «Que la esposa del presidente no me obligue a recordar la vez que fueron a la televisión para llorar por un tema relacionado con el narcotráfico». La leyenda de un Duhalde tolerante con esa actividad mortifica al actual presidente desde hace más de una década y aparece en todas las encuestas cualitativas que aluden a él o a su mujer, Chiche. Solá, como toda la dirigencia bonaerense, lo sabe.
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