15 de noviembre 2006 - 00:00

UCR: Macri es el fondo de la crisis

Raúl Alfonsín
Raúl Alfonsín
Para comprender la renuncia de Roberto Iglesias a la presidencia del radicalismo conviene consignar dos episodios que se registraron la semana pasada. Son el contexto inmediato de esa decisión que el ex gobernador de Mendoza comunicó ayer al resto de la conducción partidaria y que, hasta anoche, no se le había aceptado.

El primero de esos hechos ocurrió el jueves pasado por la noche, en la ya rutinaria comida que Raúl Alfonsín preside en el Club del Progreso. Allí funciona una especie de conducción paralela del partido. O, dicho de manera más contemplativa para los comensales, una especie de línea interna a la que Iglesias no pudo jamás contener. En la mesa del Progreso se lanzó por primera vez la candidatura de Roberto Lavagna. Y la semana pasada el testarudo Alfonsín ratificó esa pretensión. Con un agregado sutil. Conviene citar textualmente: «Imagino a Lavagna acompañado por un radical. No ignoro que hay otros sectores que podrían querer integrarse a esa propuesta. Bueno, están en todo su derecho si nos quieren votar...». El líder de Chascomús entornó la puerta, de ese modo, a un acuerdo tácito con Mauricio Macri. Hasta hace poco tiempo ésa era una pared infranqueable.

  • Superpoderes

  • El otro acontecimiento que definió la reacción de Iglesias, contemporáneo del anterior, se produjo en el campo parlamentario. Fernando Chironi, el presidente del bloque de la UCR, se sentó a una mesa de elaboración de propuestas legislativas con Jorge Sarghini -su colega del grupo El General- y con Federico Pinedo, es decir, el jefe de la bancada de Pro, el partido de Macri. De las conversaciones que se iniciaron derivó la propuesta de hacer un esfuerzo para eliminar los superpoderes del jefe de Gabinete. El movimiento de Chironi no es ajeno a aquella declaración nocturna de Alfonsín.

    ¿Hay que concluir en que Iglesias dio un portazo en oposición a los tímidos pasos de aproximación con Macri? Hubiera sido una coartada espléndida, un jaque a Alfonsín, si no fuera porque este mendocino carece de imaginación. El presidente del radicalismo renunció porque aquellas dos novedades le dieron un nuevo impulso a la candidatura de Lavagna. A tal punto que la congregación de los tres presidentes de bloque se produjo por una iniciativa que, al menos en la superficie mediática, le fue adjudicada al ex ministro. Fue el agravio ante el que reaccionó Iglesias: el bloque parlamentario que él mismo integra como diputado no lo consultó siquiera para una maniobra que, al menos subliminalmente, le imprime una orientación determinada a la estrategia electoral del partido. ¿A quién obedecen los diputados radicales? ¿A Lavagna o a Iglesias?

    Si lo hubieran consultado, es probable que el titular del Comité Nacional habría contestado con un rechazo.

    Acaso el mayor error de Iglesias haya sido en estos meses no poder barrenar sobre las distintas olas que se mueven debajo de la presidencia radical. Eligió, en cambio, identificarse con una: el rechazo a la candidatura de Lavagna y la propuesta de una propia de la UCR (iniciativa que, como todo el mundo sabe, se sostiene en la hipótesis muy gaseosa de una alianza con Elisa Carrió). No quiso escuchar el diputado mendocino los consejos de su comprovinciano Ernesto Sanz, presidente de la bancada de senadores del partido, quien con sentido común le dijo más de una vez: «Macri deshoja la margarita y hasta el oficialismo dice que no sabe si irán con un pingüino o una pingüina, ¿me querés decir por qué nosotros, con la crisis que tenemos, debemos despejar la incógnita de la candidatura antes que los demás?». Como otros dirigentes radicales, Sanz confía en que las alternativas en pugna demuestren su viabilidad recién en febrero, cuando se reúna nuevamente la Convención Nacional del partido.

    El planteo de este senador, sin embargo, no asigna su gravitación exacta a un factor que entre los radicales debe siempre ponerse en primer lugar: la disputa interna. Lavagna es el nombre de la supervivencia de Alfonsín. Es decir, es el dispositivo del que echó mano el ex presidente cuando lo presionaron una vez más con el trámite jubilatorio. Y tuvo una ventaja en la jugada. Iglesias, que era el más reciente interesado en devolverlo a Chascomús, perdió sus principales aliados en ese empeño: casi todos están hoy con Néstor Kirchner, son los radicales K. Aquí debería buscarse la razón por la cual la disputa doméstica se desbalanceó en favor de Alfonsín, que se tragó ayer al presidente del partido.

    Los radicales confunden el mundo con su interna. Pero ése no es un buen criterio para quienes quieran saber qué sucederá en la política. El ex presidente desbancó a su principal objetor, enemigo público de su estrategia electoral. Pero ahora al frente del partido quedarán Mario Jaraz, un chaqueño ligado a Angel Rozas, precursor de Iglesias en el afán de ponerle las pantuflas al viejo conductor. Al lado de Jaraz, Margarita Stolbizer, la «pasionaria» de la candidatura propia y adversaria más severa todavía de Alfonsín.

    Pero no son éstas las dificultades mayores que deberá vencer el ex mandatario. Más importante es determinar si logrará sacarle a Lavagna el aspecto de burócrata internacional con el que suele aparecer ante la prensa. Y, acaso más fácil que eso, saber si la principal hipótesis de la oposición en estos días entraña alguna veracidad: es la que indica que Macri, inspirado en los últimos consejos de su gurú ecuatoriano, resolvió ya abrazarse a la candidatura porteña y dejar a Lavagna el rol de contradictor de Kirchner. Es por esta conjetura que muchos macristas corrieron a los brazos del ex ministro y viejo librero, a quien suponen garante de sus aspiraciones. Y fue también imaginando esa definición que Alfonsín habló como habló en la noche del Progreso.

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