19 de marzo 2002 - 00:00

También oficina de Ibarra, copada por los activistas

Si algo no esperaba ayer Aníbal Ibarra era que un millar de villeros le ocupara los cuatro pisos de la sede del Gobierno porteño, justo en el momento en que pedía café para él, el jefe de la Policía Federal y un plantel de comisarios a los que había invitado a almorzar.

Comandados por el piquetero Luis D'Elía y otros dirigentes de agrupaciones de barrios carenciados, los pobladores de las villas de emergencia de la Capital Federal se dieron cita para defender la continuidad en el cargo del subsecretario de la Comisión Nacional de la Vivienda, Eduardo Jozami, a quien Ibarra le pidió la renuncia el viernes pasado. (Ver nota aparte.)

La manifestación, bajo la lluvia, provocó el corte de tránsito en la Avenida de Mayo, donde al 525, al límite con la Plaza de Mayo, tiene su sede el Gobierno de la Ciudad. Como suele ocurrir en estas ocasiones, con chalequitos, carteles identificatorios, gritos y empujones, los manifestantes se agruparon en la puerta del Palacio municipal.

Debido a la visita del jefe policial, Roberto Giaccomino, y comisarios de la Capital Federal, la zona estaba especialmente custodiada, e incluso una fila de vallas partía desde el 525 hacia la Plaza custodiada por agentes. Por eso llamó la atención que, poco después de las tres de la tarde, los manifestantes lograran que se abriera el imponente portón de madera y simultáneamente comenzara a ingresar esa horda escaleras arriba. «¡Están entre nosotros!», comenzó en un grito a comunicarse el plantel de prenseros, cuando ya no podían salir al pasillo.

Las oficinas empezaron a cerrarse con llave en cada piso. La mayoría de los empleados tomó sus cosas personales y emprendió por la salida que da a Rivadavia, a la vuelta del episodio, mientras las escaleras se colmaron de los protestantes que llegaron hasta el tercer piso, con el matancero D'Elía a la cabeza haciendo del reclamo un problema también del Gran Buenos Aires, al parecer por su presencia. En otra ocasión, los mismos villeros le hicieron un cacerolazo al intendente de La Matanza, Alberto Balestrini, por tierras de la ciudad que habían sido usurpadas y se intentaba el desalojo. Es decir, la relación entre Jozami -emigrante del Frepaso al ARI- y D'Elía no parece nueva.

Primero, el centenar de personas que logró ingresar se detuvo en el primer piso, sin saber que era allí donde tiene su despacho Ibarra. A los manifestantes les llamó la atención, sin embargo, la puerta de vidrio de la Subsecretaría de Comunicación Social -que da al pasillo del despacho del jefe porteño- que maneja Verónica Torras. Un cartel con los colores que eligió esta gestión para identificarse -anaranjado y negro- rezaba: «Prevención eficiente. La ciudad aportó 284 vehículos a la Policía Federal».

Al mismo tiempo que se poblaban las escalinatas, se repartían agentes policiales y de la Guardia de Infantería por los distintos pisos. Los agentes se ubicaron, por caso, de treinta en treinta en el hall de cada despacho de secretario, aunque fueron pocos los que permanecieron en los suyos. Sin ir más lejos, el de Hacienda,
Miguel Pesce huyó rápidamente porque tenía a las cinco una reunión en el Ministerio de Economía con Jorge Remes Lenicov, para negociar la no emisión de los bonos porteños.

En cambio,
Ibarra y Torras se atrincheraron por un tiempo en el despacho del jefe de la Ciudad, mientras le ordenaban al jefe de Gabinete, Raúl Fernández, que reside en el segundo piso, que atendiera a los piqueteros. Este funcionario también debía ir a la reunión con Remes, pero el imprevisto se lo impidió. De todos modos, como el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires es una gran familia, en su lugar acudió su esposa, Marta Albamonte, funcionaria de primera línea en Hacienda.

Mientras todo esto se preparaba, los manifestantes habían llegado al tercer piso. Antes, arrojaron un matafuegos contra un vidrio, y los empleados de ese piso, para detenerlos, les indicaron que la oficina de
Ibarra, por quien clamaban, estaba en el primero. Escaleras abajo, llegaron al segundo y se enteraron de que allí estaba Cecilia Felgueras, la ensombrecida vicejefa de Gobierno. Sus asesores invitaron a pasar a los villeros («a un grupo», se aclaró), pero prefirieron bajar un piso más y seguir con la batucada hasta que Ibarra los atendiera. Lo lograron y también que dejara en stand-by la renuncia de Jozami.

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