La periodista del «Sunday Express» es internada e interrogada por el jefe de los servicios de espionaje talibanes. Con una combinación de amabilidad y de severidad, sus captores tratan de arrancarle una confesión en la que afirme que trabaja de «espía». Ridley, con mucho humor, llega a decirles que está allí para unirse a ellos. La falta de esperanza y la imposibilidad de comunicarse con su hija Daisy, de 9 años, y con su madre hacen que se radicalice. En un ataque de valentía, decide dejar de colaborar con los captores. No come, no responde a sus preguntas y no cree en sus promesas. Con el transcurso de las horas, incluso piensa en la idea de suicidarse con una cuchilla de afeitar. SABADO 29 DE SETIEMBRE, JALALABAD
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Me presentan a un joven intérprete afgano que había aprendido inglés en Pakistán. Es bastante agradable y me dice que mi decisión de no tomar ningún alimento está causando una gran preocupación. Entra el director y me pregunta por qué me niego a comer. Le digo que no pienso comer hasta que no pueda hablar con mi madre y con el «Sunday Express» para decirles que estoy detenida y que, por todo lo demás, me encuentro bastante bien. No se muestra conmovido en absoluto, aunque me explica que los sistemas de comunicación de que disponen son muy precarios y que no se puede llamar al exterior sin un teléfono vía satélite. Me han traído más comida aún, que se zampa vorazmente Hamid y mi carcelero personal, Abdul Mounir. De repente, y en torno a las 5 de la mañana, hay una tremenda explosión, por lo que doy un salto que divierte mucho a Mounir. Se ríe y empuña su arma, gritando: «Amreeca», y haciendo como que dispara contra los aviones. Al cabo de un instante se marcha y yo me preparo para más explosiones, pero no ocurre nada más. Dos horas más tarde, escucho el ruido de armas semiautomáticas, imagino que debo estar cerca de algún campo de entrenamiento.
A las 9.30 llegan a la estancia dos hombres afganos. Me los presentan como periodistas procedentes de Kabul. Les doy la bienvenida con la esperanza de que puedan enviar un mensaje a mi madre. Hamid me pide que les cuente mi historia y cuando lo hago me doy cuenta de que ninguno de los dos tenía, tan siquiera, un block de notas o un bolígrafo. Hamid me explica que uno de los tres hombres que me interrogaría es el jefe de la Inteligencia; se trata de un hombre de aspecto imponente que luce una magnífica barba negra sobre sus sonrosadas mejillas. Sus pupilas son casi absolutamente negras y tiene mirada de tiburón; yo me muestro muy cautelosa. Quieren saber cómo entré en el país, quién me dio asilo y qué papel desempeñaban en todo este asunto los dos hombres que habían detenido el mismo día que a mí. Les repito, una vez más, que mi código ético profesional me impide decirles quiénes son mis fuentes o mis contactos. Llega un médico para hacerme un chequeo; mis anfitriones talibanes están preocupados porque no como nada. No me puedo creer que mi tensión sanguínea esté más baja de lo normal; el médico dice que estoy bien pero que debo empezar a alimentarme, que de lo contrario moriré. Constantemente se refieren a mí como su invitada y aseguran que se sienten muy tristes porque yo estoy también triste. No me lo puedo creer. Los talibanes tratando de matarme amablemente. Me gustaría que todo el mundo allá en casa supiera cómo me tratan.Apuesto a que todos piensan que estoy siendo torturada, maltratada y violada. LUNES 1 DE OCTUBRE, JALALABAD
El interrogatorio continúa durante varias horas y es muy repetitivo. Esta vez, quienes me interrogan son un individuo con aspecto de escolástico y otro hombre muy grande con barba roja; ambos pretenden intimidarme. Hamid les traslada mis respuestas, aunque de nuevo tengo la impresión de que entienden todo cuanto les digo. Justo cuando creo que comenzamos a hacer algunos progresos, Hamid me pide otra vez que explique «exactamente» por qué me «introduje furtivamente» en Afganistán. Levanto mis brazos hacia el techo y exclamo: «¡Porque me quería unir a los talibanes!». Me preguntan qué fotos he hecho. Les contesto que muy pocas y que quizá quieran revelar el carrete. Les digo que no puedo contestar a más preguntas y que ya he colaborado plenamente con ellos. Admito haber entrado en el país sin pasaporte ni visado y les anuncio que no tengo nada más que añadir. Me dicen que se me permitirá volver a casa en uno o dos días. Me siento contenta, aunque ya he oído varias veces con anterioridad que mi liberación sería en «uno o dos días». Estoy relajándome sobre uno de los colchones cuando oigo un ruido afuera. Me asomo y contemplo a uno de los dos supuestos periodistas afganos con algo que parece ser un teléfono vía satélite. Me dice que él está allí como invitado y que quiere ayudarme. Me pregunta por el número de teléfono de mi madre y me dice que le dará un mensaje de mi parte. Rehúso darle el número porque podría preocuparse más aún si oye a un extraño decirle que estoy bien. Cuando se marcha, garabateo una nota para mi madre diciéndole que estoy bien y que Nana (mi abuela) intercede por mí. Envío mi cariño a todo el mundo y le encargo que le diga a papá que estoy siendo fuerte. Añado que espero que Daisy siga yendo a su colegio y que su vida no se haya visto interrumpida. Vuelvo a la ventana y tiro la nota a través de un agujero que hay en la mosquitera. El individuo coge la nota tan contento y yo le digo que si la nota llega a su destino yo le proporcionaré una historia real que contar. MARTES 2 DE OCTUBRE, JALALABAD
Me preguntan por todos mis parientes masculinos y más concretamente por la línea masculina de los Ridley. No me puedo acordar del nombre de mi abuelo paterno, pero esta gente no se lo va a creer. Les digo, simplemente, que soy soltera porque no creo que estos talibanes vayan a ser capaces de entender el hecho de que sea madre soltera. Cuando acaba el interrogatorio, Hamid regresa a la estancia donde me encuentro cuando ya son las 3 de la madrugada. Y dice que me encuentro en un serio aprieto porque Daisy ha aparecido en los medios de comunicación ordenando a los talibanes que dejen libre a su mamá. Hamid me acusa de haberles mentido durante los interrogatorios asegurándoles que era soltera. Le pregunto si entiende el concepto de divorcio y el hecho de que el padre de Daisy y yo no vivamos ya juntos. Abandona la habitación, pero parece estar muy disgustado. Tengo que hacer algo porque me estoy volviendo muy paranoica. En el baño hay una cuchilla de afeitar, vieja y herrumbrosa. Quizá la debería coger y esconderla en mi pastilla de jabón. Si voy a morir, quiero decidir yo misma en qué forma. Pero, ¿cómo pueden ser tan amables conmigo si van a matarme?
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